[Tragos amargos] El hundimiento

amargos

Cuando entró, el Café aún seguía allí.

Sus paredes empapeladas de recuerdos le observaron con la misma indiferencia de siempre. Los cuadros colgados del abismo cambiaron de perspectiva al sentir su presencia. Su amigo tras la barra le miró con tristeza de campo de exterminio. No hicieron falta palabras. Le sirvió la cerveza en la copa helada de los finales tristes. El ritual seguía el guión previsto. El de siempre. El de los domingos.

Las lágrimas comenzaron a mojar las palabras escritas en el cuaderno de sueños imposibles. Palabras huecas que sólo servían para ocupar el desasosiego de los días soleados pero grises. Cada golpe de texto arrancaba de cuajo un pedacito de felicidad, que yacía desparramada sobre la madera. Escondido delante de la barra, los recuerdos se fundían con el barniz. Intoxicando la mente. Nublando el juicio.

En un instante que parecieron 33 años, un temblor hizo caer la gran lámpara de cristal del salón. Los cuadros cedieron inmediatamente después, cayendo al abismo que les aguardaba desde hacía tiempo.  El techo de estrellas comenzó a desmoronarse, mientras los muros de contención cedían al peso de años de abandono. Poco después: la nada.

Al abrir los ojos, se encontraba allí, pero el Café había desaparecido. Su amigo también. Decepción express. Desnudo. Sin cuaderno ni pluma no era nadie. Las miradas inquisitoriales de los vecinos se posaron sobre su espalda. Mascullaban palabras que no lograba comprender. El rugido de sus murmullos era ensordecedor. La ametralladora de ojos cubría todo el frente enemigo. Con una mezcla de miedo, melancolía y vergüenza a partes iguales, se fue retirando hacia una esquina, desde la que pudo huir. Seguía sintiendo la violencia de sus miradas mientras corría hacia su trinchera sin echar la vista atrás. Abandonó el pueblo. En cierto momento, perdido entre calles desconocidas, encontró un refugio. Al entrar, volvió a sentir la calma de la soledad. La tranquilidad del abandono elegido. La paz del espíritu embriagado de ilusiones. Pidió una cerveza y apareció él. Le miró con la mirada limpia de los días de vino y rosas. Nunca se había marchado. Siempre estuvo ahí. Lo esencial es invisible a los ojos. Y volvió a beber, con la esperanza de olvidar que no era más que un borracho dueño de un cuaderno de sueños imposibles.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

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