[Tragos amargos] La muerte de la luz

amargos

«No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz»

Dylan Thomas

 

No tienes compasión. Te arrojas en brazos de la noche con la esperanza de aplacar el desasosiego del atardecer. Un atardecer que te ha dejado en la esquina del cuadrilátero de la vida a merced del rival. Eres un saco de golpes a la espera del KO definitivo que te noquee sin remisión. Las últimas horas de luz han deslumbrado tu juicio y pierdes el control. Nunca lo tuviste, pero ahora sientes su ausencia como una punzada en el corazón descarriado que te mantiene en el inframundo. Cuando la penumbra engulle definitivamente tus ojos, no ves más que la sombra de lo que fuiste. Sombra alargada por el paso de los años y las cicatrices.

Eres un juguete roto al borde del precipicio. Te acercas peligrosamente al borde empujado por la mano que mece la cuna de la rutina. Dichosa rutina que te enfurece y tambalea. En la oscuridad, te pierdes entre las bambalinas oscuras de las calles movedizas, en un laberinto imposible de atravesar, manejado por los hilos del encantador de marionetas, que juega contigo siempre a la misma hora: la hora del crepúsculo.

Sientes furia. Furia ante la muerte de la luz. El fundido a negro te absorbe en el tubo catódico de la melancolía. Comienza la última sesión en la película de tu vida. Aturdido en el patio de butacas, los recuerdos de los días de vino y rosas aparecen fulgurantes en la gran pantalla. Son fotogramas viejos de un filme del que ya conoces el final. Todo lo que ves te resulta ajeno pero no lo es. Es tu spoiler final. Eres tú.

La furia se apodera de ti. Enloquecido por el desasosiego y la oscuridad, buscas a tientas una puerta por la que escapar de las profundidades abisales de tu ser proyectado. Furia por las horas perdidas en el ciclón cotidiano que todo lo arrastra y todo lo deja. Cegado por la exhibición de los días pasados sin pena ni gloria, huyes despavorido en busca de otra latitud en la que por fin encontrar la luz al final del túnel.

La furia y el despertador volverán a amanecer mañana. Serán las primeras luces de un nuevo lunes al sol de los días grises. El sol que menos calienta.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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