[Tragos amargos] El payaso

amargos

Ocupó como de costumbre su lugar al fondo del patio de butacas. No quería ser visto por la multitud que abarrotaba el viejo teatro de los sueños. Era el único que quedaba abierto en una ciudad venida a menos con el paso de los años. Toda la programación era conocida. Siempre la misma obra. Siempre el mismo público. Un público poco exigente que recorría los pasillos en busca del mejor asiento, el políticamente correcto. La sesión nunca era numerada. La butaca es indiferente cuando ya conoces la obra con detalle. Lo importante era no perderse, un día más, el desenlace.

La actuación comenzó a la hora prevista. Las puertas de acceso a la sala se cerraron con el candado de las grandes ocasiones y una oscuridad transitoria dio paso a la puesta en escena. Una melodía tétrica inundó la sala, ahogando el murmullo. Actores y actrices comenzaron a aparecer por el escenario y la tramoya, representando la parodia de sus vidas. La única obra basada en los hechos reales de cada uno de los asistentes, que se veían caracterizados siguiendo el guión previsto. Ni un error. Una ejecución perfecta de la podredumbre vital.

Escondido en la última fila, el payaso veía con entusiasmo la representación escondido entre las sombras de la sala, junto a la única salida de emergencia. El único asiento donde siempre se sentía cómodo. El único escenario donde no era protagonista. A pesar de haber nacido para hacer reír, su pasatiempo favorito  era pasar desapercibido mientras observaba a los espectadores desde la oscuridad. Allí, al final del pasillo lateral, en la más recóndita esquina de la platea, nadie podía reírse de él, y eso le hacía feliz. Un día más, podía disfrutar de su obra en la clandestinidad del anonimato. Se había puesto, como siempre, su mejor traje, el de lunares rojos y negros. El más escalofriante.

Cuando terminó la función, el público se levantó a aplaudir acaloradamente. Aplausos enloquecidos. La obra les había atravesado el corazón. No sabían cómo, pero les recordaba a su propia vida. Una tragicomedia con final dramático. No sabían que en el próximo pase, cada uno de los asistentes sería protagonista. Protagonista de su propia miseria.

En medio del fragor, como hacía cada día, me escabullí sin ser visto por la única salida de emergencia. La única que se cerraba desde el exterior. Una vez más, nadie me había visto escapar. Todos los espectadores habían reparado al llegar en la extraña silueta de payaso que se dibujaba al fondo de la sala, pero no le habían dado importancia. Un loco más entre tantos. Sin embargo, ninguno había reparado en la nariz roja de sus caras. Tampoco en las puertas cerradas con candado desde el inicio de la función. Ahora el viejo teatro era su cárcel. Habían caído una vez más en la trampa. Risa sardónica.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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