[Tragos amargos] La moneda de la suerte

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Desde que volvió de aquel país lejano, siempre llevaba su moneda de la suerte en el bolsillo. Era su amuleto. Un recuerdo material de lo que un día fue, cuando sus días pasaban junto al mar Adriático y la brisa ahuyentaba los fantasmas que después le acompañarían los años de penumbra.

Una simple moneda que le recordaba que cada día es único e irrepetible. Que el pasado nunca volverá. Que cada instante debemos buscar la paz del espíritu y la felicidad. No hay nada más. El tacto de la moneda le mantenía con los pies en la tierra y la mente en sus sueños.

Un día de felicidad desbordante se olvidó de la moneda. No pensó en ella ni un instante. De aquí a allá, fue dando tumbos de felicidad. Las horas pasaron y nunca asomó a su pensamiento el amuleto. Se olvidó de él. No sintió su presencia ni por un momento. Su cuerpo y mente se habían fundido en alegre cortejo dominical.

A la mañana siguiente, con las primeras luces del lunes, se dio cuenta de que la moneda no estaba allí. Había desaparecido ¿Cómo iba a ser feliz ahora? Las nubes de la resaca amenazaban tormenta. Echaba de menos su tacto. Sentía el vértigo propio de quien pierde su referencia. El desequilibrio y temblor de la cuerda floja. La nostalgia y melancolía ocuparon el lugar de la moneda en su bolsillo. Pensó en ella durante todo un día que pasó con más pena que gloria, aguantando el chaparrón de la rutina, calado hasta el último hueso en lo ordinario. Sin el huracán de felicidad que le había arrastrado el día anterior, se sentía varado en su playa interior.

Al poco tiempo, la nostalgia fue dejando paso a la aceptación. No quedaba más remedio que seguir remando en el mar de dudas. El martes amaneció como un día más. Al recoger el pantalón que había dejado tirado el domingo pasado, la moneda de la suerte cayó al suelo. La vio más brillante que nunca. La recogió y observó con detenimiento. Era la misma, pero algo había cambiado en su esencia. Su superficie plateada ya no reflejaba la nostalgia y melancolía que siempre la habían caracterizado. Ahora simplemente brillaba. Brillaba con el fulgor del sol y la luz del mar que la vio nacer. Un brillo de incertidumbre y esperanza ante el futuro. Quizás todo había sido una señal. Una señal de que la moneda siempre había estado ahí, para lo bueno y lo malo de toda existencia humana. Nunca para la suerte. Siempre para el cara o cruz.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

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