[Tragos amargos] Baile de máscaras

amargos

Intro

Las bicicletas son para el verano y los tragos amargos para el otoño. La ciclogénesis se ha llevado las terrazas y aquí estamos otra vez, en la barra de bar de Murray. A resguardo de la tempestad, tragando los mismos sapos de siempre ¿Sentís escalofríos? Es el frío otoñal que entra y no sabes por dónde se ha colado. La puerta está cerrada, pero la queréis abrir a hachazos…

Los tragos amargos son para pies fríos y cabeza caliente. Son de chaqueta de entretiempo en una tarde de señoras con bolsa en la cabeza.  Son para degustarlos con barro en los zapatos y hojas secas pegadas al culo. Sólo en la tempestad se agitan las neuronas. Sólo cuando la ciclogénesis arrasa nuestra cabeza podemos ver lo que queda. Lo más fuerte. Lo más asqueroso.

¿Os atrevéis a un baile de máscaras tras la tempestad?

El paso de los días ablanda la mente acostumbrada al sufrimiento. Mente tullida que tropieza atenazada por la rutina de los días grises. El sol de otoño no consigue calentar los fríos pensamientos que vienen del deshielo de la mierda. En una cárcel de melancolía y desasosiego, el cuerpo deambula encerrado entre cuatro paredes. Muros gruesos de piedra indiferente que ahogan sus gritos.

Las frías baldosas del suelo se han convertido en fango. Sumergido en él, busco día tras día en el fondo los restos de mi ser. Mis manos tocan los restos descompuestos por el lodazal de lo que un día fui, pero resbalan entre mis manos. Desde la ventana, observo las sombras y anhelo mezclarme con ellas.

Cuando por fin consigo escapar, me las encuentro. Llevan máscara ¿Por qué? Sigo andando por las calles con el paso descompuesto por el dolor y la incertidumbre. Todo máscaras. Algunas me saludan y entiendo que me reconocen, pero yo no las reconozco a ellas. Aturdido, busco un lugar donde resguardarme de la indiferencia del baile de máscaras. No es improvisado. Es una ejecución perfecta de su actuación. Las cuatro paredes de mi jaula ahora son una prisión a gran escala. Entro en una nueva celda, que al menos sirve cerveza.

Bebo un nuevo trago amargo intentando apagar la tristeza. El dolor aviva las brasas de la melancolía ¿Quiénes llevan máscara? ¿Sois vosotros? Confuso, regreso a la habitación del fango esquivando disfraces en el camino. Me lanzo sobre el lodazal intentando ahogarme cuando encuentro algo. Se me escurre pero consigo cogerlo. Al sacarlo siento un escalofrío. Es mi propia máscara. Brilla más que todo mi ser enfangado. Soy yo. Me reconozco en facciones sintéticas. Líneas falsas que dibujan mi rostro ¿Me la pondré? ¿Me reconoceréis? Por fin sé quiénes erais ahí fuera. Por fin entiendo el baile de máscaras. El baile de disfraces de mierda.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Raquel G. Ibáñez.

bluebird Comunicación
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