[Tragos amargos] Esferas de poder

La cima es la mitad del camino.

-Ed Visteurs-

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Exhausto tras la larga travesía, me siento en el último peldaño de la escalera de los pasos perdidos. La escalera que comencé a ascender cuando me vi con el agua al cuello de la nostalgia. Desde las alturas, observo mi vida desde la dimensión atemporal del presente, que se esfuma entre la niebla de los días grises. Escondido al final de los escalones que conducen a ninguna parte, mis pensamientos tropiezan y caen escaleras abajo, despeñados. Ruedan cuesta abajo golpeándose con las ásperas paredes del tiempo que nunca volverá.  Es la condición sine qua non de quien un día se atreve a ascender la escalinata de la vida sin mirar atrás, hasta que ya es demasiado tarde, hasta que no queda más opción que sentarse a esperar el final porque no puedes regresar. Un paso en falso y el vacío será lo único que se interponga en tu camino.  

Una ascensión al Everest sin oxígeno ni sherpa, con la única guía de la cuerda sobre la que te empeñas en hacer equilibrios cada día. Consigues mantenerte en pie equilibrando la balanza del pasado y del presente, con diferente sistema métrico pero mismo peso. Sólo en en el último campo base debes decidir si continuar el ascenso más allá de la escalera, donde acaban los peldaños, donde comienza tu día de mañana.

Inmerso en la indecisión, el presente se presenta como una escala efímera oculta bajo la nieve. Un lugar en el que el reloj marca las horas con insufrible cadencia, agotando los nervios, que se agarran a la única boya visible para mantenerse a flote. Como quien espera su turno en el patíbulo, las manecillas del reloj son tu pelotón de fusilamiento. Al final del día, no serás más que un cadáver más junto a la tapia. Cada segundo de espera, es un clavo más en la caja de pino. Desde las alturas, te ves a ti mismo desde una perspectiva oblicua, en la que pasado y futuro confluyen en un océano de interrogantes refractarios.

El yo del pasado se enfrenta a las adversidades con la energía de la juventud, mientras el del futuro se bate en duelos en callejones de mala muerte. Puedes verlos competir por mantenerse a salvo en sus minúsculas esferas de poder. Abstraídos por su sensación de atemporalidad, aislados del hoy.  Como burbujas flotando en el mar de la incertidumbre, se asemejan a pompas de jabón a punto de explotar por la aguja del presente, que siempre llega puntual a la implosión onírica.

Mientras el pasado se empeña en abrillantar los recuerdos con una pátina de dulce melancolía, el futuro intenta atravesar las telarañas que envuelven el mañana, abriéndose paso a machetazos entre la selva de dudas e interrogantes. La nostalgia afianza sus posiciones sobre el tablero vital mientras el futuro es un terrorista suicida a punto de estallar. Las tres esferas confluyen en ti al final de la escalera, modificando el espacio tiempo, acortando el futuro y alargando el presente, que se resquebraja por los cuatro costados de la incertidumbre. La fricción entre las esferas de poder amenaza con romper el suelo del cristal sobre el que esperas dar el salto al mañana.

Entonces, despiertas. Te has quedado traspuesto dentro de tu pequeña esfera de poder del presente. Te encuentras en la misma terraza de todos los días, en la que siempre imaginas un pasado de ilusiones cumplidas, que no han sido más que un sueño de una noche de verano. Uno más. Las últimas luces del día dibujan sombras en el muro en el que siempre apoyas tus esperanzas. Sobre la mesa, tu cerveza de siempre a medio consumir,  como tu vida. Descubres que todo ha sido una ilusión. Una más. Todo sigue igual que ayer y mañana dentro de tu minúscula cápsula de efímero bienestar.

Los mecanismos del reloj de la vida siguen funcionando. El tic tac de la maquinaria engrasada continúa implacable. Comprendes que tanto el pasado como el futuro no son más que un espejismo, una alucinación por el mal de altura. Tu única esfera de poder yace en el presente, aquel que se escapa entre tus dedos cada instante mientras intentas atrapar retazos del pasado y esbozar con tinta invisible un futuro impredecible. Como una pompa de jabón a punto de estallar o de perderse en el horizonte, más allá de la escalera. La cima no era más que la mitad del camino: tu única esfera de poder. Feliz lunes.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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