[Tragos amargos] El terrorista del sombrero

tragos amargos

A veces en lo oscuro, en lo complicado, se toca la verdad.
-Carmen Martín Gaite-

La taberna tenía el mismo aspecto gris de todos los domingos. Nada había cambiado. En un eterno retorno de lo idéntico, la vida en aquel lugar era una sucesión de momentos y actitudes repetitivas. Una morgue para cualquier atisbo de felicidad. Allí se iba a llorar, no a hacer amigos.

La luz tenue de las pocas lámparas encendidas daban un aspecto lóbrego y fúnebre al local, ya de por sí convertido en una cámara funeraria a la que siempre iban a parar los muertos en vida. Unas cuantas botellas desperdigadas sobre estantes irregulares eran una suerte de velatorio para quienes aguardan el tránsito al más allá, agotados del más acá. La sucia moqueta amortiguaba los pasos de los moribundos, anestesiando el ruido de sus almas en pena. El silencio era atronador, sólo disimulado por la música que se colaba por las rendijas de los oídos que lograban escapar al lodazal de su tránsito al tanatorio.

Sentado en el duro taburete de madera, la vida no era más que un grano en el culo que amenazaba con explotar por la presión de mis placas tectónicas. Amodorrado sobre la barra, mis manos apenas lograban sostener una cabeza echada a perder y que ya había desparramado su sangre sobre un cuaderno cargado de tinta hueca. Palabras vacías habían rellenado las hojas de un testamento vital que ahora yacía frente a mí. Era mi certificado de defunción. Nada llegaba al futuro. Lo único que me pertenecía en última instancia era mi poder de decisión. Ya había vendido hasta mi alma al diablo de la rutina y mi único capital andaba repartido en multitud de tabernas como la póstuma.

Las televisiones no paraban de mostrar la imagen de un hombre con sombrero. Una imagen difusa de lo que parecía ser el criminal más buscado del mundo. En cierto momento, el tabernero empezó a cambiar de canal, quizás buscando el partido de fútbol del día, pero todas las cadenas, nacionales e internacionales, no hacían más que exhibir la imagen del terrorista con sombrero. A continuación, imágenes de su detención y excarcelación. Una nueva representación teatral del juego de buenos y malos. Volví mis ojos hacia algún punto del infinito, entre la barra y el agujero negro del gin tonic, intentando desconectar de esa realidad que me había llevado a la UVI de la existencia. Aletargado por el cansancio, el alcohol y la melancolía, pensé en aquel pobre condenado..

Mientras mantenía la mirada perdida en la incertidumbre, alguien entró sigilosamente en el establecimiento. Su paso errático le identificaba como un potencial inquilino de esta cámara mortuoria, pero no pude verle. No quería ver a nadie. Se sentó a mi lado, en silencio. Sentía su respiración entrecortada, pero no era nada extraño. Todo el que entraba allí pensaba en no salir jamás salvo por la verja de los cipreses. Ni siquiera el enterrador se percató de su entrada.

Tras unos minutos de penosa condena, recordé mi cita en la siguiente necrópolis. Al levantarme del asiento, giré mi mirada hacia el desconocido. Era el hombre del sombrero. Sin duda era él. Sus ojos enrojecidos por la angustia de la condena injusta eran inconfundibles. Su rostro de muñeco de trapo arrojado a la muchedumbre enfervorecida de medios y opinión pública delataba su penuria por el valle de lágrimas que le había conducido hasta allí. El juicio sumarísimo siempre es rápido. La condena es eterna.

Le ofrecí un trago. Él asintió con la cabeza, aún cubierta por el sombrero de la vergüenza. Vergüenza que no tenían sus inquisidores, que seguirán apareciendo triunfantes en las noticias del día siguiente.  No había trago más amargo que la lapidación pública, ni más dulce que el consuelo anónimo.

Ya en la calle, volví a colocarme el disfraz de los días felices. El disfraz con el que hacer reír al rebaño de ovejas que vendría a fotografiarse conmigo en la plaza mayor del país de las maravillas. Mundo de fantasía inventado por los mismos que nos mandaban al purgatorio. Aún retumban los grilletes y cadenas. De todos.  

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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