[Tragos amargos] Lobos esteparios

tragos amargos

En memoria del viejo Harry Haller¹, que pasa las horas  sentado en la escalera de su pensión observando la araucaria. La única que le mantiene con los pies en la tierra en este mundo de marionetas. 

La taberna de los sueños rotos siempre abre los domingos. Puntualmente. Con la precisión del reloj atómico del desasosiego y la incertidumbre, marca las horas de la vida que se pierde por las callejas vacías de la urbe, aquellas que acogen a quien no quiere ser visto por la multitud. Multitud que se afana por edulcorar y rellenar una existencia vacía de sentido.

La taberna siempre espera, con la paciencia de quien afila la guillotina sabiendo que rodarán cabezas. Siempre ruedan, más cuando el sol comienza a esconderse y su calor deja de alimentar la vitalidad, dando paso a la luz incandescente de las tinieblas. La luz de la oscuridad. Mientras el rebaño se amontona en parques y plazas, compartiendo la vida en los espacios abiertos, los extraviados nos escondemos en los pasajes solitarios de la ciudad, esperando el ocaso, aguardando nuestra presa, que no es más que el refugio de siempre, el que queda entre el taburete y la barra. Lejos del mundanal estruendo de la primavera, los animales de invierno nos escondemos en la tundra gris de los adoquines resbaladizos, los que quedan siempre a la sombra y amortiguan el traqueteo de nuestros pasos perdidos. Hibernando de la alegría,  mimetizamos nuestra piel con la oscuridad del granito y los muros de piedra, tan fríos como la cuchilla que atraviesa el alma de los animales desvalidos.

La taberna de los sueños rotos es el punto de reunión de quien no tiene rumbo. Lobos esteparios que vagabundeamos las penas con la cadencia de la soledad estacional nos encontramos allí, en el búnker donde soportamos el bombardeo de las últimas horas de sol, donde nos atrincheramos sin asomar la cabeza porque siempre hay una bala perdida para nosotros. Para nuestras cabezas. Solo podemos vagar en tierra de nadie cuando el enemigo duerme. Nos guarecemos frente al ataque nuclear de la realidad, antes de que emerjan las tinieblas y los monstruos de la razón que las acompañan.

En el refugio andaba yo amodorrado en la barra. Los vasos se amontonaban frente a mí procesionando mi entierro. El televisor emitía sonidos ininteligibles, mientras los desgraciados se movían caóticamente por el espacio, cruzando sus pasos con la muerte y el hilo musical. La sucia moqueta no lograba amortiguar el traqueteo impulsivo e inconsciente de mis zapatos, movidos por el nerviosismo y la incertidumbre. En cierto momento, me levanté bruscamente, buscando algo de equilibrio en la cuerda floja de mis pensamientos. Me encaminé hacia la vieja biblioteca, olvidada en uno de los rincones de la taberna, a cubierto de los suicidas. Una estantería de madera deforme y ennegrecida por la atmósfera cargada de puñales en el corazón. Busqué rápidamente con la mirada un título que me devolviera a este mundo. Algo que me congraciara con la vida. Lo encontré. Era un título familiar. Demasiado familiar. Lo abrí aleatoriamente y leí lo primero que vi. Una muesca más en mi demostración de la teoría del caos:

En todos estos sacudimientos de mi vida salía al final ganando alguna cosa, eso no podía negarse, algo de espiritualidad, de profundidad, de liberación; pero también algo de soledad, de ser incomprendido, de desaliento. Mirada desde el punto de vista burgués, mi vida había sido, de una a otra de estas sacudidas, un constante descenso, una distancia cada vez mayor de ]o normal, de lo permitido, de lo saludable. En el curso de los años había perdido profesión, familia y patria; estaba al margen de todos los grupos sociales, solo, amado de nadie, mirado por muchos con desconfianza, en conflicto amargo y constante con la opinión pública y con la moral; y aunque seguía viviendo todavía dentro del marco burgués era yo, sin embargo, con todo mi sentir y mi pensar, un extraño en medio de este mundo. ²

Con el estrépito de una ventana que se cierra con el vendaval y te despierta del letargo, cerré el libro súbitamente. Lo establecido era para mí una barrera infranqueable. Tan infranqueable como los muros que levanta la multitud frente a mí. Por eso habitaba los lugares más oscuros de la mente. Siempre quise permanecer al otro lado. El lado de los fugitivos. El lado de quien reniega de la muchedumbre abotargada para adentrarse en el terreno inhóspito del desierto vital. El desierto más frío. La tundra de la desconfianza frente al poder establecido. La sabiduría sólo podía alcanzarse sin el ruido del gentío, sintonizando la frecuencia prohibida de la incorrección. En un mundo diseñado para el control y el adormecimiento de masas, no me quedaba más salida que adentrarme sin miedo en los confines de mi soledad para encontrarme en el abismo y sobrevivir.  El dolor es un recuerdo de nuestra condición elevada. Sólo cuando podemos divisar desde las alturas la piscina de bolas con la que nos entretienen día tras día nuestros pastores, podremos abandonar el rebaño y despistar a su perros guardianes.

Nos querían ovejas y tendrán lobos. Lobos esteparios.

¹ Harry Haller es ‘El lobo estepario’, de Hermann Hesse.
² Fragmento de ‘El lobo estepario’, de Hermann Hesse.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

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