[Tragos amargos] Locura

tragos amargos

La locura es relativa. Depende de quién encierre a quién en la jaula.

-Ray Bradbury-

F siempre observaba el mundo desde detrás de la verja. Desde la infancia, había levantado muros frente a la adversidad del mundo real.  Había construido su propia cárcel aislada del mundanal ruído de la gente corriente. En su castillo de alambradas y espino, escondía la cabeza bajo tierra, intentando no escuchar los aullidos de locura que brotaban de su cabeza incandescente de pensamientos turbios. Sólo encontraba gusanos y lombrices taladrando el cieno gris de su cerebro.

El alma caleidoscópica de F proyecta imágenes de una vida irreal que transcurre en su interior, mientras el mundo exterior se enfanga en decadente rutina. En este escenario de mundos paralelos que conviven y combaten en sus entrañas,  se afana en encontrar la óptica que le permita ver con buenos ojos el transcurrir de sus días de aislamiento. Lentes progresivas que adaptarán su visión del mundo al caos interior. Observa la realidad con los ojos escrutadores de quien busca encontrar algún sentido a la maraña de sensaciones que se amontona en el cementerio de neumáticos usados de una vida a la carrera. Una vida huyendo.

Extramuros, la sociedad es una astilla clavada en su mente. Un enjambre de avispas dispuestas a aguijonearle con el veneno de la normalidad. Normalidad que siempre había sido su peor enemiga. Un oponente frío y gris que siempre estaba dispuesto a asestarle un nuevo golpe en la mandíbula. El gancho perfecto. En el ring de la vida, había sido noqueado en el primer asalto y ahora vivía contra las cuerdas. Soñaba con un último combate, aquel que le permitiera bailar al enemigo que se escondía más allá de la verja.

Confinado en la cárcel de los inadaptados, los barrotes de su celda eran un desierto de arenas movedizas. A veces, en su travesía interior, vislumbraba un oasis, pero no era más que otra ilusión. Una imagen distorsionada de algún sueño perdido en el mapa indescifrable de su soledad elegida. En su celda de aislamiento, sólo podía salir al patio de los comunes el tiempo necesario para ser percibido como parte de la comunidad. El resto del tiempo lo pasaba recluido en su interior, moviendo las ruedas de molino, intentando moler su alma hasta convertirla en puré. Metía los sesos en la licuadora y siempre se servía el mismo batido verde de la amargura vital.

Pasaba la vida tras la alambrada de espino sin pena ni gloria. Sólo combates nulos. Las casas de apuestas habían dejado de fijarse en él porque era una apuesta perdida de antemano. El mundo que se escurría entre sus manos quedaba siempre a merced de otros. A merced de la decadencia de un sistema que se empeñaba en encerrar y acorralar la heterodoxia. Se empeñaba en aislar al diferente por considerarlo una amenaza a su enjambre de normalidad.

Hombres, mujeres y niños le observaban todos los días al otro lado de la alambrada de lo políticamente correcto. Le observaban como a un animal enjaulado al que temer. Pasaban por delante de su celda y proyectaban su odio sobre su figura maloliente. Apestaba a culpable.

Mientras esto ocurría, el alcaide le escrutaba desde la cámara de seguridad de la instalación. No sabía qué, pero había algo en F que no lograba descifrar. Algo que escapaba a su control. Algo que quedaba siempre oculto tras la maraña gris de sus neuronas cubiertas de sangre y vísceras. Masa encefálica encriptada con códigos ocultos que incluso F desconocía.  El caos interior es siempre una ruleta rusa. Obsesionado por la incertidumbre de haber encontrado la horma de su zapato, el carcelero se descerrajó un tiro en la cabeza. No podía vivir sin cumplir los protocolos de estandarización que le exigían allá fuera. Era la condición indispensable para habitar el mundo más allá de la alambrada. El mundo de la desigualdad entre iguales.

F vio el suicidio del alcaide desde la celda. El fogonazo del disparo le despertó de su letargo. Por fin estaba solo. Por fin. Un instante después, se hundió nuevamente en la almohada pedregosa de sus pensamientos, estirando las piernas en el catre de los inadaptados. Con las uñas mordidas,  grabó en la pared de cemento una muesca más. Una nueva víctima de la normalidad. En el exterior, nadie sabía que el único cuerdo era él. El único capaz de ver el mundo con otros ojos. Los ojos de lente abierta que permiten ver la vida más allá de lo políticamente correcto. Porque en el mundo que nos ha tocado vivir, si no enloqueces, es que estás loco.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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