Incontinencia cerebral

En ocasiones tengo incontinencia cerebral y cuando eso ocurre prefiero que no haya nadie a mi alrededor. Creo que es como un bostezo intelectual, una válvula de escape para liberar la tensión de vete a saber qué cuestiones que atribulan a mi mente. No sé por qué me ocurre —y por suerte no es algo habitual— pero cuando llega ese momento necesito soledad, chocolate y películas. Tres pilares sobre los que más adelante, apenas 24 horas después del ataque, cimiento mi rápida recuperación y vuelta a la rutina habitual. De cero a 100 en varios miles de segundo.

La incontinencia cerebral puede sonar a algo muy intelectual, e incluso alguna persona advenediza se aventurará a decir que son arrebatos de genialidad. Pero nada más lejos de la realidad: en mi caso no hay nada de genio —pues para empezar no lo soy y ni siquiera me acerco a la primera letra de esa palabra— sino que es más bien una pérdida total de mis ideas. No dejo de ser yo, pero totalmente taimado, desprovisto de mi facultad de razonar o exprimir mi cabeza en un mínimo esfuerzo de concentración. Todo se viene abajo, se tambalea y se licúa.

Mi cabeza se mea encima.

La imagen, no por desagradable o extraña es menos cierta: como si de un muerto del antiguo Egipto fuera mi cerebro se licúa por todas partes. No consigo retener mis pensamientos y no puedo hacer nada que implique un poco de esfuerzo mental: leer, escribir o simplemente debatir con una persona o en foros de Internet; me convierto en un mueble. Es por eso que veo películas, sin importar su calidad, y como chocolate. Es como pasar por una gripe, sólo que sin fiebre ni dolor muscular, más bien neuronal.

El naufragio mental viene precedido de algunos síntomas, que, por suerte, con el tiempo he conseguido reconocer. Es como cuando uno tiene la boca pastosa y de repente empieza a salivar sin remedio: es el paso previo a una buena vomitona. Del mismo modo que la saliva mi cabeza envía señales previas antes del desastre. En mi caso, porque ignoro si le ocurre a más gente, los primeros avisos arriban con pocos días de antelación en forma de sueño. Mucho sueño. A todas horas, en cualquier lugar y situación; haga lo que haga me asaltan unas ganas terribles de dormir, la cabeza se me funde en poco tiempo y no es capaz de aguantar varias horas de actividad.

¿Qué hago entonces¿? Pues intento adoptar la estrategia de un animal que hiberna durante los inviernos: paulatinamente rebajo mi actividad y llegado el momento desconecto. Como, por ejemplo, me está sucediendo estos días: la semana pasada ya registré los primeros avisos y he de suponer que la incontinencia es inminente. No recuerdo cuándo fue la última vez que sucedió, tal vez haga un par de años. A veces me recuerda a estallidos de caos que son necesarios para mantener un orden, gritar para continuar sereno o romper para no destruirlo todo.

Me tranquiliza tener la incontinencia bajo control, pero una vez empieza cuesta sobrellevarla. De hecho escribir este artículo me está costando horrores: tres días de arduo tecleo mientras la viscosidad dentro de mi cráneo se hace más y más espesa. He tenido que ver películas de dudoso gusto en televisión por el mero hecho de no pensar, de relajarme y llegado el momento, como digo más arriba, desconectar.

Siempre me asalta el miedo de quedarme con la incontinencia de un modo crónico, encarcelado en una constante pérdida de ideas, un derrame permanente de neuronas que no sé a dónde van ni por qué. ¿Os imagináis un bostezo eterno? Es difícil, ese es mi consuelo.

Que nadie me llame estos días, seguramente no sabré ni cómo descolgar mi smartphone.

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.