Los buenos viejos tiempos

Como un jabón de pastilla. Sí, efectivamente, esos que están en el baño de la gente a la que le gusta aparentar. Mueven su mierda todo el rato. Yo, cuando llego a un cuarto de baño ajeno y veo que tienen en el lavabo ese tipo de jabón, me pongo de muy mal humor. «¡Qué necesidad!», pienso mientras busco algo –que no sea la toalla blanca minúscula con olor a suavizante y flores vintage– para secarme.

Como nos gusta recrearnos en la mierda. En la nuestra y, ya que estamos, en la de aquel. Sí, hombre, sí. La cosa es que no sería tan grave si todo quedara en casa. Cada uno hace lo que quiere de puertas para adentro. Pero no. Somos tan inconformistas que también nos esforzamos para que los demás no se olviden de sus problemas. Y ahí entra en juego el jabón de pastilla. Quizás nunca os hayáis parado a pensarlo, pero toda persona que pasado por ese baño –y tiene algo en cuenta su higiene personal– se ha lavado las manos y ha dejado su suciedad en esa pastillita.

La vecina a la que invitas a un café para que te cuente sus vacaciones de verano en Benidorm con su marido y los críos. El amigo de tu amiga que iba tan colocado que no abrió la boca en toda la tarde. Tu madre, que ha venido a ver cómo estabas y juega al tetris con tu congelador y sus tuppers. Tu mejor amiga, que lo ha vuelto a dejar con el capullo de su novio y quiere ver de nuevo ‘La cosa más dulce’ mientras come helado y llora al mismo tiempo –sí, al mismo tiempo–. El chico que tocaba en un grupo y que conociste aquel viernes por la noche cuando te sobraban cuatro cervezas en el cuerpo.

Todos han pasado por tu baño y todos han utilizado tu jabón de pastilla para lavarse las manos. Y cuando ellos se han ido de casa, tu también te las has lavado. Porque esto funciona así. Porque no somos capaces de echar un poco de jabón, lavar y tirar por el desagüe. Adiós drama, disfruta de las tuberías que yo voy a seguir con mi vida. Nos quitaríamos de encima todos esos pesos que no necesitamos y que tampoco nos pertenecen. Pero, espera un segundo. Entonces, ¿de qué hablaríamos con esa vecina, con tu madre, con tu mejor amiga o con el chico del viernes por la noche? Bueno, vale, con este último el tema de conversación es lo de menos. Pero, ¿y con el resto?

Pues de nada. Si no nos metemos en la vorágine, si nos quedamos fuera del juego, todo dejaría de tener gracia. Por eso utilizamos el mismo jabón que la gente que nos rodea. Para estar ahí cuando tu amiga escupe helado y para ayudar a tu madre a cerrar el congelador. No somos capaces de distinguir entre lo que debería perdurar y lo que debería desparecer. No somos capaces de distinguir entre los buenos viejos tiempos y todos esos tiempos que –aunque nos hayan ayudado a aprender– deberían irse de una vez. Y si somos capaces, nos hacemos los tontos. Porque queremos nuestra ficha en el tablero.

Ni si quiera somos capaces de limpiar nuestra mierda y tenemos el valor de querer probar suerte con la de los demás.

bluebird Comunicación
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