[Tragos amargos] Lluvia en los ojos

amargosLlevo días ahogado en tragos amargos. Tragos en la garganta que cortan la respiración. El oxígeno se vuelve denso en los pulmones, que son una bombona a punto de explotar de dolor y rabia. El caudal creativo se seca mientras la tristeza se desborda, rompiendo la débil presa de la felicidad y encharcando el pensamiento. Lodazal que ensucia el camino y me impide andar. De salto en salto, voy esquivando el barro hasta llegar aquí. A ti.

La deglución diaria se vuelve áspera, a pesar de la humedad del ambiente enrarecido por la tempestad. Los tragos de tristeza son indigestos. Descomponen las entrañas impidiendo el correcto metabolismo de los días. El cuerpo se debilita al tiempo que se tensa por la descompensación psíquica. Tumbado en el diván de la melancolía, observo los recuerdos rotos sobre las baldosas de la vida. Trozos que ya no podré recomponer, pero que están ahí, esparcidos en mil pedazos de angustia. No los puedo barrer ni aspirar. Sólo aguardar a que formen parte del suelo que piso y poder huir de la habitación de la nostalgia. Habitación interior sin ventanas. Habitación sombría, sólo iluminada por la luz que yo le pueda dar. Los faroles y velas fundidas, incapaces de arrojar luz en la incertidumbre.

El día que conseguí escapar de las profundidades, me perdí entre calles oscuras, buscando analgésicos que mitigaran el dolor del alma. Los restos del naufragio eran visibles en cada esquina. El lodo aún seguía pegado a las botas, pero seguía caminando. Caminaba para mantener el equilibrio sobre la bicicleta de la rutina. Sin vuelta atrás. En un giro del destino, encontré una luz mortecina. Me adentré en ella esquivando la penumbra.

El viejo café mimetizaba con mi estado de ánimo. La sucia moqueta impregnaba el ambiente del olor de los viejos locales venidos a menos. Pinturas de artistas locales colgaban de paredes desconchadas por el paso del tiempo. Una barra de madera marcada por el fuego de cigarrillos solitarios servía de sustento al dueño del café, que con sus manos sujetando la cabeza también buscaba el equilibrio, pero sin bicicleta. Encontré un taburete de terciopelo rojo raído por la soledad y me senté junto a él. Con un murmullo, me dijo que esta sería su última noche en la tierra. Le pedí un trago amargo. Bebimos.

Cuando volví al exterior reconocí que ésta era una de esas noches de domingo. Una de tantas. Noches en las que buscas con la mirada  las estrellas y sólo encuentras lluvia en los ojos que te ciega.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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