Mi abuela se llama Ángela

Mi abuela materna se llama Ángela. Yo me llamo igual, por ella.  Mi abuela Ángela es una mujer fuerte, una mujer que fue niña una vez. Una niña que vivió una guerra cruel e injusta, como todas las guerras. Aquella niña que fue mi abuela se crio sin padre durante varios años porque él estaba “de viaje”, al menos eso le decía mi bisabuela, imagino que porque explicarle a tu hija pequeña que su padre estaba en la cárcel por ser republicano era demasiado duro y complicado. Ella también vivió la desaparición de su madre durante varios días. Cuando volvió su mamá a casa estaba rapada, semi desnuda y la habían paseado por el pueblo con un letrero que ponía “por roja”. Mi bisabuela Dolores jamás contó todo lo que le hicieron durante aquellos días pero que hubiera envejecido de golpe varios años y que sus ojos brillantes ya no lo fueran tanto dejaba entrever que sus moratones era lo menos doloroso que vivió.

Mi abuela Ángela conserva una carta que su papá, cuando estaba “de viaje” le escribió para felicitarle su octavo cumpleaños. La carta está intacta, la guarda como oro en paño, expresión que debería cambiarse por la de como carta en paño por todas aquellas personas que atesoran noticias de sus seres queridos.

Poco más tarde echaron a mi bisabuela y a sus cuatro hijas y su hijo, que era un bebé, de su casa porque era una de las más grandes del pueblo y los que habían encarcelado y ejercido violencia de todo tipo sobre ella la querían usar como cuartel general. Por suerte, Dolores era más lista que ellos y antes de irse construyó una falsa pared donde guardó los recuerdos de familia más valiosos y el ajuar de cada una de sus hijas.

Se fueron a un pueblito de Murcia donde parecía que podían estar más tranquilas durante algún tiempo.

Años más tarde, cuando mi bisabuelo Antonio fue liberado y pudo volver, la guerra hacía tiempo que había terminado. La casa ya no la necesitaban los violentos porque ahora estaban en todas partes. Las instituciones eran suyas y tenían muchos más cuarteles de los que merecían. Comenzaron a rehacer sus vidas, pero ya nada era igual. Mi abuela y sus hermanas, que habían estado yendo a la escuela, tuvieron que dejarla para ponerse a trabajar. Dolores y Antonio quemaron todos los libros que tenían para salvarse de nuevas represalias. Una de las hermanas mayores de mi abuela, mi tía Chon,  guardó algunos que los leía a escondidas debajo de su manta antes de dormir, pero la de mi tía es otra historia que merece otro día. Las pertenencias se las habían robado, excepto las pocas que pudieron esconder tras aquella pared que nunca descubrieron los azules.

Así pasó el resto de su infancia y adolescencia, trabajando.

Ya casada con mi abuelo y con dos hijas y un hijo, en los años 60, decidieron emigrar a Bruselas. Para conseguir un presente y un futuro. Allí llegó Ángela, sin tener noción alguna de francés. Vendía carbón en el mercado y cosía ropa en casa hasta la madrugada. Por supuesto ninguno de estos trabajos fueron cotizados. Mi abuelo tuvo más suerte porque era hombre y pudo trabajar como conductor de tranvía. Ahora él a veces me confunde con otra de mis primas, porque su memoria de 88 años es traicionera, pero recuerda cada parada y el nombre de cada calle de aquella línea de tranvía que él conducía.

Mi abuela Ángela es una mujer fuerte, es un orgullo llevar su nombre porque cuando ando un poco torpe en la vida pienso en su recorrido y cada obstáculo que tengo me parece poco, liviano, irrisorio. Tan irrisorio como los comentarios racistas y clasistas que hacen aquellas personas que no tratan bien a los inmigrantes que ahora están en nuestro país con los mismos sueños que mis abuelos tuvieron años atrás. Yo estoy muy agradecida a las personas que trataron con cariño y respeto a mis abuelos cuando ellos eran extraños en Bélgica. A mi me gusta saber que allí fueron mirados con cariño porque a mi gente me gusta que la traten bien. Y mi gente son mis abuelos, mis amigos, mi familia, pero mi gente también son todas esas personas que no conozco pero que nos unen historias personales como esta y sueños compartidos que tienen derecho a realizarse porque no hay sueños que valgan más que otros y porque toda la humanidad tenemos derecho a luchar por verlos convertidos en realidad.

bluebird Comunicación
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