Lo que las máquinas nos expenden

Las máquinas expendedoras han vuelto a ser noticia, a propósito de una carnicería de Vallobín, en Oviedo, que ha instalado la primera dedicada a vender cachopos. En concreto, más de 12 clases del mítico plato asturiano de culto, que ya está haciendo las delicias (nunca mejor dicho) de los seguidores de esta receta, que son, somos, legión.

Puede parecer original, pero lo cierto es que esto de vender cachopos no es nada comparado con lo que estas máquinas —que algunos (¡horror!) llaman «de vending»— llegan a ofrecer en Japón.

Y eso que no es el llamado país del sol naciente el primero que instaló estos artilugios en las calles de sus ciudades. Fue en Londres, a finales del siglo XIX, donde se pusieron las primeras vending machines, que expendían tarjetas postales.

En cualquier caso, no es el Reino Unido, sino Japón, el país más rendido a sus encantos. No en vano, hay una por cada 23 habitantes. Y esto lleva a que casi cualquier cosa se pueda encontrar en una de las seis millones de máquinas que podemos encontrar en sus calles.

Por ejemplo, y más allá de los refrescos y los chicles, que eso lo tenemos todos, en Japón podemos comprar langostas en una expendedora. Pero, ojo, que hay que atraparlo como si de un peluche de Hello Kitty se tratara. Más fácil lo ponen las máquinas que venden huevos —sí, huevos frescos para hacerse una tortilla de rechupete— o papeles de la fortuna. Por cierto, también es muy típico la venta de amuletos en los templos budistas.

Pero no todo va a ser comida o religión, porque en el país más tecnológico del mundo, no es extraño ir caminando por la calle y encontrarse con una máquina que expende móviles de segunda mano. Claro que poco tiene de gadget un escarabajo rinoceronte y también están en venta. Como las gafas graduadas para niños, las corbatas… Y tantas y tantas cosas. Casi cualquier cosa que te imagines.

Pero si hay algo que nos trae locos de las máquinas expendedoras japonesas son esas que, cuenta la leyenda, proporcionan bragas usadas. Y decimos que lo cuenta la leyenda, porque la realidad es que fueron prohibidas en 1993. Sin embargo, la obsesión de los nipones por la ropa interior no podía quedar así…

¿Os acordáis de Chicho Terremoto, el fetichista por excelencia? Es fácil imaginárselo acercándose unas 100 veces al día a una de ellas a comprar cinco o seis pares de braguitas. Pero, aunque ya no disponga de las máquinas expendedoras para estos menesteres, cuenta con la burusera, que así es como se conoce a un negocio de compra y venta de ropa interior muy extendido en Japón.

Y, ojo, porque las bragas usadas están muy revalorizadas. Su precio suele ser unas 10 veces superior al de coste. Más todavía si han sido usadas durante varios días seguidos.

¡Ay, Japón! ¡Qué gran país!

bluebird Comunicación
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