Los buenos

Me suele pasar que muchas veces no comulgo con las personas. Me da igual que sean amables, ariscas, comunistas, liberales, divertidas, sosas, bien habladas, mal habladas… El orden de los factores, o la naturaleza de los mismos, no me influye en mi tendencia a preferir la compañía de mí mismo antes que la de nadie más.

Hay, sin embargo, un tipo de persona que me produce incomodidad y rechazo inmediato. Cuando tengo la mala suerte de cruzarme con alguien así, lo cual es inevitable, procuro zanjar la conversación lo más rápido posible (si es por trabajo no tengo otro remedio) o directamente evitar el encuentro, muchas veces sin siquiera disimular.

Me refiero a «los buenos». Entiéndase por la definición como aquellas personas que hablan siempre con un tono alegre, frases que terminan en un agudo muy molesto y cuya boca parece la del Joker de tanto sonreír cada dos por tres. He conocido a un par de esas personas más a fondo y no recuerdo verlas con el semblante normal; siempre sonriendo, con ese buen rollo que de tan exagerado se sabe forzado, por falso.

Falsedad, ese es el primer mensaje que me transmiten ese tipo de personas. La capacidad de empatía es una cualidad que sin duda es muy valiosa, pero cuando esa cualidad se transforma en una exageración el asunto cambia. ¿Cómo puede ser normal que alguien que has conocido apenas dos o tres horas antes te considere y te trate como a un amigo de toda la vida? Es ilógico y muy extraño. Esa exaltación de los sentimientos significa que no hay freno para ellos, que no hay control. No existe un filtro que regule la intensidad de esos comportamientos sociales. Y si no lo hay para algo tan mundano como conocer a una persona, no puedo imaginar cómo ese tipo de personas afrontan temas realmente importantes. Puede que me equivoque y, a la hora de la verdad, posean una capacidad de control más allá de lo imaginable, lidiando con las dificultades con una entereza extrema. Permitidme que lo dude.

Los buenos han proliferado como una plaga en los últimos tiempos. Ahora es el modelo a seguir, el protocolo que toda persona debe seguir para encajar en una sociedad que cada día, pese a declararse más abierta que nunca, tiende a etiquetarlo todo sin siquiera intentar comprender. De hecho yo mismo lo estoy haciendo con este artículo, aunque quiero creer que, en realidad, mi caso es más bien una especie de advertencia, un aviso a los incautos e incautas que se dejan seducir por esa fachada excelente y que la gran mayoría de las veces (por suerte existen excepciones) suele esconder un interior problemático y difícil de soportar. Por ello os digo que no os fiéis de nadie, al principio. Y sobre todo no bajéis la guardia ante personas que parecen seres luminosos de positividad y buen rollo, caiga quien caiga. Esas personas esconden algo, porque la vida es una mezcla de buenas y malas cosas, y quien pretende eliminar por la fuerza uno de los dos factores tiene un serio problema personal.

Eso sí, apoyad siempre a los buenos en las películas. Las series ya son otra cosa…

bluebird Comunicación
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