[Tragos amargos] Lanzar los dados

Si vas a intentarlo,
ve hasta el final.
No hay otro sentimiento como ese.
Estarás a solas con los dioses
y las noches se encenderán con fuego.

-Charles Bukowski-

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Lanzas los dados. Ruedan sobre la mesa como cabezas cortadas por la guillotina de esperanzas. Vidas decapitadas antes de empezar el juego. Sometes tu destino a la suerte de un nuevo domingo que comienza con más sombras que luces. Sometes la vida al azar de los dados trucados. Un domingo más, sales a la calle con las cartas marcadas. Un día más echando a perder tu suerte, que se pierde en apuestas imposibles por la felicidad. La cabalística de la vida no logra revelar el sentido de jugar partidas imposibles, en las que nunca llevas el caballo ganador, sólo un boleto de apuestas infructuosas que se deshace en el bolsillo a la salida del hipódromo.

El castillo de naipes sobre el que asientas tu existencia se desmorona con la primera brisa de la mañana. No tienes ases en la manga desde antes del amanecer. La pasada noche jugaste tu última carta con la esperanza de que la resaca te hiciera olvidar que tocaba un domingo más en las carreras. Comienza el día y sigues teniendo todas las de perder. Sales a la calle y las fichas de dominó comienzan a caer una tras otra. Tú eres la última. Siempre lo has sido. Aquella que debe aguantar hasta el final en pie. Aquella que soporta el peso de todas las demás hasta el último instante, en que volverá a besar el suelo y volver a la caja de pino de la que nunca debió salir.

Deambulas por la ciudad como la bola que da vueltas en la ruleta, esperando caer en la casilla correcta, aquella que te permita seguir rodando un día más. Dando tumbos, has agotado todas las fichas para continuar la partida. Una partida que inexorablemente se repetirá una y otra vez, hasta que el azar o el destino decidan que es la última jugada.

Al atardecer, cuando el sol solo ilumina el camino de regreso a casa, decides jugar tu última carta. La carta que guardaste el primer día que lanzaste los dados sobre el cuaderno de tragos amargos. En un quiebro del destino, te vuelves a encontrar en la taberna de las apuestas clandestinas y timbas de póker, aquella que abrió sus puertas el día que decidiste jugar con los dados trucados del destino. La única que te permite hacer tu apuesta más arriesgada: la de la supervivencia. «Hazlo, hazlo, hazlo. Hazlo. Hasta el final, hasta el final», te repites, y entonces entras. La taberna siempre abre para los ludópatas. Jugadores empedernidos que siempre mantienen su apuesta más alta. No pierden la esperanza. Quizás un día acierten. Quizás un día ganen el premio gordo.

Al fin y al cabo, ¿qué queda más que intentarlo? Perder más es imposible porque lo perdiste todo antes de empezar. Saliste a la calle con los bolsillos vacíos. Sólo puedes ganar. La única posibilidad es volver a girar la ruleta. Nada puede fallar. Doble o nada. Cara o cruz.  Quizás sea la última partida. Los dados ruedan una noche más sobre el tapete. La semana que comienza reparte sus cartas ¿Rompemos la baraja o nos retiramos? Comienza el juego. La suerte está echada. ¿Jugamos? Feliz lunes.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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