Redescubrir el paseo

Barcelona está en crisis. No lo digo yo, lo demuestran las imágenes, fotos y testimonios de la gente que intenta coger el metro durante el MWC (Mobile World Congress). Por concretar, la semana del particular vía crucis para el ciudadano barcelonés comprende del 22 al 26 de febrero, ambos inclusive, período durante el cual se presentan todo tipo de huelgas del transporte público: metro (22 y 24), bus (23 y 25) y trenes/ADIF (22, 23 y 26). Un auténtico desastre para quienes necesitan, entre los que me incluyo, del transporte público para trabajar.

Más allá de la mala hostia que provocan las aglomeraciones, los malos modos a causa del nerviosismo y la sensación de no importar una mierda a quienes nos gobiernan, se une el hecho de que la ciudad estará invadida por hombres trajeados que acuden a la feria del móvil (y a otros menesteres nocturnos mientras sus familias se hallan a miles de kilómetros en muchos casos); viajar en metro, bus o tren es misión imposible, o en todo caso histérica y deprimente.

¿Qué otras opciones quedan? Coches, motos, taxis y bicicletas… a cada cual peor. Por eso opté por caminar. Una de nuestras señas de identidad desde los inicios de la existencia del hombre, una acción que cada vez olvidamos más en aras de una dependencia de las máquinas que, poco a poco, nos arranca de las entrañas nuestra propia humanidad.

Dejando la filosofía y el humanismo aparte, ayer al terminar de trabajar me puse la mochila al hombro y regresé a mi casa a pata. Un paseo por Barcelona de 6,5 kilómetros en los que me dediqué a contemplar la ciudad hacia arriba y a ambos lados, en lugar de la vista absorta en las baldosas o mierdas de paloma, ese gesto tan habitual de cualquier urbanita que ha perdido la esencia del disfrute del día a día. Inconscientes de la belleza que nos rodea, en ocasiones nuestra propia sinergia “consumista” nos empuja a tener prisa para todo, incluso para cosas que después resultan ser una auténtica mierda (llegar rápido a casa para echarse en el sofá y tragarse la primera chuminada que ponen en televisión, ¿de verdad merece la pena?); por eso de vez en cuando es vital echar el freno de mano, saber dónde se encuentra uno y respirar. Ser consciente de estar respirando.

Enfilé el Passeig Colón cuando el sol hacía rato que no rondaba por encima de nuestras cabezas. Pese a ello la brisa marina evoca a los días soleados de un verano que ya está cercano. Camino sin prisas, dejando que la gente pase con sus caras de agobio de aquí para allá. Cuando tenía la Barceloneta a mi derecha empiezan a surgir infinidad de locales de comida, en especial hamburgueserías que huyen del fast food y ofrecen productos de calidad que, en mucho casos, bien valen el precio algo elevado que hay que pagar por ellos. Pasé por delante de la Estació de França, un lugar olvidado por el turismo de la ciudad pero que supone una joya para cualquiera que, a propósito o por casualidad, termine bajo sus techos lejanos y ricos en detalles. Llegué al Parc de la Ciutadella, un pulmón de la ciudad (de los pocos que quedan) dentro del cual encontramos una de las mayores metáforas de la situación actual que vivimos: dentro del parque se hallan el Zoo de Barcelona y el Parlament de Catalunya. Es real como la vida misma: mientras en un sitio se aprueban leyes y mamandurrias varias a pocos metros unos monos se rascan el culo y tiran mierda a las personas. Que cada cual adivine quién es quién.

Con el Arc de Triomf a la vista mi ruta discurrió a través de la calle Pujades, que durante más de tres kilómetros y medio desplegó ante mis ojos una radiografía detallista de los cimientos de Barcelona: los pequeños negocios, tiendas de ropa de particulares, mensajería, metalúrgia, carpintería, infinidad de Pymes desfilan mientras mis pasos me adentran al barrio del Poblenou, mítico escenario de algunas series televisivas y corazón de la noche más canalla de quienes saben dónde encontrar el espíritu añejo en las cervezas y las charlas en la calle hasta altas horas de la madrugada. Pero esas calles a esas horas están casi vacías, ramas de un árbol despojado de sus hojas en espera de la floreciente primavera. Dejé atrás la zona más industrial para meterme de lleno en la barriada, en las calles llenas de madres que recogen a sus hijos del colegio, señoras mayores que hacen cola para comprar cupones de la ONCE, vecinos que se saludan en las esquinas y se paran a charlar de cualquier cosa porque lo importante es compartir un rato en buena compañía. Los coches pasaban apenas a centímetros de mi cintura, las aceras son estrechas y repletas de señales de desgaste. Pero tiene mil veces más encanto que cualquier acera moderna de vacía amplitud.

paseo barcelona

Decidí parar en una administración de lotería para comprar un par de números del euromillones, porque fui poseído por el espíritu de la Navidad tardía, o tal vez el calor del barrio me llevó a la euforia. Quería participar de aquella vida, de aquellos momentos que reconfortaban el alma. Me emborraché de melancolía, porque sabía que lugares como ese están condenados a la extinción y cuando te embargan esos pensamientos no puedes evitar la tristeza de igual manera que no puedes evitar mojarte si caes al mar.

Mi viaje estaba ya terminando, pese a que todavía me quedaba un buen rato para llegar a casa, pero una vez dejé atrás el Poblenou el color gris y apagado de lo nuevo regresó para golpear mi fràgil confort. De nuevo me vi perdido en la grandiosidad casi insultante de la Diagonal, o empequeñecido entre edificios imponentes que se parecen a colmenas modernistas que sólo demuestran la incesante hambre de una civilización que lo devora todo a su paso. Queda todavía el consuelo del paseo marítimo, no muy lejano de donde estaba, una de las pocas ventanas a la naturaleza que permanecen abiertas en la Ciudad Condal. Si algo pude observar durante mi paseo es una tendencia casi invisible, indetectable pero presente, por redescubrir algunos aspectos de nuestro día a día que parecemos haber olvidado en estos últimos años dominados por la vorágine tecnólogica; el placer de un paseo como el que estaba dando, sentarse en la arena de la playa un día frío y sin aglomeraciones de gente para dejar que el aroma de la sal te deje la piel reseca , el simple hecho de descubrir en un edificio cualquiera una figura o una decoración sorprendente por el mero hecho de levantar la cabeza, perderse en un mercado que mezcla mil y una vidas en pocos metros cuadrados; hay tantas cosas pequeñas que escapan a nuestra atención que no podemos ni siquiera llorar su pérdida. Pero, como digo, parece que estamos recobrando esas costumbres. Como pasear. Dejar que las piernas te lleven a cualquier lugar, no mirar el Google Maps (de hecho, no mirar el móvil) y buscar lugares conocidos para ubicarte mientras descubres nuevos y en tu cerebro se generan nuevas imágenes, sensaciones y recuerdos que con suerte destierran el gris cemento para revestirlo todo de nuevos colores.

Es necesario volver a enamorarse de las ciudades, regresar a la admiración por los rincones, las calles pequeñas y escondidas o los sonidos de antaño. Gracias a la huelga de transportes yo he podido vislumbrar un pequeño retazo de lo que mi ciudad me tiene reservado, si en lugar de dejarme llevar por las ruedas me atrevo a dejar la voracidad de la vida moderna y regresar a aquello que cualquier ser humano puede hacer: andar.

Para dejar huella en este mundo primero se tiene que haber caminado.

bluebird Comunicación
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