Prefacio

prefacio

Encontraron un libro al lado de la basura, en la playa del Bogatell y me lo dieron. Era domingo y llevaba varias horas jugando a vóley. Creo que eran las dos o las tres de la tarde, con el sol cayendo como un martillo pilón encima de quien osase pisar una arena que se asemejaba a las brasas de las primeras horas de la mañana de San Juan. A esa hora son pocas las personas que se atreven a desafiar las leyes de la supervivencia humana y juegan bajo semejante yugo. Pero, como las meigas: haberlas, haylas, y observaba a dos parejas de turistas jugando en la red mientras hacía mis cábalas sobre quién se desmayaría primero.  Lo hacía bien cobijado bajo una pequeña sombrilla en la que apenas me podía salvar del inclemente sol cuando me dieron el libro. Un curioso obsequio —por las circunstancias en las que se produjo— que, lejos de ser una broma por tratarse de algo de la basura, me hizo ilusión. Lo admito.

Se titulaba ‘Capitanes y reyes’, y había sido escrito por Taylor Cadwell (escritora inglesa pero criada en Estados Unidos): un tocho de al menos 700 páginas amarillentas y con los primeros indicios de estar convirtiéndose en pergamino. En la esquina superior derecha había impregnada una mancha, de muchas hojas de profundidad, de lo que parecía ser kétchup —aunque mi mente enferma pensó primero en sangre—, pero que por suerte no entorpecía la lectura. En la portada aparecía una foto en blanco y negro con los protagonistas de la adaptación televisiva que al parecer se rodó años atrás. Esas portadas típicas de los años ochenta, sin aspavientos ni experimentos extraños. Vendiendo el producto sin ambages.

Tengo la manía de leer las cuatro primeras líneas de cualquier libro que cae en mis manos, así que en aquella ocasión no podía dejar de hacerlo. Me acomodé bien la toalla —arena fuera, bien extendida y bajo la sombra—, puse agua a mi abasto y fui a ejecutar mi ritual lector. Pasé las correspondientes páginas en blanco, de derechos de autor, copyright y título repetido hasta tres veces para encontrarme de sopetón con EL PREFACIO. Releí dos veces la palabra porque en un principio esperaba encontrar otra cosa, o directamente el primer capítulo de la novela. Pero no, en su lugar encontré un prefacio. No llegué a leer las cuatro líneas de rigor porque me perdí en mis propios pensamientos.

Hoy en día ya no se escriben prefacios; en su lugar tenemos prólogos o introducciones. ¿Qué ha cambiado? ¿Quién dictó esos cambios? ¿Realmente existieron esos cambios? ¿Hay prefacios en la actualidad perdidos entre la multitud de novedades literarias? Personalmente creo que nada, pero los prefacios tenían algo de romanticismo, de respeto por lo que estaban introduciendo; quizás era más académico, más formal, pero más respetuoso al fin y al cabo. Prólogo me suena demasiado a prórroga futbolística, e introducción suena muy genérico. En cambio, prefacio me resulta muy literario, muy propio de los libros, idóneo y una palabra que te mete de lleno en lo que vas a leer. Incluso de viva voz suena mejor.

¿Siguen existiendo esos prefacios? ¿Alguien los escribe? Se ha convertido en una pequeña obsesión el averiguar si todavía se crean; si por desgracia ya no sucede, por qué ya espera impaciente para martillear mi cabeza. No descarto un trabajo de investigación en las próximas semanas.

Finalmente, el libro terminó en un banco del metro esperando algún lector —tengo demasiadas lecturas pendientes amontonándose en mi mesita de noche—, pero he de confesar que mi manía lectora ha variado ligeramente: a partir de ahora sólo leeré las primeras líneas de los libros que tengan prefacio.

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