[Tragos amargos] Emociones penosas

tragos amargos

Las perezosas células cerebrales solo encienden su luz -inspiración- bajo el látigo de las emociones penosas.

-Santiago Ramón y Cajal-

Amodorrado en la barra del último bar que cerraste al amanecer, las emociones penosas se amontonan frente a ti, junto a una interminable procesión de vasos vacíos sin recoger. El rastro de tus miserias es la única señal física de tu derrumbe espiritual. La demolición de tu existencia. Ese caos que te permite vivir ahora es la materialización de un desahucio vital anunciado. No te queda más lugar en el mundo que ese diminuto espacio que ocupas entre los restos del naufragio etílico. Es primavera en el exterior, pero la lluvia ha convertido el domingo en un día otoñal. Un día gris como otro cualquiera. Uno más.  

A estas alturas del desasosiego, ya has perdido la cuenta de los días en los que has echado el cierre a la esperanza de una vida mejor. Has permanecido abierto a la felicidad hasta agotar tus últimas existencias. No te queda más que colgar el cartel de traspaso, porque ya no tienes nada que ofrecer al mundo. La pesadez de la humedad ha encogido tus extremidades hasta convertirte en un ser incapacitado de cuerpo y mente. Agarrotado en el taburete, te revuelves por dentro mientras eres incapaz de articular palabra. Parálisis vital que se materializa en ese escenario de vasos sucios y restos de comida basura, que intentaste engullir compulsivamente y ahora amenazan ser vomitados entre arcadas y convulsiones.

En un último intento por mantenerte a flote, sientes que la vida es un Titanic a la deriva en el que la orquesta dejó de tocar hace tiempo. El último tren de la felicidad ya pasó por tu estación. Ahora está desierta. El reloj que marca las horas se derrite, aletargando el tiempo con peligrosa monotonía. Te mantienes en el apeadero con la esperanza de que algo cambie, de que ese tren que esperabas llevara retraso y llegara justo a tiempo, antes de lanzarte a las vías o de que el jefe de estación te pida el billete que nunca llegaste a comprar. Ese sólo podía ser un viaje a ninguna parte. En el andén, tienes aún tiempo de recordar algunos días felices, que aparecen difusos en los paneles informativos. En la mezcla de nostalgia y alcohol, la memoria se agrieta como el hormigón erosionado por el tiempo y las inclemencias. Por ella escapan esas emociones que permanecían encerradas en tu interior. Se alejan por la vía de servicio, perdiéndose en el interior del túnel. El eterno túnel que siempre aparece en tu horizonte porque el cambio de agujas ya no funciona correctamente. Es imposible cambiar de raíl en la vía muerta.  El silbato del tren que esperabas te despierta del letargo de tus emociones pasajeras en el último reducto de tus células cerebrales. Las que regulan el tráfico en medio del caos ferroviario de la existencia.

Cuando recuperas la consciencia, sientes una suave brisa primaveral en la nuca. Sales al exterior que abandonaste horas antes en compañía de tus más negros fantasmas. La temperatura es cálida. Sientes la necesidad de caminar y decides alejarte, pero sólo unos metros.  En ese instante, recuerdas que, a pesar de todo, mañana volverá a amanecer. Mañana tendrás una nueva oportunidad de recoger los vasos rotos. Podrás volver a la estación y coger el próximo tren con destino a tus sueños. En el viaje, seguirás portando la misma maleta cargada de momentos de lucidez y emociones penosas. Es el extraño cóctel de la vida. Aquel que siempre pides aunque deje un regusto amargo. Aquel que dibuja las líneas más hermosas de tu caótica existencia en un cuaderno aún por estrenar.

El sol sale para todos, también para quienes habitamos en las tinieblas.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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