La noche que Tinder se desmayó

La noche que Tinder se desmayó
Fotografía: Gabriel Esteffan ©

Sucedía alrededor de la medianoche de un 19 de febrero de 2018, una noche apacible en la costa catalana; Barcelona ya apagaba sus motores, dispuesta a permanecer unas horas en calma hasta que el nuevo día despertara la bestia que contiene en sus entrañas. Porque era la víspera de un lunes, el peor día para querer trasnochar.

M esperaba a que el sueño lo secuestrara, pero en esos precisos instantes su cabeza, frenética, no paraba de hacer consultas en el móvil en busca de todo tipo información ante la tremenda sacudida que su insulsa vida acababa de sufrir. Deslizaba el dedo por la pantalla como si fuera un florete de esgrima, tecleaba con velocidad de experto hacker y murmuraba improperios en voz baja.

Tinder no funcionaba.

Apenas llevaba unos días en la app y ya le estaba dando problemas. O quizás fuera el móvil, que necesitaba ser renovado con cierta urgencia. ¿Le habrían hackeado la cuenta? Todos los motivos y ninguno al mismo tiempo se agolpaban en su mente mientras la búsqueda de una explicación seguía cayendo en saco roto. «No puede ser que esté pasando justo ahora, que iba a quedar con una chica»; M llevaba unos días charlando con una chica —uno de esos match que tanto bien, o mal, hacen a la humanidad— con la que parecía haber congeniado, tanto que ya habían hablado de quedar para tomar un café esa misma semana. En su sempiterna lucha entre parecer un desesperado o un tipo tranquilo, no quiso pedir su número de teléfono a la chica; ahora el karma se lo hacía pagar en forma de tindesrsmayo.

No la conocía y se lamentaba ya de ello, la daba por perdida. Se sentía patético por realmente sentir una ligera opresión en el pecho; el ser humano es tan frágil que se agarra rápido a una novedad y si ésta desaparece afloran sentimientos que realmente son muy artificiales y poco profundo. Pero esa noche a M le golpeaban con dureza. Del modo que te convierte en una suerte de loco que se ríe para poco después estar al borde del llanto. El patetismo del drama millennial. Y todo por algo que en realidad no existe más que a través de una pantalla de móvil.

tinder 2
Fotografía: Denis Bocquet ©

La angustia, pero, estaba ahí. Pasaron los minutos y la idea de buscar sobre el incidente en Twitter le vino de manera natural, esas cosas en las que no piensas y una vez suceden te planteas si realmente no sirves para hacer algo más importante en la vida que dejar pasar el tiempo. M tecleó “Tinder” en el buscador y al instante supo que el problema no residía en su mala suerte ni en su móvil casi jubilado. La app fallaba a nivel internacional —la globalización se quedó en eso, más gente con la que compartir las desgracias—y eran muchas personas las que no tenían reparos en mostrar lo desgraciados y desgraciadas que se sentían en ese momento. M respiró, al tiempo que empezó a preguntar a muchos perfiles si sabían algo, si se recuperaba el perfil al completo, si se perdían los matches —¿realmente volvería a hablar con aquella chica?—; y como quien se pierde en una ciudad para terminar en un lugar insospechado, M entró en una conversación de varias personas en las que intercambiaban esos momentos de angustia al tiempo que, de forma espontánea y con ese atrevimiento que a veces dan las redes sociales, explicaban sus experiencias en Tinder. Las chicas parecían sacadas de la versión inglesa de Jersey Shore; ellos, unos “bala perdida” de cuidado más pendientes de lucir tableta que inteligencia. Era como estar en un programa de Telecinco, pero en el idioma de las películas de Hollywood.

Y así fue como M, que apenas había salido de la provincia de Barcelona, se encontró de repente en mitad de una charla grupal con personas de Reino Unido; que si uno de los ligues apestaba, otro tenía algo entre las piernas menor de lo que presumía, una de las citas había terminado en la comisaría… las vivencias eran a cada cual más rocambolesca y demostraban una cosa, que son una fuente de inspiración infinita para escritores y escritoras que se atrevan a adentrarse en esta versión hormonada de la Deep Web. Él era el mayor con diferencia: eran postadolescentes que apenas pasaban de la veintena, con una manera de ver las cosas que flirteaban con el horror, un tipo de perturbación que M desconocía que se pudiera hablar sin apenas conocerse. Detalles tan íntimos que se podían oler… pero también clases de inglés improvisadas, de las buenas: de textos abreviados y expresiones que no enseñan en las academias. Y unas risas, para qué negarlo.

Cuando M miró el reloj pasaban holgadamente de las dos de la madrugada. Muy tarde, tanto que casi el dormir se convertiría en una siesta antes de irse a trabajar. Se despidió de aquel grupo de apoyo social improvisado y, con más espíritu mecánico que esperanza, abrió la app por enésima vez.

Tinder regresaba a la vida.

Todo estaba en su sitio, nada parecía haber cambiado. Aunque no era del todo cierto: M aprovechó lo aprendido aquellas dos extrañas horas y se decidió a dejar el número de teléfono a aquella chica. Debería haberlo hecho mucho antes. Con la faena hecha, y una breve oración sin sentido a modo de ánimos, se fue a dormir.

Cuando despertó, aquel match ya no estaba ahí.

No existía, no podía verla. ¿Se borró? ¿Borró a M? ¿Habría leído el último mensaje? Su nariz, aguileña y con buenas papilas olfativas, le decía que no; jamás de los jamases volvería a charlar con ella. Y no entendía a qué venía tanto drama: sólo había hecho eso con ella, charlar sin saber bien qué pretensiones anhelaba.

Fue un mal despertar. Un lunes un poco de mierda. Y la semana no había hecho más que comenzar.

P.D.: La identidad de M queda en secreto. No quiero que se enfade. Porque tal vez vuelvo a usar sus vivencias para inspirar mis escritos…

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.