Los lunes a la lluvia

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Me suele pasar que, cuando llevo soportando varios días —semanas en este caso— con un tiempo inestable, mayormente nuboso y lluvioso, no puedo evitar que la falta de luz solar afecte de forma progresiva mi visión del mundo. Y lo hace de un modo negativo, porque por lo menos para mí los días grises y pasados por agua son aburridos, me quitan las ganas de salir de casa y en consecuencia el paso de las horas me convierte en una suerte de animalillo con ansias de libertad. No puedo evitarlo, mis genes mediterráneos demandan sol a mansalva, y cuando eso no ocurre mi mente termina por nublarse tarde o temprano.

Escribir, por tanto, bajo esta influencia negativa es a todas luces una mala idea. Pero tampoco pueden reprimirse algunos impulsos, por sombríos que puedan parecer. Mi abuela siempre solía decir que todo lo que quiera salir de nuestro cuerpo debe hacerlo; lo que sea, y no entraré en detalle, mejor fuera que dentro. Cosas de abuelas, a las que por cierto nunca nos arrepentiremos lo suficiente por no hacerles caso durante nuestra infancia-juventud. Sea como fuere, consejos de abuela aparte, escribo sin una idea fija porque no consigo pensar en algo que me suba el ánimo. Quizás debería dejarlo para otro día, pero he comprobado que es en los días lluviosos cuando precisamente más necesidad de teclear tengo; supongo que no tener muchas más opciones me lleva a esa conclusión. Centrándome en esto último, alguien me dirá que quizás no me gusta tanto escribir si sólo lo hago cuando tengo pocas cosas que hacer. Puede ser que no le falte razón, pero también lo es que las personas pasan por etapas a lo largo de su vida y justo ahora, en la que me encuentro actualmente, tengo más prioridades que la de escribir. Quizás en unos años regrese al primer lugar, puede que termine por desaparecer —cosa que dudo realmente—, pero hoy por hoy la escritura forma parte de mis placeres, pero compartidos con muchos otros elementos.

Este repentino ataque de sinceridad gratuita me lleva a preguntarme si deberíamos correr el calendario laboral —el más estandarizado, sé que no a todos y todas os afecta igual— un día: el domingo sería el primer día del fin de semana y el lunes el segundo. Sí, los sábados pasarían a ser viernes, pero creo que tardaríamos unos pocos años en adecuarnos a ese nuevo orden. Seguiríamos viendo los sábados como festivos y se trabajaría con otro ánimo, con más alegría. Y qué decir de los lunes: no serían pocas las veces que nos despertaríamos abrumados por un nuevo inicio de la semana laboral para descubrir segundos después, con un alivio incontenible, que seguía siendo fin de semana y hasta 24 horas más tarde no era necesario deprimirse. El panorama es resplandeciente, tendríamos la sensación de trabajar sólo cuatro días y disfrutar de otros tres festivos. Tal vez ese pequeño cambio de paradigma es el primer paso a un nuevo estadio en la sociedad, a un futuro en el que las sonrisas vuelvan a estar de moda, en el que el tiempo libre bien empleado sea una prioridad y no un lujo.

Pero, ¿qué pasará cuando asimilemos ese cambio y los martes sean los nuevos lunes? Bien, ya que hicimos un cambio y funcionó, ¿por qué no hacerlo otra vez? De ese modo, los martes pasarían a ser los nuevos lunes que a su vez eran los nuevos domingos, y los lunes serían los nuevos domingos que antes eran los nuevos sábados. Y de nuevo regresaría el optimismo y buen humor, la sensación palpable de estar recuperando tiempo al trabajo, estar ganando vida. Hasta los días lluviosos serían motivo de alegría.

De momento, sin embargo, toca aguantar otro lunes más bajo una lluvia que se convierte en el lamento mudo de quienes acusamos los finales de los días de descanso.

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