Moleskine, la leyenda hípster por excelencia

Lo más íntimo de lo que somos es aquello que plasmamos en un papel. Da igual que sea un garabato, una idea en letra temblorosa por culpa del frenazo que ha pegado el metro al adentrarse en la estación de Argüelles, un pensamiento tan cursi que jamás será poesía o un dibujo atropellado que realizaste para evadirte en esa reunión de trabajo tan poco productiva. Ahí estamos, en nuestras letras, en nuestros trazos, en la fuerza que le imprimimos, o no, al boli. Eso es lo que realmente somos. Ni siquiera hacen faltan palabras.

Y esa idea romántica es la culpable de que Moleskine, brillante trabajo de márketing mediante, sea una de las marcas que reivindican y quieren para sí aquellos interesados en la cultura, la imaginación, la memoria, los viajes, la personalidad… ¿Personalidad? ¿Memoria? Bueno…

Lo que está claro es que las libretas de Moleskine se han convertido en uno de los símbolos hípster, y más cosas, por excelencia. Y todo, porque en la Europa del siglo XIX y principios del siglo XX era utilizada por artistas e intelectuales, algunos tan relevantes como Picasso, Van Gogh  o Hemingway.

O eso cuenta la leyenda, porque lo cierto es que Moleskine nació en Italia a finales de los 90.

Resulta que durante más de un siglo un pequeño taller francés abastecía a las papelerías parisinas de un pequeño cuaderno negro de puntas redondeadas con una goma elástica que sujetaba las cubiertas y un bolsillo en el interior.

A mediados de los 80 comenzó a ser difícil encontrar estas libretas. En el libro ‘Los trazos de la canción’, el escritor Bruce Chatwin narra la historia de este pequeño cuaderno negro, al que llamaba moleskine (piel de topo) por el material de las cubiertas. Tal y como nos cuenta la compañía en su web oficial, en 1986 el fabricante cierra el taller familiar situado en Tours. Chatwin compró todos los cuadernos que consiguió encontrar antes de iniciar su periplo australiano, pero no fueron suficientes.

De todos este aura de leyenda y misticismo se sirvió la empresa italiana Modo & Modo cuando en 1997 retoman la producción de estos cuadernos que, entonces sí, se llamaron Moleskine. ¿El resultado? Ya saben, las libretas son objetos de culto en medio mundo.

Tanto es así que, antes de la aparición de su propio material de escritura, se determinó que no todos los bolígrafos servían para garabatear en estas libretas y que el Pilot G-2 era el idóneo para ello.

Ahora ya no, ahora Moleskine, además de tener una colección casi para cada persona, cuenta con sus propios lapiceros… Vende hasta fundas para el móvil —perdón, para el iPhone— y gafas de lectura… De pasta, por supuesto.

bluebird Comunicación
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