[Tragos amargos] Ciudad vampira

Vivo en la ciudad más triste que jamás
un triste urbanista pudo proyectar,
hay que prender fuego a esta ciudad.

-‘Ciudad vampira’, Nacho Vegas-

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Llueve. Siempre llueve para quienes amanecemos envueltos en tinieblas. El agua de lluvia nos recubre de una pátina de melancolía, que escurre el bulto de nuestra existencia. Una mañana gris es el escenario perfecto para quienes vivimos a la intemperie, para quienes el sol nunca calienta.

Siempre salimos a la calle sin paraguas, a pesar de la lluvia de golpes que nos espera. Lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Los moratones y arañazos son nuestra marca de agua. Es nuestro hábitat natural. Bajo la incesante lluvia, sumergimos nuestro cuerpo en el temporal de la vida que corre a raudales, mientras nos ahogamos en un vaso de agua. Las torrenteras arrastran todo menos los tragos amargos, que taponan las alcantarillas cada domingo. No hay desagüe que aguante nuestras tragaderas. Con el chubasquero de la indiferencia, nos movemos por las aguas de la ciudad vampira, encontrando sólo arenas movedizas. Nunca divisamos puerto, sólo minas subacuáticas. No encontramos tierra firme, pero nos resbala. Impermeables a la felicidad, nos empapamos de los sinsabores que deja la vida un domingo más. La lluvia es nuestro caparazón, una suerte de fortaleza frente a los piratas . Un resquicio de húmeda soledad antes de salir a las aguas abiertas del lunes.

Resguardados por la incansable cortina de agua, nos movemos por la urbe licántropa sigilosos, rodeados de nubarrones y amenazas. Nubarrones que descargan tormenta sobre el descampado de nuestra existencia, en esta ciudad insaciable que sólo se alimenta de nuestra sangre. Sangre que engrasa los mecanismos de tortura de la rutina. La vida queda atrapada en el barro y los engranajes oxidados de la maquinaria. Somos presas fáciles mientras esperamos la próxima transfusión que nos permita aguantar un día más. Siempre enganchados a la sonda.

Los pies mojados no tienen fuerzas ya de arrastrar las cadenas por el fango. El lodo se adhiere al cuerpo, impregna las botas  y nuestro caminar se vuelve torpe y pesado, como nuestro pensamiento, abombado, que no logra cerrar las compuertas que frenen la inundación ni la llegada de los depredadores. Flotando en las aguas turbulentas de la urbe, unos gritos ahogados se cuelan entre el estruendo de la tormenta. Alaridos de dolor de nuevas víctimas de la ciudad vampira. Dentro de unas horas no serán más que una nueva pila de cadáveres secos empapados de lluvia. Les han succionado la sangre: la esperanza.

Junto a una de las calles inundadas, un payaso se refugia en la entrada de una sucursal bancaria. Lleva un bate de béisbol, que golpea rítmicamente contra el cristal de la puerta. Un instante después, se ajusta la nariz y la peluca. No sabe si reír o llorar. Una pequeña explosión derriba la puerta. Entonces entra. Llega el apagón. La ciudad vampira queda a oscuras. En el horizonte se divisa un edificio en llamas, que contrasta con la oscuridad. Es el centro de detención. Arde. Los gritos provienen de su interior. La lluvia es incapaz de apagar el incendio. Los vampiros salen de caza una noche más. Mañana seguirá la tormenta. Ciudad vampira.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.