[Tragos amargos] Intocables

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Hay una parte donde nunca nos abrazan. Aunque nos quieran muchísimo. Esa parte está ahí, esa pena. Y nadie llega a tocarla nunca.

-Belén Gopegui-

Intocables. Escondemos el alma bajo armazones de hormigón con meditada conciencia. Que no nos toquen. Conciencia de esclavo que se estrangula con cadenas imaginarias al cuello. En la madriguera de los sentimientos, agujereamos incansables en la tierra húmeda de la tristeza para huir de las manos invisibles del verdugo. Excavamos con la insistencia del viaje a ninguna parte. Nos hundimos con la esperanza de llegar al otro lado. No hay otro lado. Sólo un agujero en la mina en la que el canario que da la voz de alarma murió hace tiempo asfixiado. Asfixiado por un mundo exterior que se empeña en cortar alas y regalarnos muletas y anestésicos. Encerrados en los reductos insondables de la tristeza, deambulamos por los recovecos inhóspitos del yo abisal. Aquel que no puede ver la luz del sol, aquel cuyos ojos se han acostumbrado a la penumbra de los pensamientos fúnebres. En las profundidades, sólo podemos palpar el último aliento cuando ya es demasiado tarde, cuando la oscuridad se cierra sin remedio sobre la luz. Sin tocarnos.

En el búnker de cristal, soñamos protegernos de las amenazas del mundo real. Mundo que atenaza nuestra vitalidad y nos obliga a encerrarnos en una jaula bajo siete llaves. Llaves que lanzamos a la alcantarilla y después buscamos sin remedio, en un último intento de recuperar la libertad que nos hemos arrebatado. Búnkeres virtuales que nos enseñan que la verdad está ahí fuera, pero que la tememos. Que preferimos el éter al aliento. Que no queremos verla porque sabemos que es lo único que tenemos. Es nuestra última carta en el tapete y no queremos descubrirla. Lo único que nos queda más allá de nuestra parálisis existencial es una carta boca abajo en la última partida de blackjack.  El miedo al dolor y al sufrimiento se atraviesa en las entrañas con la potencia de una daga lanzada al aire gris de la conciencia. Sin comodines.

En lo más profundo del juego, somos insondables. Esferas recubiertas de temor. Circunferencias imperfectas dando vueltas y retorciéndonos sobre nosotros mismos. Temor a una vida que se encarga de ajustar los grilletes, pero a quien sólo tú has entregado las llaves. Llaves que perdiste porque no querías encontrarlas. La responsabilidad de exponerte es una irresponsabilidad cuando sabes que es una moneda al aire. Que no te toquen. El tacto de la vida es demasiado áspero. Levanta el sarpullido típico de la alergia a vivir. Irritación que enciende tu soledad. Sarna que permanece latente, aguardando el momento de la infección definitiva.

Escondidos en el barro y la ciénaga, somos intocables. Somos camaleones en nuestra propia espesura. La pena siempre acampa en los lugares donde no puede ser descubierta. Planta su tienda entre la arboleda de sueños rotos y el fango del miedo para echar raíces. Raíces que se agarran a la tierra húmeda que un día te cansaste de sacar del agujero sin fin para empezar a cavar tu propia tumba. La primera palada a ninguna parte.

Hay una parte donde nunca nos abrazan. Una parte que siempre queda desnuda en la penumbra. A la sombra de la desesperanza. Es aquella que sólo tú puedes ver. Eres tú. Tu mausoleo.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

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