La larga historia de los juguetes sexuales

Decía el escritor Henry Miller que «el sexo es una de las nueve razones para la reencarnación… Las otras ocho no son importantes». Quizá por eso el mercado de los juguetes eróticos no deja de crecer como respuesta a una demanda incesante del público. Superados los tabúes que en un momento dado suscitaban los juguetes adultos, las tiendas dedicadas a la venta de este tipo de producto han ido proliferando. De acuerdo con datos publicados hace un año, en 2013 el sector erótico en España arrojó una facturación de 420 millones de euros.

La metamorfosis que ha experimentado el sector erótico en los últimos años en nuestro país responde a cambios muy evidentes en el perfil y los hábitos del consumidor de este tipo de productos. La actitud general de la sociedad ante la sexualidad ha dado un giro radical. La apertura y tolerancia que se ha producido con respecto a la vida sexual ha favorecido la creación de nuevos negocios en este mercado que va dirigido a públicos completamente diferentes.

La mujer ha cobrado un papel muy importante dentro de este segmento de mercado. Actualmente un 65% de los artículos eróticos online los compran mujeres frente a un 35% de hombres. Y es que, según un estudio realizado el año pasado por una de las franquicias eróticas españolas más relevantes, ocho de cada diez mujeres de entre 18 y 40 años usan de forma asidua juguetes eróticos en sus relaciones sexuales. Los artículos más populares entre el segmento femenino son las bolas chinas y los vibradores.

Ellos, por su parte, compran juguetes eróticos femeninos con el fin de utilizarlos en pareja. Los datos apuntan a que un 51% de las compras masculinas corresponden a juguetes sexuales, mientras que los DVDs con contenidos eróticos o pornográficos se limitaban a un 13%.

De hecho, según revela otro estudio sectorial, un 65% de las compras en sexshop las realizan parejas. Y es que, tal y como sentencia Eduard Punset, «al sexo le pasa como a la memoria: si no se utiliza, desaparece». Y eso lo saben los enamorados desde tiempos inmemoriables, incluso los enamorados de sí mismos. (Ya se sabe, «masturbarse es hacer el amor con la persona que más quieres».)

El primer dildo de la historia apareció en la Antigua Grecia, en el año 500 a.C. Eran de madera, las mujeres se los regalaban a sus amigas cuando sus maridos se iban a la guerra y solían untarse en aceite de oliva para conservarse más y mejor.

También hace 2.500 años que otras civilizaciones como la egipcia o la romana, fabricaban juguetes con forma de pena en cera o bronce. En China aparecieron los primeros anillos para el pene. Se elaboraban con párpados de cabra, cuyas pestañas servían para intensificar el placer de las mujeres.

Ya en la Edad Media, en el Medio Oriente, se forjaban falos con excrementos disecados de reses a los que se recubría con resina.

La palabra dildo surgió a comienzos del siglo XV durante el Renacimiento en Italia. Hechos de madera o cuero, su tamaño era exagerado y denotaban una cierta obsesión por los testículos.

Habría que esperar un tiempo hasta que, además de los falos, se pusieran de moda otros accesorios sexuales como las cadenas y los látigos. Fue el Marqués de Sade quien los introdujo en las alcobas, a raíz de la publicación de su novela ‘Justine’ en 1791.

Por entonces, los juguetes sexuales habían ido perfeccionándose y añadiendo elementos giratorios o piedras preciosas hasta que en 1869, el doctor George Taylor creó el primer vibrador que funcionaba con vapor. Sin embargo, no lo hizo con fines sexuales, sino para tratar una falsa patología que entonces se conocía como histeria y que, a través de la frotación del clítoris, pretendía calmar a las mujeres.

Los primeros vibradores eléctricos aparecieron en EEUU ya en el siglo XX con unos precios que rondaban los 200 dólares. Poco a poco, y mientras la industria del porno ganaba terreno, fueron haciéndose más asequibles a todos los bolsillos.

También fue en el siglo XX cuando se popularizaron las muñecas inflables, que habían surgido siglos antes en los barcos que hacían largas travesías. Tanto en Alemania como en Japón se fabricaban para los soldados que combatían en la II Guerra Mundial.

Desde entonces se han perfeccionado tanto que en el año 2010 conocimos a Roxxxy, una muñeca que, además de lo puramente sexual, puede hablar o discutir de política. Todo ello, por el módico precio de 2.900 dólares.

Y es que, desde siempre, «el sexo forma parte de la naturaleza, y yo me llevo de maravilla con la naturaleza». No lo digo yo, lo decía la genial Marilyn Monroe. Y amén.

Fotografía: TheChanel ©

bluebird Comunicación
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