Marcados como ganado

marcados como ganado

Me siento estafado, humillado, dolido, vilipendiado. Siento que esta sociedad hace tiempo que perdió los ápices de humanidad que aún le quedaban en la desdeñosa consecución de un narcisismo clasista que nos está arrastrando a un sálvese quien pueda que deja a los honestos y a los humildes desprotegidos, desamparados.

Que esta individualidad desmedida es la lacra que nos ha conducido al fracaso como especie es una cuestión indiscutible de la que no puede caber ya la menor duda. Todo el mundo podrá saber ya, a estas alturas, que las diferencias extremas de renta, el cambio climático o el rechazo hacia colectivos minoritarios no se da precisamente porque el hombre sea bueno por naturaleza.

Pero, más allá de grandes reflexiones sociales de las que un solo artículo como este no podría hacer justicia, hoy quería transmitir y denunciar un caso de flagrante discriminación en el que una vez más, en esta selva interrelacional, la persona vulnerable ha visto de nuevo su integridad y sus derechos pisoteados.

En este caso presente, siguiendo una vocación periodística de la cual pensaba que podría sacar la mejor experiencia posible para mi futura formación laboral, me encontré, no obstante, con una de las cloacas más retrógradas y conservadoras que ningún beneficio le puede conceder a una generación ávida de creación y talento, una nueva promoción deseosa de una sociedad libre y progresista. Como muchos otros perjudicados ante las condiciones pésimas de invisibilidad y desconsideración al que se ve sometido el trabajador bajo las directivas despiadadas, yo he tenido la triste (aunque clarificadora) experiencia de ser un número más de ese maltrato, una herramienta arrebatada de su condición humana. Clarificadora por qué, se preguntarán.

Pues bien, si algo verdaderamente útil he sacado en claro de esta situación vivida, sin duda, ha sido poder desembarazarme de esa burbuja tóxica de periodismo barato  bajo la que me encontraba en un medio sujeto —como la epidemia que asola gran parte del periodismo nacional— a unos intereses partidistas y con una línea editorial rancia resta credibilidad y honestidad a una profesión que está siendo manchada hasta su actual estigmatización.

En mi breve periodo como becario en esta entidad pude constatar esta delirante realidad. Bajo la tarea de cubrir distintos eventos locales de variada índole, la primera estupefacción recibida fue escuchar por la dirección cómo me mandaban asistir a cubrir el día mundial del cáncer infantil puesto «que no había otra cosa importante» y dada la casualidad de estar trabajando yo como becario no remunerado, porque en otra situación «ni se hubieran molestado en escribir sobre una asociación de cara duras que solo les interesa trincar la pasta para ellos». Declaraciones nefastas de lo que supuestamente debemos considerar como profesionales cualificados de los que debemos tomar nota para nuestra formación. Pues bien, de actitudes recalcitrantes como esta son de las que la sociedad y el lector definitivamente tomarán nota.

Trabajo gratis no remunerado (parece que seguimos sin aprender de nuestros colegas europeos) y posiciones reprobables como la anterior no iban a suponer el colofón final. Y es que como me solían decir de pequeño, cuando el río suena agua lleva. A este tropiezo malintencionado le siguieron otra sarta de comentarios denigrantes descalificándome ahora tanto a nivel personal como profesional. «A los jóvenes de vuestra edad solo os interesa follar, beber y salir de fiesta» fue la afirmación que deliberadamente recibí por parte de una persona que, ya no solo me estaba prejuzgando sin ningún tipo de educación y respeto, sino que estaba dejando al descubierto esa intolerancia carca de la España en blanco y negro a la que no le suele gustar hablar de ello.

El trato desproporcionado llegó a su punto álgido cuando, por razones médicas y de salud, tuve que ausentarme una temporada del trabajo para mi curación y tratamiento, proceso durante el cual había obtenido los justificantes médicos pertinentes y que, como tenía apalabrado con la dirección, presentaría a mi regreso acreditando esta realidad. Pero en mi reincorporación parecía que estas palabras habían sido en vano y la deshumanización de una corporación exenta de cualquier rasgo de empatía y raciocinio me llevó a encontrarme fuera de la empresa, sin prácticas, completamente discriminado por una cuestión oficial de baja por enfermedad.

La lista de indecencias relatadas aún podría extenderse, pero a estas alturas creo que la ideología dañina de esta empresa ha quedado bastante clara. Espero, como ciudadano preocupado y concienciado, que esta situación sirva para darle voz a todos los que peleamos diariamente por tener derecho a utilizarla, para decir basta, para reclamar unos derechos básicos, para seguir sintiéndonos como personas, para impedir de una vez que seamos marcados como ganado.

bluebird Comunicación
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