Pequeños infinitos

Me despertaré a las tres de la mañana con la bestia taladrándome el ojo izquierdo.

A tientas, me enchufaré a la bombona de oxígeno. A tientas, buscarás mi abrazo.

Harás el ademán de levantarte pero de un gruñido te apartaré.

No insistirás.

Y seguirás durmiendo.

A los 15 minutos volveré a la vida y me levantaré con hambre.

Me prepararé unas tostadas con Nutella porque me importa la dieta baja en histamina lo mismo que me importa la opinión de tu amigo Alberto. A decir verdad, le doy la misma credibilidad a tu amigo Alberto, y a sus opiniones en general, que a la dieta baja en histamina. A decir verdad, hundiré el cuchillo en la Nutella y la comeré directamente de ahí. Después, quizás, comeré un pan tostado.

Volveré a la cama sigilosamente y te observaré roncar. Te odiaré un poco. No es nada personal, siempre odio un poco a la persona que duerme a mi lado cuando tengo insomnio.

A las cuatro pasará un coche bajo nuestra ventana e iluminará tu cara. Pensaré que eres muy guapo y que tienes una nariz escandalosamente perfecta. Pensaré en lo mucho que te quiero y en lo mucho que me gustaría que fuera ya de día y estuvieras despierto para comentarte lo mucho que me gusta tu nariz.

A las cinco abriré mi Instagram y miraré fotos de chicas tristes que posan sonriendo para las fotos. Guardaré capturas de pantalla de fotos de koalas y escribiré un tuit pero lo borraré porque pensaré que tuitear a las cinco de la mañana es de fracasados.

A las seis volverá la bestia.

Tras dos tandas de oxígeno y una inyección mal puesta en el muslo, la espantaré.

Rezaré a todos mis muertos para que se la lleven y lloraré flojito para no despertarte.

A las ocho me despertarás besándome los cardenales y ofreciéndome una leche con miel demasiado caliente. Me quemaré la lengua pero me la beberé sonriendo con los ojos y disimulando con los labios. Bromearemos juntos sobre que la gente llame al clúster “la bestia” y nos plantearemos por qué me dolerá solo un lado de la cabeza.

A las ocho y media te irás a trabajar con tu miedo metido en mi estómago y mi tristeza pegada en tu espalda.

Pasaré la mañana escribiendo una historia sobre una chica que intenta encontrarse a sí misma camino de los treinta, con demasiados tintes autobiográficos.

Borraré todo lo escrito y me sentiré fracasada como escritora y como persona.

Tú pasarás la mañana fingiendo que trabajas mientras miras el Facebook, y llamándome a cada rato para preguntar si todo va bien.

A las doce me mandarás un whatssapp confesándome que te escondes en el baño para jugar al Tekken y yo te confesaré que he pagado dinero para conseguir un martillo piruleta en el Candy Crush. Nos sentiremos idiotas y nos sentiremos felices, pero sobre todo unidos.

A las doce  y media te escribiré para recordarte que el domingo son las elecciones y me sorprenderás con uno de tus mensajes random: «El lado que te duele predecirá tu voto. ¡Qué hallazgo tan notable! ¡Qué pasmo y qué alboroto!».

Nos sentiremos inteligentes y nos sentiremos felices, pero sobre todo unidos.

La bestia volverá para acabar con la diversión y tendré que gastar otra inyección. Se me quedará el cuello rígido y la cara paralizada, pero no te contaré nada para que no te asustes.

Tras una ducha de agua fría, decidiré retomar la historia de la chica perdida y me enfrascaré en su vida. Escribiré veinte páginas y me sentiré genial, como escritora y como persona, y me creeré que soy la voz de mi generación.

Después mi autoestima volverá a la normalidad y pensaré que no es tan buena  mi historia, pero que tampoco está tan mal.

Almorzaremos juntos en ese restaurante que te tanto te gusta. Pedirás lo mismo de siempre y te sorprenderás como si fuera la primera vez que lo pruebas y me sentiré maravillada con el arte que tienes para ser feliz. También beberás lo mismo de siempre y gastarás las mismas bromas, pero nada me resultará monótono, porque me hace sentir segura saber quién eres.

Me enfadaré porque jugarás a crujirme los dedos y me harás daño sin darte cuenta, te pegaré un poco demasiado fuerte en el brazo y estaremos un minuto sin hablar.

Entrelazaremos nuestras manos por debajo de la mesa y planearemos nuestro futuro. Hablaremos sobre la muerte y sobre el día siguiente, y la camarera comenzará a mirarnos mal deseando que nos vayamos.

Sentiré una sombra en la cabeza y te asustarás cuando me veas taparme el ojo izquierdo con la mano. Pensarás que hace demasiado sol en esa terraza y que será mejor volver a casa, y yo me sentiré extremadamente cansada y me molestará el ruido de las tazas contra los platos de café.

Pasaré la tarde alternando el oxígeno con el cambio de armario, y me tumbaré sobre montones de abrigos con un pañuelo mojado en mi cabeza y pataleando en silencio.

A las nueve de la noche conseguiré haber sacado toda la ropa de invierno y guardado la de verano, y sobrevivido a dos crisis largas sin Sumatriptán.

Me sentiré bastante agotada pero lucharé contra el cansancio, porque me has prometido que los viernes verás películas conmigo y mi elección para ese día será ‘Kill Bill 2’. Estarás cansado de trabajar y vivirás varios momentos entre el sueño y la vigilia, pero yo te vigilaré de reojo y te pellizcaré a la más mínima caída de párpados, e incluso te zarandearé en las escenas que más me gustan.

A la una de la madrugada te acompañaré a la azotea a fumar un cigarro y mirar las estrellas. Nos abrazaremos e intercambiaremos opiniones sobre mi enfermedad. Llegaremos a una conclusión que cambiará el transcurso de mi vida y que me hará sentir una privilegiada.

Decidiremos que soy como Superman. Que soy como Beatrix Kiddo. Y que el clúster me convierte prácticamente en una superhéroe.

Después volveremos a la realidad y tomaremos una perspectiva más realista, pero decidiremos que, al fin y al cabo, el clúster no está tan mal.

El clúster es ese viejo amigo que aparece para recordarme lo increíblemente maravillosa que es la vida en cada momento, lo increíblemente perfectos que somos tú y yo. En este instante. En esta azotea.

Porque todos los futuros son ahora y todo lo que necesito es el ahora.

Es entonces cuando me sobran todos los infinitos y sobrevuelo por encima de los tejados y de los recuerdos pasados.

Y quizás no tengo una capa de Superman, ni tampoco una katana de Hattori Hanzo. Pero tengo el más grande de todos los poderes: El poder del ahora.

Y si alguna vez me vuelvo sana y perezosa, ya volverá mi amigo para recordármelo. Aunque sea a base de hostias.

bluebird Comunicación
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