La mentira en Juego de Tronos

Estos días Pozoblanco, mi pueblo, vuelve a escenificar un nuevo capítulo del Juego de Tronos local que algunos llevan emitiendo muchos años. Son momentos en los que uno ve, oye y lee tanto disparate que he decidido escribir sobre la mentira.

Una de las cosas que nos roban la felicidad es decir algo que no es cierto. Cuando mentimos. Si nos paramos a pensar, la mentira aparece cuando tenemos miedo de afrontar un hecho que nos sucede, no sabemos cómo solucionarlo y, por otro lado, tampoco tenemos la esperanza de conseguirlo.

Como no nos vemos capaces de comprar lo que queremos, compramos un sucedáneo y nos parece que con esto ganamos tiempo para encontrar lo que realmente queremos. Tristemente, lo que hacemos en realidad es perderlo. Entonces la pregunta es: ¿por qué lo hacemos?

En muchos casos lo hacemos porque perdemos toda la esperanza y la fe de conseguir lo que realmente queremos y cuando esto pasa también nuestra capacidad creativa se muere. No quiero, ni mucho menos, juzgar si la mentira es o no mala, pero lo que sí sé es que es totalmente ineficaz.

Si no, recuerda aquella primera vez que mentiste. ¿Por qué lo hiciste? ¿A qué tenías miedo?

En primer lugar, la mentira nos hace sentir mal y, en segundo lugar, tenemos que dedicar tanto tiempo a recordar lo que hemos dicho y a ocultar la verdad que nos desgastamos mental y físicamente. Todo esto por miedo a ser descubiertos. Desde esta posición nuestra vida se convierte en un colador por donde se cuela nuestro tiempo y nuestra vitalidad. En vez de dedicar nuestros pensamientos a nuestros objetivos, se los dedicamos a ocultar y esta manera de actuar nos hacen sentir incómodos y mal.

Y sabemos que  el tiempo y los hechos siempre reflejan la verdad (los hechos son amores y no buenas razones).

Cuando la mentira entra en nuestro sistema parece como si se retroalimentara con más mentira, produciéndonos ansiedad, miedo y preocupación de ser descubiertos. No podemos ser asertivos y vivimos en la ansiedad y en un estrés constante para protegernos y tapar las mentiras.

La mentira es el atajo de los cobardes, que con el tiempo tiene unos efectos «tóxicos» en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Hay estudios científicos que demuestran que las emociones negativas como la ansiedad, enojo, estrés, miedo pueden alterar el estado biológico del cuerpo y con los años provocar enfermedades como paros cardíacos y diabetes.

Cuando mentimos o nos manipulamos (engaño a uno mismo) y nos infectamos de esta manera consciente o inconscientemente, nos convertimos en nuestro propio veneno.

«La verdad os hará libres»

Y lo peor de todo es que el receptor de la mentira sabe que le están mintiendo pero por comodidad, miedo o falta de esperanza a una vida mejor,  elige comprar la mentira, porque piensa que no puede vivir con la verdad (dime que me quieres, aunque no lo creas) y no quiere asumir su parte de responsabilidad.

Entonces si está tan claro que la mentira produce este estado y lo que buscamos es nuestra paz mental, ¿por qué hay tantas personas que mienten o que no dicen la verdad?

Porque decir la verdad muchas veces significa salir de nuestra zona de confort, lo que supone superar grandes obstáculos, errores y aprendizajes nuevos. Mostrar una parte de nosotros que a lo mejor es distinta a la que esperan los demás y en estos momentos es donde nuestra integridad, nuestros valores y nuestra fortaleza interior se ponen a prueba. Al principio será un proceso dificultoso.

Vemos a personas a las que se les presentan oportunidades de crecimiento y vemos cómo desechan estas oportunidades, porque sienten que no cuentan con la experiencia, los conocimientos y, aunque tengan un gran deseo de construir algo mejor para su futuro, sienten que lo que tienen no lo han ganado y, por lo tanto, tienen miedo a perderlo todo.

¿Has conocido a alguien así?  Por supuesto, a nadie le gusta que le arrebaten lo que ha acumulado en el pasado. Pero el aprender a superar los obstáculos y las limitaciones por nosotros mismos es lo que construye nuestro conocimiento, experiencia y sabiduría. Y esto nadie te lo puede arrebatar jamás.

Por esto cuando alguien miente en su vida para conseguir  el éxito, desafortunadamente se engaña a sí mismo, ya que dentro del aprendizaje está nuestra capacidad de afrontar y reconocer cuando algo no va bien, tomar nuestra responsabilidad y asumir las consecuencias de nuestros hechos, buscar nuestro propio reto y, a partir de este momento, aprender paso a paso para alcanzar el verdadero conocimiento, sabiduría y la mejora diaria.

Por lo tanto, los que toman el camino de la integridad, los valores y la autoestima aprenden  las lecciones que les presenta la vida, con los errores naturales y las lecciones necesarias para tener las capacidades, competencias y actitudes; hacerse fuertes y seguros .

Si queremos que nuestros hijos y las generaciones futuras sean mejores, quizá lo mejor es que reflexionemos sobre lo que estamos sembrando.

¿Estamos siendo honestos como necesitaríamos serlo? ¿Somos realmente personas compasivas? ¿Nuestras decisiones y acciones para construir nuestra vida están basadas en nuestra realización, honestidad y sinceridad?

Si realmente quieres salir del mundo de la mentira, repara tu mundo de los sueños y de los retos. Asume la tristeza de cerrar la etapa que se ha terminado, rescata de tus cenizas (reconoce todo aquello que no pudo ser y todo aquello que te ha faltado o sobrado) y encontrarás  tu esencia, busca quién quieres ser y tu esperanza aparecerá, date permiso para perder y ganar, y tu seguridad y fortaleza volverán a aparecer.

Con todo mi cariño

Fotografía: Ignacio Conejo ©

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Life&Executive Coach. Un día descubrí el error que es organizar una vida en base a las creencias y necesidades autoimpuestas por una sociedad que nos mueve a su antojo. Decidí parar, respirar y mirar dentro de mí. A partir de ahí todo fluye, desde ese preciso momento en el que uno toma consciencia de que lo más importante en la vida somos nosotros mismos y los valores que nos impulsan. Vivir de la mano de nuestros valores es la experiencia más maravillosa del mundo. ¡¿A qué coño esperas!?

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