No soy ‘influencer’, ni quiero serlo

No soy 'influencer'

¿Por qué tenemos la necesidad de ser aprobados por la sociedad? No es una pregunta lanzada al azar, sino que creo firmemente que conforma la piedra angular de las dudas de nuestra generación. En el pasado también existía, pero el ámbito de aceptación era reducido y la reputación se conseguía gracias a los méritos, a las acciones. Era una ecuación simple: acción-reacción. Los tiempos, pero, han cambiado y esa aritmética tan sencilla ha mutado en una ciencia del prestidigitador. Si eres verde no importa, porque lo que se acepta es el rojo; más te vale hacerte pasar por azul porque lo amarillo no es divertido.

Algunas personas lo llaman postureo; otras, presión social. El resultado es el mismo: el engaño. En un mundo hiperconectado la imagen ha cobrado una importancia capital, hasta el punto de convertirse en el baremo que filtra quién mola y quién no.

Voy a hacer una pequeña confesión: tengo un cierto nivel de introspección, el suficiente como para que muchas veces prefiera estar en mi casa haciendo cosas que me gustan en lugar de socializar. Me gusta estar en casa leyendo, escribiendo o viendo películas; en ocasiones llego a pasar un fin de semana entero sin salir a la calle. Hasta hace poco me sentía culpable por ello; algo en mi cabeza me decía que no estaba bien. Y era por la maldita presión social, por el postureo. Hoy por hoy sería multimillonario si me dieran cinco céntimos cada vez que, cuando me he decantado por mi introspección antes que por la sociabilización, he tenido que escuchar frases del estilo «tío, eres un aburrido», o «así no puedes gustarle a una tía», o la mejor de todas: «así no vas bien». Menudo panorama.

Lo más difícil de asimilar es la falta de comprensión. Ya no hablemos del respeto, pues, aunque no dudo de las buenas intenciones, la gran mayoría de la gente que me rodea no deja de intentar cambiar mi manera de ser porque creen así que al ser aceptado por la sociedad me sentiré mejor. Craso error. Es como cuando un abstemio tiene que pasarse toda la noche repitiendo que no bebe porque parece ser que con una vez que lo explica no es suficiente, y no paran de animarle a que beba para disfrutar de la fiesta. Y no sólo con la bebida…

En las redes sociales todavía es más evidente esa necesidad de encajar, de formar parte de una manada —me sabe mal usar esta palabra hoy en día, pero su significado no ha cambiado pese al horroroso caso de La Manada—; hoy en día parece que no eres alguien normal si no tienes fotos en Instagram de multitud de lugares en el mundo, si no has practicado todas y cada una de las actividades de riesgo que existen, si no eres una pequeña celebridad en Twitter, si no tienes un vídeo viral en YouTube, si no te has hecho más fotos de fiesta en Facebook que Pocholo… En un mercado de las apariencias más hipermusculado que nunca, el que lleva una vida normal o solitaria no tiene cabida. Así me he sentido durante años, fuera de lugar, hasta que no he sido consciente que el mío, en definitiva, es aquel en el que yo me encuentre a gusto.

Se da el mismo fenómeno en las aplicaciones para encontrar pareja —las he usado, las uso y las seguiré usando mientras crea que son una herramienta válida para conocer a todo tipo de personas, más aún cuando mi propio carácter y forma de ser son los que son—, una jungla espesa en la que la sociedad de la apariencia ha encontrado su máxima expresión. Allí se dan cita las ensoñaciones más absolutas, el teatro de marionetas más exagerado. Cierto es que el físico es lo primero que entra —del mismo modo que sucede en una discoteca, o cuando te presentan a alguien—, y que has de dar una descripción de ti en unas pocas líneas y tres o cuatro fotos. Pero la mentira se adapta con una facilidad pasmosa: perfiles que harían empequeñecer al mismísimo Indiana Jones, y un público demandante —en mi caso, el sexo femenino— que demanda poco menos que un James Bond autóctono. En ese escenario, un introspectivo poco o nada puede hacer. Resignarse y escribir artículos sobre ello, supongo.

Después de despotricar de todo ello, queda claro que no comparto ese estilo de vida o esa forma de comportamiento. Pero la respeto. Lo mismo que demando para mí o la gente que no se siente cómodo en una sociedad que la empuja a ser de un modo que no es el suyo.

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