My generation

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Es probable que las conversaciones más trascendentales tengan lugar mientras a tu alrededor se precipita el caos más absoluto. Ese descontrol ya puede ser tu vida, el lugar en el que estés o el futuro que está por venir. Los tres escenarios encienden en las personas la necesidad de analizar profundamente el presente, más allá de las trivialidades que nos asaltan día a día y amenazan con convertirse en las leyes que rijan nuestros destinos.

En una de esas conversaciones que tuve el placer de disfrutar, no hace demasiado tiempo, surgió el tema de qué nos diferencia de nuestros padres. ¿En qué hemos mejorado? ¿Lo hemos hecho realmente? ¿O tal vez en realidad lo hemos hecho ha sido empeorar?

Quiero creer que tengo un poco de perspectiva, la de alguien que ya está asentado en la treintena y observa sus 20 como una etapa de ensayo y error —tampoco es que haya cambiado mucho ahora— que le ha llevado hasta este preciso momento. También llega el momento en el que superas la edad de tus padres cuando te tuvieron, y ese extraño momento también cambia la percepción con la que observas tu alrededor. E inevitablemente analizas cómo eran entonces y cómo eres tú ahora.

Hay mucho que ha mejorado, no hay la menor duda. En términos generales la calidad de vida ha mejorado, algo que lleva sucediendo de manera uniforme desde hace unos 200 años. Vivimos más años, nuestra salud es mucho mejor y las comodidades de las que disfrutamos superan cualquier previsión. Sólo tenemos que hablar con nuestros padres para corroborar que hoy en día, a priori, tenemos más herramientas para vivir mejor.

Sin embargo, de la teoría a la práctica hay mucho trecho. Disponemos del privilegio de vivir la era en la que más preparados podemos estar para el mundo laboral, académico y vital; Internet, además, se ha convertido en un paraíso de información y saber general, en el que hoy en día cualquier persona puede adquirir conocimientos de todo tipo. Paradójicamente, esa generosa accesibilidad al saber se convierte en un río caudaloso que no todos están sabiendo navegar; si se llega a mar abierto, se encuentra con piratas —fake news—, tormentas muy violentas —manipulación— y todo tipo de adversidades. Por tanto, en ese aspecto, sólo quienes se mantienen rigurosos y no desfallecen consiguen ser libres de engaños de todo tipo.

En el ámbito humano, nuestra generación continúa adoleciendo de muchos de los males que sufrieron nuestros antecesores. Hay legados que llevamos transmitiendo a lo largo de la Historia desde que tenemos registros escritos. Tropezando sin cesar en las mismas piedras. Sigue existiendo la crisis de valores, sólo que con otros nombres y otros contextos. No obstante, la raíz de la problemática es la misma, pues somos seres humanos y aunque nuestro alrededor pueda cambiar, nuestras ambiciones, sueños y deseos son los mismos desde que existimos. Nos sigue importando la felicidad, nos preocupa el amor, nos inquieta el dinero y sufrimos ante las desigualdades. «Ahora los jóvenes son egoístas, inhumanos y están perdidos», una frase que no dejaba de escuchar de los mayores cuando era adolescente y que ahora observo asombrado que surge de boca de mi propia generación. Así que, en realidad, lo único que constato es que la juventud es eso, juventud, pasen las generaciones que pasen. Lo importante es ver qué porcentaje de esa juventud termina madurando con el paso de los años, adquiriendo espíritu crítico y compromiso con la sociedad. Es ahí donde observo el retroceso.

Lo digo con conocimiento de causa, pues mi generación es la primera que, pudiendo ser la más exigente de la historia con nuestros dirigentes, se ha acomodado en una vida de redes sociales y nihilismo que es difícil de revertir. Y mucho peor pintan las generaciones posteriores, absolutamente aisladas en sus burbujas egocéntricas y ajenas a cuanto sucede delante de sus narices.  Puede que sea una impresión mía, una visión de los jóvenes que tengo desde fuera, desde quien no está integrado en ese grupo y tal vez no conoce sus motivaciones reales. Pero la experiencia me dice que lo que se muestra en la superficie es buena muestra de lo que subyace en el fondo de la cuestión; la mal llamada Generación Y puede seguir nuestros pasos —los archifamosos a la par que odiados Millennials— en cuanto a desencanto y frustración mal canalizada. Entre unos y otros, estamos dejando que los derechos sociales que tan duramente pelearon nuestros abuelos —bisabuelos para quienes tengáis veintipocos— y padres quede en nada ante el imparable ascenso de una suerte de neofascismo disfrazado de buenismo edulcorado.

Hemos empeorado, sin duda. Porque es difícil debatir cuando parece que no se puede tener una opinión disonante de la que impere en ese momento concreto. Si está aceptado por las masas que el pepino es imprescindible para vivir, nadie puede cuestionarlo o será vilipendiado. Un ejemplo estúpido que creo que entenderéis perfectamente. Lo grave, realmente, es que no se da espacio al debate —por muy equivocada que pueda estar una opinión discordante— con lo que tarde temprano se entra en una fase de imposición ideológica de corte totalitaria. En los últimos cinco años hemos vivido tantos casos en las redes sociales —principal altavoz de estos cambios sociales— que mucha gente se lo piensa dos veces antes de emitir cualquier opinión. Curiosamente, nos autocontrolamos tanto o más que lo haría un estado autoritario; somos nuestros propios Grandes Hermanos, aquella figura terrorífica que George Orwell imaginó —vaticinó, para ser exactos— en su famosa novela ‘1984’. Vivimos más controlados que nunca y tenemos una falsa sensación de libertad que nos encadena cada vez más. ‘El mito de la caverna’, de Platón, en su máxima expresión. Nos creemos las sombras —presumimos de ellas—, disfrutamos del falso abrigo de la cueva y olvidamos que el exterior es el que importa Así, poco a poco, nos estamos cargando el espíritu crítico de la humanidad y su posibilidad real de evolución.

Vaya, parece que ya estoy hablando como lo hacían nuestros padres… Supongo que es ley de vida.

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