Llegar a tiempo

-¿Dónde estuve, pues?
-En tu propio corazón -dijo el maestro Hora, y le acarició el revuelto pelo.
(…)
-¿Cuánto tiempo puedo quedarme contigo?
-Hasta que tú misma quieras volver con tus amigos.
-Pero, ¿puedo contarles lo que han dicho las estrellas?
-Puedes pero no serás capaz.
-¿Por qué no?
-Porque todavía han de crecer en ti las palabras.
-Pero quiero hablarles de eso, a todos. (…)
-Si de verdad lo quieres, Momo, tendrás que saber esperar.
-No me importa esperar.
-Esperar, mi niña, como una semilla que duerme toda una vuelta solar en la tierra antes de poder germinar. Tanto tardarán las palabras en crecer en ti. ¿Quieres eso?
-Sí -murmuró Momo.

-Michael Ende, ‘Momo’-

Llegar a tiempo

Escribo tres palabras, y las tres me fascinan como si fueran mágicas: exactitud, puntualidad, sincronía. Si pudiera elegir sólo un superpoder seguramente sería el de llegar a tiempo, porque tal vez todo se reduzca a eso. Llegar tarde al aeropuerto puede arruinar unas vacaciones; llegar tarde a una entrevista puede empañar un brillante currículum; llegar tarde al cine puede hacer que uno no se entere de que el malo una vez fue bueno.

Hay cosas más graves, claro. Yo no llegué a tiempo para despedirme de mi abuelo, y eso que la muerte me dio preaviso y una ventaja de 36 horas. Durante un día y medio asistí por teléfono al ocaso de un hombre que se consumía de un modo absurdo. Todavía oigo una voz seca, dura como un golpe en la cara, que me dice salvando 530 kilómetros: «Si quieres verle, tienes que venir ya».

No estoy acostumbrada a las situaciones límite, y aquel ultimátum lo era. Existía la posibilidad de coger un coche, robarle una tregua a la distancia, hacer un viaje supersónico y volver en pocas horas a mi pequeña vida, como una bola que rebota dentro de un pinball. Pero por aquel entonces estaba encadenada a un trabajo de dudosa legalidad que, aunque no me daba para vivir, me hacía mucha falta. Pedí esa tarde libre para correr, literalmente, hacia mi abuelo y decirle que estaba a su lado y que siempre lo estaría —es curioso, aún siento su respiración— y me dijeron: «Ah, no, no puede ser». Simple y llano: «No puede ser». Alguien me hizo entrar en razón: «No vengas, que te quedas sin trabajo y sin dinero». Volvía a ser una niña que no entendía por qué todo es tan difícil. Hay cosas que no pueden ser, no importa cuánto las deseemos. Esta fue una de ellas.

Mi abuela dice que mi abuelo pesaba 80 kilos, pero yo creo que eran bastantes más, puede que hasta el doble. Lo sé porque lo he llevado a mis espaldas 21 meses. Durante todo ese tiempo pensaba cómo quitarme una pena que, literalmente, me ahogaba. Copio de un manual de medicina forense: «Soportar grandes pesos paraliza el cuerpo, dificulta la respiración e impide la correcta oxigenación de la sangre y órganos vitales (en términos clínicos: asfixia)».

Me decían: «Si no puedes hablar, escribe». Y yo quería y no podía hacer ninguna de las dos cosas. Me podía la culpa de no haber estado en el lugar que se supone que me correspondía. Me daba asco mi vida precaria. Me veía atada a la misma necesidad económica para el resto de mis días. Me imaginaba la tristeza de mi abuelo, diciéndose a sí mismo que el fin era apagarse solo, lejos de su familia. Me comía la vergüenza por no haber estado a la altura. Me sentía egoísta, impresentable e ingrata. Me martirizaba el pensamiento de que debí renunciar a mi sueldo aquel día y lanzarme a la autopista con lo puesto. Entonces habría llegado a tiempo; habría hecho una cosa bien, siquiera por una sola vez, en mi vida adulta. ¿O no?

(Quisiera que alguien me explicara cómo es posible que dos signos de interrogación puedan causar un insomnio prolongado).

Una tarde llegó el insight de la manera más tonta. Revisando unas fotos me di cuenta de que no me gustaba la sesión que había hecho. Me volvió la rabia («el flare, joder, el flare»), la culpa («una tarde perdida»), el enfado («no vuelvo a coger una cámara»), el autocastigo («¿a quién quiero engañar? Soy mediocre, como en todo»). Sin embargo, las dos últimas tomas se salvaban. No eran perfectas, pero sí muy bonitas. Me sentí mejor y entendí que si lo que tienes delante no te gusta, sólo hay que cambiar la foto por otra. No es muy difícil.

Fui capaz de alzar a pulso todo el remordimiento recordando que mi abuelo a veces también llegaba tarde a recogerme y que no por ello dejé de quererle con toda mi alma. Hice a un lado la culpa, la rabia y el dolor y me invadió la tranquilidad al descubrirme en sus brazos, sintiendo cómo me pinchaba su barba mal afeitada. Ya no había sentimiento de ausencia, sólo la inmensa sensación de que me había querido de un modo pleno. Lo que me había estado comiendo por dentro era no dejar ir en paz a quien ya estaba en paz hacía mucho. Y al saber que ya siempre querría recordarlo así, y no esperando en un hospital a la nieta que llega tarde a todos lados, mi abuelo descansó por fin y me dejó descansar.

Seleccionando imágenes aprendí que ni el duelo puede quitarte, jamás, todo por completo: Aún tienes todo lo que te pertenece de un modo insoportablemente inalienable. Un álbum que es tan tuyo que sólo lo puedes ver tú, si cierras los ojos.

Ves a tu primer perro haciéndote fiestas y llenándote las medias de carreras.
A tu mejor amiga hablándote por Skype desde las antípodas.
Te ves a ti mismo en la primera noche de Reyes.
Ves a tus padres celebrando sus bodas de oro.
Ves al tatuador que está contando una historia en tu piel.
Ves el armario del que saliste y el ramo de novia que atrapaste al vuelo.
Te ves subiendo a un avión, con el miedo que te daba.
En medio de todo eso te ves, translúcido y pequeño. Eres blandito y te sigue latiendo el corazón.
Participas de lo que es infinito, perfecto e imperecedero, como las contracciones de la vida que se abre paso. Somos un puzzle que no concluimos solos y llevamos trocitos de otras personas, de las que están y de las que ya se fueron. Y podemos elegir con qué foto quedarnos. Siempre.

Michael Ende supo hacerme entender, como nadie, que las palabras permanecen dormidas en nosotros. Cuando las necesitamos y no pueden pronunciarse o escribirse es necesario esperar a que crezcan, como esperó Momo para ser capaz de describir las flores horarias. Nunca pude decirte cuantísimo te voy a echar de menos, abuelo, pero ya estoy lista; por dentro me voy inundando como una presa desbordada. Todo lo que tengo que hacer es dejarme llevar, y ahí voy. Escribo tres palabras, y las tres me fascinan como si fueran mágicas: exactitud, puntualidad, sincronía.

La ilustración que acompaña a este artículo es de César Fernández.

bluebird Comunicación
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1 Comentario

  1. Llevo más de cinco minutos sentado intentando juntar dos palabras para dejarte un comentario que esté a la altura de tu texto. Me rindo, pero solo diré que hacía mucho que no te leía, y al igual que a Valen, me has dejado en blanco.
    Enhorabuena y, sobre todo, gracias por compartir tus inquietudes con el mundo.
    Me alegra poder llegar a tiempo para leerme todos y cada uno de los post que tienes por aquí.

    Un abrazo.

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