[Tragos amargos] Y al final…

Este último trago va dedicado a todas las personas que me acompañaron desde detrás de la barra de Murray Magazine. Pilar Cámara y Juanlu Dorado me sirvieron los tragos cuando ya nadie me fiaba. Raquel G. Ibáñez y Daniel Crespo ilustraron con su arte este puñado de líneas de tinta gris con olor a cerveza. A ti, que siempre te sentaste a mi lado cada domingo, cuando ya no quedaban hojas en blanco que rellenar de lágrimas. Y, por último, a Luna, el trago más dulce de este final de año. Gracias.

Tragos amargos 2016 Ilustración de Daniel Crespo

Y al final, hemos llegado hasta aquí. Un domingo más en la encrucijada. Cruce de caminos difusos. El nuestro ha sido largo, con piedras en ocasiones, pero, en el último momento, hemos sido capaces de sortear todos los obstáculos. Una semana más, la última, nos volvemos a encontrar, igual que la primera vez, cuando entré en sus vidas sin llamar, porque no teníamos nada que perder. Sabíamos que no había una Ítaca a donde ir. Nuestros pasos perdidos siempre han sido un eterno retorno de lo idéntico, atravesando calles grises y oscuras. Vidas resbalando en adoquines húmedos. Días de plomo y rosas, de todo o nada, en los que la lluvia en los ojos no podía disimular nuestras lágrimas. Porque los domingos nunca es primavera en nuestros corazones. Porque siempre es otoño en las cumbres borrascosas del alma.

Con el único horizonte de un lunes más en la fábrica de acero, el espíritu del bon vivant nos mantuvo a flote más de una vez. El espíritu que sabe que la próxima cerveza que le sirva la vida siempre será la penúltima, aunque se desmorone sobre nosotros un techo de estrellas. Porque la vida es lanzar una moneda al aire: un cara o cruz. Esa moneda de la suerte a veces salió cara, pero casi siempre fue cruz. Y entonces, sólo nos quedó lanzarnos un domingo más al vacío de las calles a improvisar una salida a la crisis existencial que nos atormentaba, marionetas del capital. Y te preguntas: «¿y  ahora qué?», pero no obtienes respuesta. Las frías baldosas del suelo que pisamos se convierten en fango. Sumergido en él, buscas día tras día en el fondo los restos de tu ser, antes del próximo baile de máscaras.

Los domingos siempre se pone el sol para los animales nocturnos. Atardeceres eternos de la existencia. Fantasmas que se esconden en la noche de ánimas, que esconden su debilidad entre las sombras, pero que están al acecho de su próxima víctima, enfurecidos por la muerte de la luz. No logran arrancar ni una triste risa sardónica al payaso que les observa desde el fondo del patio de butacas, el que cierra todas las salidas de emergencia en el escenario de la vida.

También hay domingos en los que la luz inundaba nuestro ser, pero que después se nublaron por las interferencias de la mortaja que nos cubre, que se acoplan a la sinfonía que queríamos interpretar en nuestra puesta en escena dominical, antes de que el aturdimiento etílico nos condujera una vez más a estrellarnos contra un lunes más sin airbag.  Los lunes siempre nos conducen a nuestra jaula, a buen recaudo del IBEX 35. La mano que mece la cuna se sigue masturbando al ver nuestra debilidad, atrapados entre sus barrotes y erecciones generales.

Pasan los domingos y los años y seguimos sin Sara ni uvas de la suerte. El deshielo nunca llega a nuestra latitud. Las manecillas del reloj continúan atrancadas en el glaciar de la incertidumbre. Es en esos momentos cuando siempre llega a nuestros oídos el susurro del viejo Hank. El susurro que te pide aguantar un día más, una cerveza más, porque no tienes nada que perder. Ya lo has perdido todo.

En el camino que hemos recorrido juntos, también hemos tenido tiempo de recordar a víctimas inocentes. Sin quedarnos sentados en el muro de las lamentaciones, hemos abierto las puertas de la percepción y los sentidos para mirar a los ojos de Mowgli detrás la alambrada, porque este mundo que habitamos es una carnicería y nosotros su carne picada. Picadero de sueños rotos. Sin embargo, a pesar de todo,  inmerso en un mar de emociones penosasrecuerdas que, mañana volverá a amanecer. Mañana tendrás una nueva oportunidad de recoger los vasos rotos de los santos inocentes. Una oportunidad más de permanecer al otro lado: el lado de los fugitivos. El lado de quienes no abandonamos, de quienes aspiramos en última instancia a ser martillo y no yunque.

Y todo porque desde que nos lanzamos a la calle por primera vez, siempre hemos querido encontrarnos con el hombre de pantalones rojos, que comprendió que la vida se teje con el hilo de los pequeños detalles, porque en el fondo sólo estamos recubiertos de temor. Porque en lo más profundo no somos más que unos locos que encierran la cordura por vacaciones. Cordura que no es necesaria para avanzar por el campo de minas que conduce a la cuerda floja, sin un plan B al que agarrarse. Siempre huyendo de fantasmas. Huyendo de ti. Porque la vida que os he descrito cada domingo siempre ha estado cubierta de escombros. Cascotes de una existencia con permanente amenaza de derribo y demolición. Desahuciados, nos encerramos en nuestra  prisión imaginaria después de atravesar los laberintos de cartón. No había Casa Maravillas en la ciudad vampira. Ni dados de la suerte que nos permitieran ganarle una baza al desasosiego. Construimos esferas de poder, que no eran más que un refugio efímero frente a los monstruos que nos acechan en la oscuridad, cuando las tinieblas impiden ver la luz. Una mala mano en un mar de dudas.

Hoy vuelve a ser Black Sunday porque no hay trago más amargo que el de las despedidas. El que rasca la garganta y se queda ahí agarrado, haciendo vacío en el estómago. Hoy es nuestro último domingo en la taberna de los pasos perdidos. No estoy triste porque sé que nos volveremos a encontrar. Este camino no tiene un final. Es sólo el comienzo.

Mañana volverá a ser lunes, pero hoy y siempre será domingo en nuestros corazones. Desde hoy, éste será siempre nuestro refugio cuando se ponga el sol y arrecie la tempestad. Cuando nadie quiera vernos, nos volveremos a mirar a los ojos. Porque los tragos amargos ya son parte de nuestros cimientos. Los tuyos y los míos. Gracias.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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