[Tragos amargos] Black Sunday

Dedicado a las 40 mujeres asesinadas por hombres en España en lo que llevamos de 2016 y a todas las víctimas del terrorismo machista en el mundo y en la Historia.

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

La lluvia caía lentamente sobre las hordas amontonadas en la calle. Toda la ciudad brillaba con luz artificial, mientras un extraño silencio alimentado por la ansiedad atravesaba la contaminación acústica de la gran urbe. Cuchillo en mantequilla. Los escaparates oscuros contrastaban con la luz exterior en un extraño juego de luces y sombras dominical. Sombras chinescas del capital. Mientras tanto, las horas pasaban lentamente en el reloj electrónico de cuenta atrás. 3, 2, 1… Súbitamente, las puertas se abrieron y entramos en el matadero comercial. Una estampida humana se abalanzó sobre los espacios vacíos y las escaleras mecánicas, ocupando con precisión quirúrgica todo el espacio vital disponible. Dócilmente, el ganado consumista era pastoreado por los reclamos luminosos. La manada se desplazaba por el establecimiento con marcialidad, hipnotizada.

Intenté deshacerme del tumulto y ascender por la escalera mecánica. Necesitaba localizar lo antes posible el encargo. No tenía tiempo que perder. No quería quedar atrapado en el barullo del consumismo compulsivo. Una extraña tela de araña cubría todo el establecimiento, atrapando clientes como moscas. No quería caer en la red. Finalmente, llegué a la planta que buscaba. Colapso. Intenté avanzar entre la multitud infructuosamente. Imposible. El calor corporal y ambiental comenzó a aumentar inesperadamente, alimentado por la calefacción. Mi termostato interno comenzó a fallar. Intenté abrirme paso hacia las escaleras de emergencia, atravesando cuerpos zombificados. Demasiado tarde. A tientas, conseguí localizar una puerta lateral. La abrí y caí al suelo casi al instante, entre vómitos y convulsiones. Perdí el conocimiento.

Desperté en el interior de un cuarto de luces. Empapado en sudor por la repentina fiebre, había perdido completamente la noción del tiempo y el espacio ¿Qué hora era? ¿Dónde estaba? Abrí la puerta. Entonces recordé. Todo estaba en silencio. El fragor de la batalla había pasado. Salí. La oscuridad me impedía distinguir con claridad las distancias. Siguiendo las luces de emergencia intenté descender hacia la salida. Casi a tientas, iba avanzando poco a poco, confuso por la oscuridad y el aturdimiento. Al final de la escalera, encontré una nueva puerta. La abrí. Al pasar, tropecé ligeramente. Me giré y pude distinguir un pie que sobresalía desde detrás de una torre de cajas precintadas.

Al mover las cajas, puedo distinguir un cuerpo ensangrentado. Doy un brinco hacia atrás. Es una mujer. Está muerta. Tiene los ojos abiertos y un corte en el cuello, por el que parece haber manado libremente la sangre. A borbotones. Se ha desangrado. El vestido blanco que la cubre se ha decolorado. Sobre él, hay una nota manuscrita en papel de ticket: «PUTA». La sangre ha alcanzado la bolsa de papel reciclado que hay junto a ella, ennegreciéndola. Mi corazón se acelera. Me siento junto a ella conmocionado y cojo el teléfono. Marco el 112. Es demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde. Rompo a llorar.

Unos minutos después, llegan los servicios de emergencia y la policía. Me preguntan qué hago allí. Intento explicar lo inexplicable, que no es mi historia. Lo inexplicable es que una mujer haya muerto asesinada entre la multitud sin que nadie se diese cuenta. Miles de personas habíamos pasado por allí el día anterior y no nos dimos cuenta. Nunca nos damos cuenta.

Soy sospechoso. Todos lo somos. La número 41 ya es historia. Una muesca más en la fría estadística contable. Una vida con nombre y apellidos que ha sido arrebatada por el verdugo inagotable de la violencia machista. En medio del tumulto comercial de las rebajas, un asesino encontró el hábitat perfecto para asestar el golpe definitivo a su víctima. Sabía que todos mirarían hacia otro lado. Todos miraríamos hacia los reclamos comerciales y los anuncios de neón. Los escaparates oscuros nos habían nublado la vista una vez más.  Nadie había reparado en ella. Ella no importaba. Su vida se había pagado a precio de saldo. Tirada junto a una de las puertas de los almacenes del centro comercial, en medio de montones de productos en oferta apilados, su muerte había salido gratis. Triste metáfora de nuestro mundo. En el exterior, comienza a amanecer. Un nuevo día gris. Black Monday.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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