Lo que sé de los silencios

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Llevo tiempo obsesionado con la velocidad. Podría dar a entender que hablo de coches o de motos, pero en realidad hablo del tiempo. De nuestra percepción del tiempo y en qué lo empleamos, concretamente. Nada de física cuántica, o deformaciones espacio-temporalesdejemos eso para Netflix y sus series de ciencia ficción: hablo de cómo vivimos.

No puedo, por mucho que a menudo lo deseo, aislarme de la sociedad en la que vivo, ni abstraerme del entorno en el que me muevo y que de manera irremediable me influye; el pez no puede evitar nadar en el agua, a menos que no quiera morir si decide salir de ella. Dejando de lado la analogíade dudosa efectividad, resulta harto difícil vivir al margen de nuestra civilización si eres ciudadano del mal llamado Primer Mundo, pues las intrincadas redes de conexiones de todo tipo convierten al individuo en una pequeña hebra de hilo de un inmenso telar que lo entreteje todo. Incluso quienes piensan que están fuera del sistema, son sin quererlo la parte más esencial: la de ejemplificar la imposibilidad de sobrevivir sin estar al menos en la órbita más cercana.

Libertades y política aparte, la era de la hiperconectividadla de Twitter, Facebook, Instagram, el Big Data y el perturbador poder de Google a la hora de saber dónde estamos y qué queremosha hecho evolucionar nuestro entorno hasta niveles insospechados, algunos dignos de la más aclamada ciencia-ficción. ¿Quién podía imaginar hace apenas 30 años hasta qué punto evolucionarían los primeros teléfonos móvilesllamados portátiles en aquellos primeros años? ¿Acaso alguien creía que sería una realidad la impresión 3D? ¿No era una idea para hacer películas y novelas todo lo relacionado con la robótica y la IA? Pocas personas creían realmente que este tipo de hazañas sucedieran en tan poco tiempo.

Tiempo, esa palabra que significa infinidad de conceptos. No los vamos a enumerar porque, irónicamente, nos llevaría demasiado tiempo. Basta con saber que su existencia real o no sigue siendo una pregunta primordial y crucial de la que todavía hoy en día se debate en profundidad¿el tiempo existe o es una percepción humana que nos ayuda a organizar nuestras vidas?, sin que la comunidad científica llegue a una conclusión concreta; sin embargo, es el molde sobre el que hemos edificado nuestra civilización tal y como la conocemos. Desde que el hombre lo empezó a dividir y cuantificar.

El tiempo es, por tanto, un tesoro valioso que marca de manera irremediable nuestras vidas, nuestros actos y nuestros anhelos. ¿Cómo lo vemos, lo vivimos y lo usamos en la actualidad?

Con velocidad y saturación. La combinación de ambas, que a lomos de una realidad que se desencadena con la pulsación de un Big Bang, moldea nuestro tiempo sin dar apenas concesiones. Es más, debemos incluir en esta ecuación un elemento que potencia tanto la velocidad como la saturacióny que paradójicamente estamos empleando tanto un servidor escribiendo como quien se encuentre leyendo estas palabras tras la pantalla: las redes sociales. La hiperconectividad de la que antes hablábamos sirve de gasolina para que nuestras actividades, aquello que hacemos durante nuestro tiempoque es, en definitiva, nuestra existencia; ambos conceptos van ligados a perpetuidady cómo nos relacionamos con el entorno. Y nos encontramos con una singular paradoja, la cual nos muestra que lo que nosotros llamamos tiempo libre en realidad es una concatenación de actividades que debemos realizar si no queremos quedar como sujetos extraños, asociales o, en el peor de los casos, tachados de dementes.

¿De qué concatenación de actividades hablamos? Volvamos a las redes sociales con unos pocos ejemplos: hay que estar atento a cualquier novedady de nuevo, la vorágine de los acontecimientos que vivimos día tras día, hora tras hora, exige total dedicaciónpara poder escribir en Twitter, colgar fotos imitando modas o tendencias en Instagram y, ahora más que nunca, predicar nuestras opiniones en Facebook. Son sólo tres, quizás las más famosassi exceptuamos Youtube, que tienen ciertas reglas propiasy las que mejor ejemplifican lo que vendría a ser nuestro tiempo libre que en realidad no lo es.

¿Realmente nos hace felices tener miles de seguidores en las redes sociales? ¿Buscamos una vida plena subiendo cientos de fotos, a todas horas, mostrando cada detalle de nuestro día a día?

Como es un artículo de opinión, entiendo y defiendo que cada persona ha de hacer con su tiempo libre lo que crea más oportuno para su propia felicidad; las dudas que me planteo son si realmente esa hiperactividad es una elección libre o impuesta de manera subliminal con los cientos de estímulos que Internet nos ofrece a todas horas. ¿Realmente nos hace felices tener miles de seguidores en las redes sociales? ¿Buscamos una vida plena subiendo cientos de fotos, a todas horas, mostrando cada detalle de nuestro día a día? Sin duda habrá personas que sí, pero resulta evidente para cualquier observador u observadora que preste una mínima atención que nuestra sociedad ha impuesto este proceder. Muchas cosas, cuantas más mejor, en todo momento; el único descanso, dormiry, cómo no, tampoco demasiado porque según estudios científicos (no todos, pero curiosamente empiezan a surgir en gran cantidad) emplear muchas horas en el descanso es perjudicial; ni siquiera en nuestras vacaciones nos apartamos del móvil, en los conciertos dejamos de mirar el escenario para asegurarnos que en el teléfono se está grabando todo correctamente. Por poner dos ejemplos.

Me resulta difícil, pues, encontrar la manera de que encajen los silencios hoy en día. Porque son necesarios. No obstante, no debemos tomarnos la palabra silencio de un modo literal, sino bajo el prisma de comprender cómo es y funciona actualmente nuestra sociedad. Todo ha de tener un equilibrio: de esa simple premisa podemos deducir que, si vivimos rodeados de ruido, éste tiene que ser contrarrestado por medio del silencio. Así como el ruido es montarse en una montaña rusa que no para, el silencio consiste en surcar las aguas de un río tranquilo. Contraponer la velocidad con el disfrute lentopero consistentedel tiempo. En lugar de hacer algo, dejarlo estar. Dentro de los parámetros de los que hablamosredes sociales, hiperactividad, trabajo a destajocultivar cierta vagancia. No se trata, como algunos movimientos pregonan, de ir en contra de nuestra sociedad o estilo de vida sino de comprender que nuestro tiempo puede estar también vacío de contenido; que en contra de lo que pueda parecer, ese vacío, ese silencio, es imprescindible para mantener el equilibrio.

silencio apoyo

Disfruto mucho de los silencios, creo que a estas alturas resulta más que evidente. Desde que era pequeño, pero en los últimos años se ha convertido también en una necesidad. No puedo evitar tener que frenar cuando tengo la sensación de no estar controlando mi propia vida; no se trata de ningún drama de autosuperación o una suerte de psicología espiritual, simplemente que el cuerpo y la mente no pueden estar en constante actividad frenética y han de parar. Esos son mis silencios. En lugar de leer incontables tuits, leer una novela tumbado en el sofá; en vez de cuadrar la agenda para llegar a tiempo a todo lo que haces, dejar pasar las horas sin preocuparte lo más mínimo; tomar fotografías que realmente son increíbles y no la de tu aburrida cena de todas las noches. Confieso, eso sí, que formo parte de esta hiperconectividad y valoro sus ventajas, que son muchas. Pero he conseguido mantener a raya la dependencia. Me ha costado, no lo negaré, como tampoco pretendo ni quiero que estos párrafos sean una cháchara dogmática sobre lo que está bien y lo que está mal. Es una simple apreciación personal: parar de vez en cuando, creo, nos hace bien a todos y todas.

Quien mucho abarca poco aprieta, reza el dicho. Algunos pueden apretar más, otros menos, pero el límite existe y las válvulas de escape son una ayuda inestimable a no terminar quemado. Eso son los silencios, pequeños refugios a los que podemos acudir cuando todo a nuestro alrededor se vuelve borroso y caótico. Lo empezamos a observar, si volvemos a las redes sociales, en algunos pequeños grupos que se organizan para vivir fuera de la red: nada de Internet, ni Facebook, etc… Cuando un movimientoya sea cultural, religioso o históricoacapara la existencia de las masas, no tardan en surgir movimientos en su contra. En parte es lógico y natural, un reflejo de defensa ante lo que creemos que es una agresión; en buena medida la vorágine de nuestro tiempo se torna agresiva porque acelera sin control ni pausa. Los hechos históricos, las vivencias, los buenos y malos momentos… lo que nos define como individuos y como sociedad se transforma en algo efímero, de lo que nadie se acuerda apenas pasan unos días o meses. Corremos, por tanto, el riesgo de difuminarnos en demasía, de no definirnos por querer serlo todo, y al final cumplimos el dichoquien mucho abarca…también en nuestras acciones y decisiones.

No disponemos del tiempo suficiente para pensar, para reflexionar en profundidad. Es requiere tiempo, pero lo tenemos tan abarrotado de estímulos que vaciarlo se nos antoja negativo. No obstante, otra paradoja, gozamos de la más amplia variedad de medios y herramientas para crecer en todos los sentidos, también en los silencios. Se puede debatir de cine con alguien de Japón en tiempo real, contrastar opiniones políticas con gente que ha vivido situaciones históricas impensables para nosotros… toda la tecnología a nuestro alcance, un poder que sin duda debemos canalizar. O, como mínimo, filtrar. De no ser así, aparecen las fake news, la banalización de algunos valores que deberían ser inamovibles, los malentendidos… Porque el silencio y el ruido no pueden compartir escenario, no al menos a largo plazo. Tampoco se trata de demonizar cualquier cosa que huela a 2.0., pues se corre el riesgo de olvidar los puntos positivos que, en el caso de la hiperconectividad, nos brinda en el día a día; como dije antes, se trata de encontrar el momento justo para cada cosa.

Y el silencio merece un lugar destacado en nuestras vidas.

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