Humanidad, divina causa

Alfonso Basco pregunta si el ser humano es humano. En un texto cargado de verdades lacerantes, Basco alinea la cuestión con la voluntad, la moralidad y la hipocresía de una ética que persigue el mal menor, en vez de aspirar al bien mayor. Comienza denunciando la omisión y termina con una llamada a la acción. Entre medias, habla de dos géneros distintos de humanidad, por inventarnos algo, el ‘homo lacónicum’ y el ‘homo altruistum’. Si bien sus atributos –la tendencia al reposo o al movimiento, respectivamente– parecen distinguirlos, defenderemos que son la misma especie.

Si nos atenemos a lo obvio, en la realidad podemos distinguir cuerpos e ideas –la mayoría de las cuales necesitan de los sentidos físicos–, también entendemos que ambas provienen de un acontecimiento anterior que les ha dado la existencia, aunque cada una en su ámbito independiente. Todo tiene su causa: la idea de mi cuerpo y de mi entorno provienen de mis sentidos, las partes de mi cuerpo provienen de mis genes. La existencia de lo que somos debe su causa a otra cosa, al igual que el resto del universo. Podríamos remontar cualquiera de estas dos cadenas de causas –la de los cuerpos o la de las ideas– hasta el infinito, donde Dios nos espera sentada.

Dios es la ‘causa sui’ del universo, la única ‘causa de sí misma’, sin necesitar de nada ni nadie para ser… ella misma. Y ya no es la religión, sino la ciencia quien lo fundamenta: su insaciable deseo de dar una causa demostrada a la extensión del universo se detiene a las puertas del Paraíso. Al querer explicarlo todo bajo sus reglas, al ser la mediadora exclusiva entre el mundo y nosotras, la ciencia afirma –por omisión– la divina ‘causa sui’ como lo único de lo que tiene una certeza impecable: ni sabe, ni puede saber.

Embarcadas en la perfección divina, enroladas en las filas de la causalidad, poco espacio hay para el libre albedrío, para la libertad personal –como la llaman las almas utópicas–. Como efectos, estamos atrapadas por la causa que nos ha generado y nos determina sin compasión; como causas, imponemos nuestra marca sobre el resto del mundo, incapaces de dejar de hacerlo o cambiarla. Mi identidad es el efecto de toda mi experiencia, ella causa que yo sea… como soy en este momento; mi cuerpo es el efecto que la naturaleza ha causado en mí, a través del mundo.

Imaginemos que la tormenta se desencadena sobre nuestro barco y lo azota, la tripulación se apura a recoger las velas antes de que salgan por los aires, mientras recitan expresiones blasfemas. Su preocupación niega el valor de su vida en beneficio del barco, más temerosa de la furia de la capitana que de la tormenta. Mirad a la capitana, con su sombrero clavado y su casaca empapada, sujetando el timón mientras no despega los ojos del horizonte. Ya ha visto la Tempestad, clara y distinta, y sabe que no hay ningún dios detrás de la furia de los elementos.

Si, por la infinita acción divina, no podemos evadirnos de la eterna causalidad ni evitar promocionarla, estamos perfectamente capacitadas para conocerla, entenderla y dominarla –esto es, vivir de acuerdo a la naturaleza, la creación divina–. Mientras la realidad no se perciba clara y distinta, sino en una amalgama de sensaciones confusas, de malentendidos y equivocaciones, la única acción será una reacción –instintiva– que nos arrastrará al fondo del remolino de la causalidad, atrapadas entre borrosas apariencias y falsas obligaciones.

¿No habéis visto cómo un gatito persigue un ovillo de lana, sin preocuparse de dónde vino o a dónde le llevará?

La libertad, a pesar de las entusiastas que la ven tan real como en su imaginación –como si un ente universal fuera un cuerpo y no un cúmulo de voliciones–, se trata de un hecho concreto e ideal. Y por tanto, decisivo e íntimo. La libertad es elegir entender las afecciones y pasiones que nos asaltan como son realmente, por sí mismas –no por el efecto que provocan en nosotras–, y no reaccionar frente a ellas, sino actuar con ellas, conociéndolas.

¿No habéis tirado un juguete a un perro para que lo persiguiera, y el can, no solo no se ha movido del sitio, sino que además os dirige esa mirada… la de ‘ve tú a por él’?

“La voluntad y el entendimiento son uno y lo mismo”. Al entender cómo son las cosas, de una manera clara y distinta, somos dueñas de nuestras acciones; el deseo –la auténtica esencia de ser humana– nos impulsará a preferir la verdad a la falsedad, lo positivo a lo negativo, lo infinito a lo limitado. Y la excitación de conseguirlo nos empujará como un resorte invisible, inagotable, injustificable, inolvidable.

La libertad termina aquí. La idea clara y distinta de algo conlleva su propia volición, la acción que el deseo desea. No hay escapatoria a este ciclo, no somos libres para evitar nuestra esencia, o determinar si el mundo es justo o el mal existe. Solo podemos elegir saber qué son las cosas o padecerlas, reconocer la injusticia o mirar para otro lado. Solo entonces, sabremos si actuamos como personas humanas o reaccionamos como simples ‘homo’.

Permitiéndome citar descaradamente, esta “doctrina” es útil para la vida social, en cuanto enseña a no odiar ni despreciar a nadie, a no burlarse de nadie ni encolerizarse contra nadie, a no envidiar a nadie. Además es útil en cuanto enseña a cada uno a contentarse con lo suyo, y a auxiliar al prójimo, no por misericordia, ni por parcialidad o superstición, sino solo por la guía de la razón…”

Expuesta la ficticia diferencia de ambos ‘homo’ y la línea entre la ignorancia y la sabiduría, la pregunta de Alfonso permanece sin respuesta. ¿Qué significa ser humana? ¿Podemos reconocer cómo somos? ¿Y mejorarnos?

Os abandono para que podáis “poner en práctica una humanidad que, en el fondo, sabemos que podemos y debemos ejercer”.

 

(La siguiente conversación se ha grabado por el equipo de Filosofía Círrica para el programa “Pensamientos Prohibidos”. Transcurre en una sórdida cabina telefónica, sin banda ancha, video-llamada o burbuja aislante de ruidos y olores. Se ha identificado la autoría de la llamada, no así a su interlocutor, envuelto en un camuflaje de píxeles. Se percibe un tono sedoso e implacable al otro lado del auricular, pero no sus palabras)

—Murray, te dije que te lo traería y ahí ha estado. Menos de mil palabras, como prometí.

—Claro, solo era un trozo suyo. Cuando se trata con alguien que casi inventó lo del ‘judío errante’, es lo que hay.

—¡Ojalá! Sin las recomendaciones de Vidal Peña, resulta casi imposible comprender bien la Ética. Y, aun así, es un viaje a la creación del universo, de Dios…

—¿Le han gustado, eh? La primera es el corolario de la proposición XLIX de la segunda parte, y la larga es del escolio de su demostración.

—No, la del mismo corolario. La última es de Alfonso; qué astuto es usted, prócer.

—Sí, ya. Entiendo que a la embajada israelí no le guste que un judío les escupa en el ojo desde casi cuatro siglos de distancia. Por mí, podría decirles que, en vez de quejarse, dejasen de bombardear Palestina.

—¿Excomulgado? Como si el Herem tuviera más valor que la decisión de un dios.

—Bien, buenas noches, prócer. Sí, a los pies de su editora.

(La grabación se interrumpe. Nuestra reportera solo recuerda sentir el martillo de Nietzsche sobre su cabeza antes de sumergirse en el eterno retorno. Agradecemos que no fuera la navaja de Ockham).

bluebird Comunicación
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