Humano. Demasiado humano

La explosión me lanzó contra una de las paredes de la terminal. No recuerdo el tiempo que pasó hasta que recobré el conocimiento. Al despertar, un zumbido atronador me impedía reaccionar. Mi mente se detuvo durante unos instantes eternos, hasta que el sonido de alarmas y sirenas del hall me trajo de vuelta a la realidad. Una nube de polvo gris cubría el espacio a mi alrededor, donde algunas linternas flotaban perdidas como luciérnagas sobre los restos de lo que antes era el techo. Podía oír voces, pero se mezclaban con la amalgama de ruidos que saturaban la atmósfera ya de por sí sobrecargada por el aroma de la muerte. Distinguí algunos cuerpos inertes en el suelo junto a mi. Inmóviles sobre grandes charcos de sangre. Habían sucumbido a la inesperada explosión. Fue entonces cuando pude escuchar los alaridos de los supervivientes. Yo era uno de ellos. La imagen de un rostro que había visto momentos antes de la detonación fatal cruzó levemente mi cabeza, aún demasiado aturdida para atar cabos más allá de los de la propia supervivencia

Al intentar incorporarme, apoyé torpemente la mano sobre la pared que quedaba a mi espalda. Un instante después, caía escaleras abajo. Era una de las salidas de emergencia. Este segundo golpe me dejó nuevamente inconsciente. Pasaron horas hasta que volví a la realidad. Había perdido completamente cualquier referencia del presente. Poco a poco descendí las escaleras, a trompicones, intentando asimilar el cúmulo de pensamientos y sensaciones que se habían acumulado en una cabeza incapaz de procesar los acontecimientos. Seguía pensando en aquella cara con la que me crucé en la terminal. La había visto antes, pero dónde…

Al salir al exterior, la luz del sol me cegó completamente. Comencé a andar a ciegas por el recinto, intentando encontrar referencias que me condujeran de nuevo a casa. Necesitaba saber quién era el desconocido del hall. Sabía que era quien había apretado el detonador. Una voz se me acercó preguntándome por mi estado. Sin pensarlo, le dije que estaba bien. Sólo quería salir de ahí. Comencé a andar. Las heridas comenzaron a doler debajo de la ropa desgarrada por la deflagración. Mi cuerpo, lleno de polvo y sangre, comenzó a sentir el dolor de las magulladuras. Parecían superficiales, pero no era plenamente consciente de su gravedad. No era plenamente consciente de nada, salvo del retumbar de pensamientos en mi cráneo dolorido.

Me adentré en un camino adyacente a la instalación. Anduve durante horas sin cruzarme con nadie, intentando poner orden en el caos de acontecimientos que acababa de vivir. Sin apenas ser consciente, llegué a la ciudad por vías secundarias. Estaba desierta por el toque de queda. Recorrí las calles rápidamente. Al llegar a mi edificio, subí dando saltos las escaleras, sin ser consciente del dolor, anestesiado por la conmoción y la incertidumbre. Nada más entrar en casa, encendí la televisión. Ahí apareció el rostro que me torturaba. Encendí el ordenador y busqué entre las viejas fotografías del viaje que realicé unos años atrás. Allí estaba él junto a una persona que conocía bien. Se daban la mano tras anunciar un acuerdo que traería paz y prosperidad a nuestros países. Ahora uno ocupaba el sillón presidencial y el otro había saltado por los aires.

Me senté en el sillón en estado de shock y cambié de canal compulsivamente, hasta que encontré algo distinto al rostro que me había acercado a la muerte. Unos encapuchados desfilaban junto a hombres oscuros que cargaban un muñeco ensangrentado, colocado en una carroza fúnebre saturada de flores y velas. La angustia me invadió un último instante. Me miré el estómago y vi la enorme mancha de sangre que cubría mi mugrienta camiseta. Era el final. Desangrado, mi vida se fue disipando, mientras mi cabeza hacía un último esfuerzo por ordenar todas las piezas del puzzle, por ordenar las fichas de un juego en el que siempre perdíamos los mismos. Antes de exhalar mi aliento póstumo, comprendí que todo era un juego de dioses y santos entre trileros con las cartas marcadas. La única verdad era que, si había algún Dios, no habitaba entre nosotros, ni entre ellos. Todo era humano, demasiado humano.

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