Salvados de la extinción (I): el aguacate

Feliz domingo, mis sesudos lectores. Hoy os voy a deleitar con la primera entrega de una serie de artículos que se me han ocurrido así… porque sí. De hecho, todo surgió una tarde que, haciendo un poco el chorra por Internet a ver si encontraba algo interesante (un gatete tirándose por una azotea o cosas así, lo típico), topé con un artículo que me dejó hecho polvo: el chocolate está en vías de extinción. Así es, amigos y amigas, el chocolate desaparece de la faz de la tierra por culpa del cambio climático. Y no pienso dedicar una línea más a este tema porque el simple hecho de pensar en un mundo sin chocolate me hunde. Tranquilo, Melendi, me refiero al chocolate de comer. Vuelve a la cama, anda.

La mano del ser humano, una vez más, fastidiándolo todo. Y me dio en qué pensar… ¿Es que siempre lo tenemos que andar fastidiando todo? Y he aquí cuando surgió el tema que nos ocupa hoy. Como no encontraba más vídeos de gatos, me puse a indagar en la red a ver qué encontraba y di con un dato que me dejó estupefacto: los aguacates deberían haber desaparecido hace miles de años. Y, sin embargo, aquí siguen, entre nosotros.

¿Por qué? Bueno, un poco de culturilla general vegetal para ponerte en contexto: los frutos, como manera de dispersión de las semillas, han ido siempre de la mano de la evolución de las especies animales que las consumían. Un fenómeno conocido como co-evolución: determinados tipos de plantas evolucionaban la forma/tamaño/sabor/color de sus frutos hacia el consumo por parte de un espectro más específico de especies animales, y éstas a su vez desarrollaban hábitos alimenticios más enfocados a un grupo más específico de especies vegetales. Es la forma que tiene la madre naturaleza de asegurarse de que hay de todo para todos, así en resumidas cuentas y por hacernos una idea general de cómo funciona el tema.

Sentadas las bases, prosigamos con los aguacates. Piensa en el tipo de fruto: grande, primitivo, una semilla enorme, una piel dura y gruesa y una pulpa jugosa y rica en grasas (fuente de reservas energéticas por antonomasia). Parece el tipo de alimento diseñado para un gigante. Y de hecho lo era. El aguacate es una de las maravillas que nos descubrió el nuevo mundo, ya que procede del continente americano, y apareció como fruta en su estado actual durante el Cenozóico. Por aquella época, era fuente principal de alimento de grandes mamíferos (mamuts y otros parientes ya extintos de los elefantes llamados gonfoterios, que podían llegar a alcanzar el tamaño de un camión, perezosos gigantes, etc.), que se ponían de aguacates hasta el ojete, literalmente. Era un buen trato para ambas partes, retomando el tema de la co-evolución: para estos mamíferos enormes el aguacate suponía un fruto grande, acorde a su tamaño, fácil de consumir y extremadamente rico en energía. Para las plantas de aguacate, el trato era aún más beneficioso, ya que estos mamíferos recorrían largas distancias y se distribuían por toda la actual Centro y Norteamérica, con lo cual iban depositando (ya sabéis a qué me refiero…) semillas de aguacate por una vasta extensión de territorio.

Peeeeero… Y aquí está la sustancia del asunto, la megafauna del hemisferio occidental desapareció por completo hace unos 13.000 años, dejando al aguacate sin chollo evolutivo: el 68% de los grandes mamíferos de América del norte, y el 80% en el caso del sur, extintos. Sin comensales, las plantas de aguacate comenzaron a mermar en número y empezaron su declive, siguiendo el mismo camino hacia la extinción que sus colegas los mamíferos gigantes. Pero entonces, ¿cómo se libró el aguacate de semejante Armagedón? Pues la respuesta es sencilla: gracias a nuestros hermanos ancestrales, los aztecas.

Sí, por una vez el ser humano hizo algo bueno. Los aztecas toparon con las plantas de aguacate e intuyendo su potencial nutritivo para alimentar a sus animales de carga (y posteriormente, para consumo propio), ricos en grasas y proteínas, salvaron al aguacate de su extinción domesticando las plantas y cultivándolas ellos mismos. De hecho, incluso le dieron un nombre acorde a su prestigio: ahuacátl, que traducido al español significa, literalmente, testículos. Unos cachondos estos aztecas. Aunque también prácticos, porque si sólo habéis visto aguacates en las cajas de la frutería, buscad fotos de la planta original y veréis que parecen los cataplines de Hulk.

Gracias a nuestros amigos aztecas, hoy podemos deleitarnos con una de las frutas que se consumen en mayor número a escala planetaria. Sólo en Estados Unidos, principal consumidor mundial, se consumen al año 4.000 millones de kilos de aguacate (5.000 si Arias Cañete está de gira por la embajada).

Y así, queridos y queridas, es como el hombre salvó al aguacate de ser pasto de la historia. Prometo volver pronto con una segunda entrega de la serie ‘Salvados de la extinción’. La próxima: el bigote de Aznar: ¿Sigue ahí o no? ¿Ha evolucionado a sombra de bigote? ¿Hay pelo o es roñilla?. ¿Qué cipote es eso? La respuesta, en breve.

bluebird Comunicación
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