[Tragos amargos] Bon vivant

amargos

El bon vivant no es frío ni caliente. Vive templado de sol y cerveza. El bon vivant no se levanta ni tarde ni temprano. Se levanta a su hora. La hora del camaleón. El bon vivant se escurre entre las luces del amanecer buscando un lugar en que absorber en soledad la energía para batallar un nuevo domingo en la Tierra.

El bon vivant siempre sale a la calle cuando nadie le espera. Busca sorprender aunque nadie le observe. El bon vivant recorre la ciudad en círculos concéntricos que él mismo dibuja en mapas inventados, guiado por la melodía oscura de sus zapatos. El bon vivant marca su territorio a cada instante. El bon vivant es un gato en celo de la vida.

El bon vivant sólo se sienta a escribir cuando no tiene nada que decir. Al bon vivant le interesa lo mágico y oculto de la vida. Vive en intervalos etílicos.El bon vivant no busca nada, porque todo le encuentra a él. El bon vivant es un imán de sensaciones. Sus días raros son nuestras rutinas. El bon vivant recurre al engaño de sí mismo para observar la certeza de las vidas ajenas. Nada escapa a su mirada de microscopio sobre la cotidianidad. Lo extraordinario es su té de las cinco. El bon vivant regala tardes a los sentidos para probar su insensibilidad. El bon vivant siempre es platea, nunca escenario.

El bon vivant termina el domingo en terrazas sombrías de cerveza, mejillones y foie. Se sumerge en su cuaderno de campo de batalla para recoger los últimos apuntes de su existencia. Sus ideas caen sobre el papel con la suavidad de la espuma de la copa helada que le mantiene aún caliente en las horas póstumas.

Cuando ella sale a la puerta, le reconoce. Al acercarse, le susurra al oído: “es usted un bon vivant, monsieur”. El bon vivant siempre responde con la mirada del cazador cazado. Ella regresa al interior de la taberna para buscar la última cerveza, mientras el sol ya lanza las últimas luces del día sobre los viejos edificios de la ciudad antigua. Una fuente enmarca las últimas horas con el tintineo del agua sobre la piedra. Cuando ella regresa al exterior con la última cerveza, el bon vivant ya no está. Se ha esfumado con las primeras sombras de la noche. Ella no sabe que para el bon vivant, siempre es la penúltima. Hasta el siguiente domingo.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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