Realmente real

Realmente real

En algún lugar, supongo, alguien debe estar preguntándose si esta es la realidad que nos merecemos. Si el mundo que vivimos es el mejor de los posibles y si la Humanidad está llegando al límite de su propia evolución. Esa persona, si sigue reflexionando, tal vez se asome al abismo de la verdad, que no es otro que comprobar que no somos otra cosa que el producto azaroso de un Universo caótico —aunque parece que más ordenado de lo que pudiera parecer—, crudo y carente de cualquier sentimiento.

Se podría decir que la corriente filosófica que abraza esa suerte de resignación, si bien no es el pesimismo, se le acerca bastante. La realidad, aislada de todo filtro sentimental o percepción desdibujada, es directa y muy pragmática. Podría decirse que hasta tiene algo de humor negro, si realmente esa realidad tuviera alguna capacidad de raciocinio.

Tal vez escribo estas líneas porque el tiempo ha cambiado y el sol está más veces oculto que desnudo en el cielo. El otoño conlleva implícito la muerte de muchas cosas, aunque sólo sea temporal, y nuestros cerebros captan esa decadencia. Menos horas de luz, más frío, y la certeza de estar en las últimas semanas del año. Eso sí que puede llamarse pesimismo y sin duda constituye el carro con alas negras en el que nos montamos; la persona que reflexiona, esa de la que hablábamos al principio, también conduce uno de los carros. Por eso piensa que la evolución no es otra cosa que movimiento: ni es bueno, ni es malo, sólo es dinamismo. Y como tal, puede parecernos incongruente a nuestros ojos.

Por tanto, y analizado desde un punto filosófico, la convivencia del progreso con la pobreza es inevitable, es una dualidad que supone un equilibrio —algo que entroncaría directamente con Newton y sus leyes físicas, las cuales todavía siguen siendo válidas— sobre el cual se asienta toda la realidad existencial. No hay luz sin oscuridad, belleza sin fealdad… etcétera. Estas afirmaciones las hago consciente de hallarme en una posición privilegiada, siendo habitante del Primer Mundo y cuyos filtros para observar nuestra sociedad son diferentes de los que pueda tener alguien que usa toda su energía y tiempo en intentar sobrevivir. Es, por tanto, una visión subjetiva, y como tal sé que es perfectamente rebatible.

¿A qué nos conducen todos estos pensamientos, toda esta aparente negatividad? A la necesidad de ser relativistas, al menos en los asuntos más cotidianos de nuestra vida y en la medida que sea posible hacerlo. Hay muchos “problemas” que en realidad no son otra cosa que causalidades de la vida, elementos de nuestro día a día con los que debemos lidiar. Si no somos capaces de aceptar que esas pequeñas losas harán que el barco vaya más lento pero no se hunda, nunca seremos capaces de llegar a puerto. Y, os lo aseguro, detrás de aquellas dársenas se oculta un país maravilloso.

1 Comentario

  1. Alejandro, yo por naturaleza y por considerar sobreviviente ya a mis 75, al existir dando de brincos sobre el suelo candente del tercer mundo latinoamericano, me dejaste corto. Un título dado por ti a un tema harto complejo e indescifrable…pues solo sentí que nos señalaste el hormiguero. Te exhorto a que lo alborotes. Es absolutamente oportuno. Ya hay en el ambiente casi una veintena de años de “revelaciones” sobre la probable realidad de la fantasía de la vida en este planeta. Considero que la razón (sinrazón?) de distorsionar la oculta verdad sobre la que hemos sobrevivido desconocidas etapas humanitarias, es una absurda pugna para que pueda sobrevivir un poder que actualmente es responsable de una tasa absolutamente injusta de sufrimiento, insatisfacción y desventaja de la enorme mayoría de habitantes del planeta. Creo que ése es el punto. Si tienes conocimiento sobre las probables interacciones que lo han causado… qué sugieres?

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