[Tragos amargos] Pantalones rojos

tragos amargos

Basado en hechos reales. Cualquier parecido con algún personaje vivo o muerto es mera coincidencia.

-‘(500) Days of Summer’-

El hombre con pantalones rojos ocupaba religiosamente el mismo lugar de la plaza todos los domingos. Sentado en la fría piedra de granito, movía impulsivamente siempre el pie izquierdo, con la parsimonia nerviosa de las personas tranquilas de espíritu. Sentarse en aquel lugar apartado de los sonidos de la ciudad le traía la paz que necesitaba para seguir con su vida un día más. El siguiente. Era un ritual fraguado a fuego durante años. A fuego lento, como se cocinan las buenas costumbres. Sin prisas. Sin pausa.

Al hombre con pantalones rojos siempre le acompañaba un amigo. Un amigo fiel. Nunca se separaba de él. Habían pasado muchos años juntos. Una vida. Lo denotaban los gestos cómplices que enmarcaban sus conversaciones sin palabras. No las necesitaban. Hablaban la lengua oculta de las buenas gentes que el azar o el destino a veces entrecruza en el camino. Después de tantos atardeceres de domingo en compañía, se conocían con la perfección que da la experiencia de una vida compartida. Eran inseparables. No conocían otra forma de pasar las últimas horas del día que juntos en aquel lugar.

No faltaban nunca a su cita del domingo en la plaza junto al viejo convento de monjas de clausura. Ellas encerradas y ellos libres. A escasos metros. Paradojas de la vida.  Mientras algunos desconocidos se acercaban a husmear a la verja, antes de visitar el recinto por la puerta lateral, el hombre con pantalones rojos y su amigo permanecían ajenos a la actividad de los turistas perdidos que querían visitar la cárcel de mujeres que quedaba a sus espaldas. Seguían a lo suyo. Habían visto pasar tantas personas de toda condición junto a la verja que ya no despertaban su atención. Ellos permanecían atentos a su juego. El juego que siempre desplegaban en su terreno. El que tanto conocían.

El hombre con pantalones rojos lanzaba una y otra vez una vieja pelota de goma mordida al aire. Siempre dirigida a los mismos puntos. La pelota volaba y su amigo corría estrepitosamente a recogerla, para traerla de vuelta con paso firme y alegre a su compañero. Siempre orgulloso de la misión cumplida. De los deberes hechos.  A pesar de que con el paso de los años cada vez tardaba un poco más en regresar con su presa, y a veces tropezaba con algún seto o imperfección del terreno, siempre volvía junto a su amigo con ojos risueños. Jadeando la vida.  Ambos eran los más felices del mundo  jugando juntos. En su burbuja, aislados de interferencias, distraían el paso de los años jugando a su juego. Era sólo suyo. Conocían las normas no escritas a la perfección. No las necesitaban.

Un domingo volví a pasar por la plaza. Allí estaba el hombre con pantalones rojos, sentado en el mismo sitio en el que lo he encontrado todos estos años, los mismos que llevo habitando el ático al otro lado de la calle. Estaba solo. Su amigo no estaba junto a él. Sus ojos vidriosos perdían su mirada en el espacio que ahora permanecía inhabitado. Le faltaba algo. Le faltaba alguien. Con la cadencia del alma perdida en la tristeza y la melancolía, botaba la vieja pelota sin lanzarla a ningún sitio. No podía jugar. El juego había perdido sentido. Faltaba su amigo. Le buscaba entre la hierba y los arbustos de la plaza. Intuía ver su sombra detrás de la estatua que presidía el jardín, pero no estaba. Ya no volvería.

Una profunda pena se adueñó de mí al doblar la esquina y dirigirme a mi hogar. ¿Volvería a ver al hombre con pantalones rojos o ese sería su último día sentado junto a la verja? Un segundo después escuché la pelota botar por última vez en algún lugar de nuestra plaza. No se escuchó nada más. Un silencio fúnebre se adueñó del espacio. El terreno de juego quedó mudo para siempre. El hombre con pantalones rojos abandonó la plaza sin echar la vista atrás. Nunca regresó. Dejaba a su espalda muchos años en compañía de su amigo fiel, que no le abandonó nunca, que siempre le habló sin decir nada para contarse todo.

Seguro que le esperaba en algún lugar, esperando que le lanzara la vieja pelota un domingo más. Esperando traérsela como siempre había hecho. Con la misma felicidad. Con la misma mirada cómplice que les había acompañado desde que cruzaron sus vidas por primera vez. Ahora su juego sería eterno y nadie podría arrebatárselo. Tampoco la muerte.

Hoy volví a pasar por la plaza. Encontré la pelota perdida en la hierba. La lancé al tejado del convento. Quería que quedara como último testigo del juego de mis amigos.  Ellos ya no estaban. Sabía que no volverían. Nunca intercambiamos una palabra. Les recordaría el resto de mi vida.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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