La nada, y punto

El otro día hablaba con mi amiga Torbe sobre si la nada era una realidad infinita o simplemente una palabra tan finita como el lenguaje y sus usuarias –nosotras–, y las respuestas que podía darle a sus insidiosas preguntas aparentaban un bloque garrapiñado de letras y enredos en el reducido espacio que las redes sociales, y el mundo digital en general, han habilitado para que nuestra inteligencia –por llamarla benévolamente– sea expuesta. Simplemente con dos frases distintas, en cuanto haya un par de subordinadas que contengan definiciones locales y meras referencias al sentido global, los párrafos parecen eternos. Así pues, continuémonos reduciendo en este espacio de encuentro –que no ocupa más que una pantalla– hasta llegar a la nada. O quedarnos en nada, que viene a ser lo mismo.

Si bien Torbe lanzó este terrible zarpazo a mi línea de flotación dialéctica –con la oscura intención de desenmascarar la fachada de grandilocuencia de mi pedantería– que yo solo pude salvar interponiendo a dios en su camino, despertó asimismo inadvertidas corrientes submarinas que finalmente avivaron la tempestad con la que nos enfrentamos. Pero si tuviéramos que buscar y señalar una causa, más allá de la ferocidad de mi contrincante, yo miraría hacia el castellano. Y a quién lo hable.

El ombliguismo de la Piel de toro ha asentado una idea imperialista sobre el lenguaje que se disemina por las escuelas sin cesar: el castellano es uno de los idiomas, no dialecto, mejor estructurados y más complejos. Dudar de esto es negar la dificultad de aplicar con corrección los verbos ser y estar o las formas verbales apropiadas, tan comúnmente observado en angloparlantes –que son quienes importan, a fin de cuentas– y que a nosotras, tolerantes en extremo, nos hace tanta gracia escuchar. No se preocupe, que ocurre exactamente lo mismo cuando se marcha usted fuera, pero a la inversa.

Y sin embargo, el vocablo ‘nada’ en castellano encierra un misterio que para el latín, idioma claramente original, no era tal. Debemos a los monjes responsables de la creación del castellano, como si fuera una paradoja divina o una broma de mal gusto, la unificación de los dos conceptos romanos que han sobrevivido en esta palabra: el ‘nihil’ y lo ‘natum’.

‘Nihil’ es una de las escasas palabras indeclinables en la lengua romana y su significado, situado en cualquier lugar sintáctico, es perenne: ‘nada’, la nada más total y absoluta que el lenguaje pueda transmitir. Cuando era pronunciada por una enardecida legión, adquiría el aterrador sentido de ‘nunca’, mientras los tambores erosionaban el aire invocando a Ares. Muchas lenguas y plumas hablan también del terror nihilista, nominalmente similar pero realmente diferente.

Lo ‘natum’, lo naciente o lo que nace, del verbo ‘nascor’, nacer. Como participio de presente, expresa una acción del verbo en la que este desarrolla todo su significado en una actualidad; en este caso, no utiliza la típica partícula ‘-nt-’ (sí, señora, ‘cantante’ es un verbo, no un sustantivo). Como forma neutra, desenvuelve con menor potencia el universo que Grecia conocía como la ‘fusis’ (fysis), la naturaleza, eso desconocido que permite-habilita-posibilita existir al resto del mundo, con su siempre asombrosa diversidad –santo Hades, Platón me ha vuelto a guiñar el ojo– y su siempre difícil explicación.

Es sin duda sorprendente cómo, en un país tan celosamente católico, se haya asentado una dicotomía que, literalmente, esboza una sardónica sonrisa sobre sus principales dogmas. Debemos agradecérselo, por orden de importancia, al lenguaje popular –que mantiene sus palabras, pese a quién le pese–, a las innumerables influencias que salpican la historia de la dictadura en la Piel de toro – que burlaban continuamente el ‘nihil obstat’ de la Inquisición –y a la tradición teocrática y alucinada que constituye cada eslabón del cristianismo en la península– que es quién ha ostentado el puño de hierro todo el tiempo.

Quizá sea de esas cosas que, sin pensar, decimos por rutina o costumbre. Como una simple respuesta mientras se prepara la lista de la compra, como un temor que se verbaliza en nuestras urbanas depresiones, la nada se ha incorporado con la fuerza de un ancla, de un hilo primordial de nuestra existencia. Todavía falta por saber si es ella quién nos sujeta, o es al revés.

Quizá sea de esas cosas que, sin pensar, decimos por rutina o costumbre. Como parte de una coraza que nos hemos construido para soportar los embates de una tormenta invisible, infatigable, acuchillante; como una certeza que se nos ha presentado desde el momento de nuestra llegada, del mismo modo que una limusina espera en el aeropuerto con tu nombre en un cartel, para el viaje más alucinante que hayas vivido: todo lo que vive, muere.

Parece que nos referimos a dos cosas distintas, cuando decimos “no hay nada en el armario” o hablamos de la nada como el vacío, la muerte. No puede haber cosa más cierta. El latín, como dije, no tenía problema con esto. Debido a su propia incapacidad, tradujo la ‘fusis‘ (fysis) en dos palabras, para reconocer su sentido de auto-generación y su sentido de auto-aniquilación, el círculo de la naturaleza griega por la que dioses y mortales se rigen. De poco sirvió que un oscuro poeta de Éfeso nos mostrara el motor que la impulsa: el ‘Polemos’ (Pólemos), del que solo conservamos la ‘guerra’.

El castellano podría llamarse, con justicia, la lengua del ombligo, porque solo mirando una palabra, observamos el ciclo de la vida, desde el nacimiento hasta el fin, un movimiento eterno congelado en cuatro letras.

Tenemos nada. Es normal que queramos todo.

Pero no se preocupe. Si no hay reglas en Murray Mag, no se obligue a sentir algo. En vez de eso, de la nada, permita usted que desde la oscuridad brille una luz. Y no la apague.

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