[Tragos amargos] Manuela

amargos

Te esperábamos con las botellas de cava y llegaste por la puerta de atrás. Sigilosa. Sin ruido. Nos habían reunido en el recibidor con los cañones de confeti, pero nunca apareció el Mesías anunciado. El deseado nunca llegó. Llegaste tú. Sin vitola ni bandera, llegaste entre bambalinas para enfrentarte a nuestro peor enemigo. El que siempre nos derrotaba. El miedo.

Nuestros cuerpos y almas agarrotados por los golpes que recibimos desde que tuvimos conciencia, encontraron un refugio en el que guarecerse de la lluvia de acero y capital. El monstruo que temíamos engullía insaciable nuestras ilusiones y sueños. Nunca estaba satisfecho. Siempre tenía hambre de nosotros. Hambre de presas asustadas.

Llegaste y el miedo se esfumó. Con la misma facilidad que nos había inmovilizado, ahora nos sentíamos libres. Sin la jaula invisible en la que nos habíamos encerrado mirando al suelo. Sin mirar a nuestro lado.

Nos miramos y nos dimos cuenta de que era imposible perder si nos encontrábamos al lado. Juntos, éramos invencibles. Podíamos vencer al miedo y la desEsperanza. Era posible porque pudiste amansar a las fieras que ansiaban un lugar en el séquito del conformismo. Nos situamos junto a ti porque eras una más. No necesitábamos líderes que nos abandonaran en la cima. Necesitábamos referencias para situarnos en el mapa del destino.

Nos reunimos en plazas y calles para planificar el asalto a los cielos y nos perdimos en los mapas de los generales. Las estrategias de victoria se perdieron en la cadena de mando. Cuando llegaste a nuestra trinchera, te vimos caminar de frente. Te vimos avanzar siguiendo la línea recta de la honestidad. Sin rodeos. Con retaguardia. Te vimos avanzar erguida frente a las balas en la guerra de trincheras en la que nos estancamos hace años. Te vimos recibir balas y golpes sin inmutarte, porque en la tierra de nadie sólo podías vencer.

Llegaste al último asalto y ya habías ganado. El monstruo se derrumbó con solo mirarte a los ojos. El miedo había cambiado de bando. Acostumbrado a devorar animales enjaulados, cuando nos vio libres se asustó, huyendo entre gruñidos. Desde la cueva lanzaba alaridos amenazantes al exterior, pero ya nadie le escuchaba. Ya nadie tenía miedo. Ya nadie daría un paso atrás porque los fantasmas habían huido con sus cadenas. Poco a poco, el monstruo fue escondiéndose en la tiniebla que le vio nacer.

Después de beber muchos tragos amargos, al fin conseguimos un poco de agua tras la travesía del desierto. Al fin podíamos disfrutar de un amanecer sin nubes de tormenta en el horizonte. Al fin podíamos abrir las alas y volar lejos del miedo y la apatía. Al fin pudimos respirar tras permanecer durante años bajo la tierra de la indiferencia. Al fin dimos el golpe maestro.

Dormíamos. Despertamos. Manuela.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

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