Que la meditación nos interrumpa

Disculpadme un momento, por favor, que me ha llegado un whatsapp… mmm… vale, ajá… mmm… por donde iba… a ver… no me acuerdo.

Alerta, información no solicitada, spam contra la vida, ataque comercial al momento presente.

Como especie, el ser humano es propenso a la adicción y por ende, a la compulsión. Yo, al igual que tú, repito lo que me gusta y evito lo que no. Funciono por apego y aversión. Y excepto que seas un ser iluminado -que los hay- tú también funcionas así.

El ser humano, la máquina más sofisticada que existe y la más difícil de calibrar, se encuentra más que nunca expuesta a la sobrecarga de estímulos, por la tanto la variedad de adicciones posibles ha aumentado. La información que te gusta o la que no acaba encontrándote a través de tu Smartphone, Tablet, PC, TV… con procedimientos de difusión de mailing, suscripciones, buzoneo, a través de Facebook, Twiter y no sé cuántos portales y sitios web. ¿Es esto natural? ¿Pasaron nuestros antepasados por algo así? No, ¿verdad?

Además se ha agudizado la adicción clásica, la más sibilina precisamente porque la mayoría la ha contraído ya. La adicción a pensar, juzgar y luego querer llevar razón. Este vrittis (una de las cinco fluctuaciones de la consciencia de Patañjali) nos enfermaba ya desde siempre.

Además nos invaden. El 24 de octubre fui al supermercado y me encontré los chocolates de Navidad expuestos con la excusa de Halloween. Una invasión comercial muy desagradable. Sentí tensión interna así que retomé el contacto con la respiración y me dediqué a observar (mi técnica de vida número uno). Activado el sentido arácnido, pude ver los productos cargados de química, la comida con letras, azúcar, sal, las texturas crujientes, y las mentiras sobre el origen de los «alimentos». Pude suponer lo que contenían las salchichas y el contenido de lo que ellos llaman «zumo”. Sentí la música cambiar según la hora y la afluencia. Todo era alegal (ni regulado ni prohibido) y no comestible. Maligno como en la película ‘Branded’. Luego estuve fijándome en algunos cuerpos castigados poco conscientes de sus compras. «Esta Navidad es un ‘cebatil’… ecuanimidad, ecuanimidad…», pensé . Mi pensamiento quería hacer diabluras. Quería enfadarse pensando «esta industria debería elaborar mejores productos». El azúcar crea adicción y mata, como el tabaco o el alcohol, es bueno decirlo y saberlo.

Seguí. «Esta comida de mentira debería llevar pegatinas de corazones infartados por detrás como en los paquetes de cigarrillos… azúcar, sacarosa, aspartamo, sucralosa, stevia… cientos de aditivos y conservantes nuevos dentro del tomate frito. Bazofia decorada con happy granjas verdes y llena de mentiras como: light, zero, sin fructosa, con calcio, con omega-3 o lácteos que regulan el colesterol. Como en USA. Nos hemos acostumbrado a tomar cosas que lleven un poquito de mierda«. Mi mente quería pensar en todo eso e indignarme. Pero se encontró con un meditativo y poderoso “esto es así”.

Meditación y aceptación.

Dejemos ahora el tema de la “comida con letras”; no es un artículo conspiracionista. No trata sobre el negocio global de la enfermedad que protagonizan la industria alimentaria y farmacéutica en cómplice colaboración.

Hablemos de la interrupción atencional. Ese bicho que pica fuerte a la consciencia del momento presente y nos hace ir detrás de cualquier tontería. De la pérdida de energía que genera la avalancha de estímulos no relevantes de hoy. Tú y yo somos adictos a algo. Lo sabemos. Y el adicto no sólo no es libre, sino que no puede llegar a su máximo potencial. Está preso y lo sabe. Las adicciones nos enseñan, no hay que demonizarlas, pero sí requieren una fuerte respuesta por nuestra parte o de lo contrario nadaremos en la desdicha.

Trataremos el tema de la adicción a la información constante y su remedio. Serán tres publicaciones en nuestra Murray Magazine. Hablaremos de esta molesta plaga del “saber sin querer VS. creer que se sabe” y sobre si podemos nadar a favor de la corriente de este maravilloso tiempo.

Leer un libro, artículo, post, publicación, o tuit no equivale a integrar lo que dice. Reconocer la palabra no es comprender, creer o decir que se sabe no es tener la experiencia. Creer o decir que se tiene la experiencia no significa vivir a través de ella. Almacenar algunos datos sólo te lleva a saber unas palabrejas, palabras que se olvidan y no perduran. Por mucha historia que estudies nunca puedes tener presentes los detalles de lo que leíste, los pierdes y lo sabes. Según Patañjali (¡viva el yoga!) ocurre porque estás trabajando solo a nivel de buddhi (inteligencia razonadora y verbal). Y además a nadie le importa lo que otro lee. Seamos humildes y reconozcamos que además leemos poco, recordamos menos y presumimos de ideología no autocomprobada. ¿Por qué lo hacemos cuando en realidad sabemos tan poco? Es el ego, el ego el que cree saber y bloquea el aprendizaje real. Ese ego universal y objeto del más alto estudio.

Sin presencia en el presente no hay verdad ni conocimiento. Y presencia es atención plena. ¿Cuánto practicas la atención plena? ¿Cuánto tiempo llevas acumulado en esa práctica? Esa es la clave. Vayamos ligeros de creencias y atendamos, vayamos mejor. Como dice el séptimo Sutra del primer capítulo:

I.7 ratyaksa anumana agamah pramanami. “El conocimiento correcto es directo, inferido o basado en hechos”, (‘Luz sobre los Yoga Sutras’, B.K.S. Iyengar)

Integrar es una experiencia interna, un proceso pausado y vivencial. En ello debe haber mucha pasión y poca interrupción. Debes estar presente. Por ello el tiempo actual nos trastorna, la información viene rápida y variada. Abarcamos y no apretamos.

Siempre estoy cambiando, me encanta hacerlo. Me gusta probar métodos y técnica para lo mismo. Jugar con Maya. ¿Hay alguna forma de rendir más y encontrar, como dice Mario San Miguel, «verdad de la buena”? Hace ya dos años me paré delante de una grande y hermosa puerta nueva. El camino de baldosas amarillas. La meditación.

Pensar y meditar son verbos “casi” opuestos.

“¿Pararse para ir más rápido? ¡Claro, no lo había pensado! Esa es la solución: somos paradoja, paradoja… me dije ahora a practicar”. Emocionado me dispuse a romper mis barreras psicológicas para la meditación; en mi caso vergüenza y algunos argumentos intelectuales de poca monta. Los inicios en la meditación son oficial y culturalmente engorrosos para el occidental.

Reconocidas las limitaciones de buddhi (inteligencia razonadora), el eterno yoga nos invita al conocimiento de las sensaciones. Y eso es práctica. Hoy la meditación, vuelve a la carga y resurge como en tiempos de Khrisnna, Buda, Jesucristo, Ramana Maharshi, Paramahansa Yogananda y otros muchos «maestros”. El intelecto ya no impresiona y la titulitis para presumir se debilita, agranda el ego y limita nuestras relaciones enormemente. Son tiempos de sabiduría y espiritualidad neutra, práctica y no religiosa.

La consigna es conócete y nótate a ti mismo y no juzgues a los demás. Explora tu espiritualidad a tu manera, como te dé la gana y dejando tranquilo al personal que no es tonto por interesarse por otras áreas diferentes a las tuyas. Vienen tiempos de talentismo y expresión individual.

Si sufres más de la cuenta, busca ayuda. No pasa nada, es común necesitarlo. Ser sabio significa encontrar tu equilibrio. Hay un hermoso y variopinto panorama terapéutico, elige según tu instinto.

Yo practico la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) desde hace diez años. Una terapia compatible con la sabiduría clásica oriental con años de investigación occidental a la espalda. Sientan bases y desactivan funciones con sus metáforas, paradojas, ejercicios experienciales y ejercicios de Mindfulness. Mindfulness es iniciación a la meditación (una palabra “puente”).

Por mi parte escribo por la ilusión de unirme a la gran revolución de anticuerpos a favor del cambio interior, la vida sencilla y la amplitud de consciencia; un movimiento potente, bienhechor y global que ya es imparable a través de las redes sociales. Una vacuna contra el déficit de atención del adulto. Sí, del adulto, porque como escribe el catedrático de psicología, Marino Pérez Alvarez, el del niño no existe.

Trascendamos el ego en la adultez practicando ecuanimidad diaria y dejemos que el amor surja del equilibrio.

Gracias amigo lector/a por tu atención.

Namaste.

Fin de la primera parte. Continuará… 

La imagen principal que acompañan a este artículo es de David Molina ©

bluebird Comunicación
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