Homeopatía, el cuñadismo médico

¡Qué rápido se han pasado los días de fiesta, cachis en la mar! Bueno, para mitigar un poco el bajón dominguero, aquí vengo yo a amenizarte lo que queda de día. Y aprovechando que tendrás el cerebro bajo mínimos, y toda la sangre en el estómago digiriendo las torrijas que te has ido metiendo entre pecho y espalda y que todavía están ahí, dale que dale, vamos a hablar de algo divertido: la homeopatía.

Y digo divertido, porque cualquier científico que se precie escucha la palabra homeopatía y se parte el ojete. Por muy serio y técnico que suene, lo que la palabra esconde es el timo de la estampita hecho frasco o pastilla. Últimamente está muy de moda lo de los remedios naturales, la comida orgánica, y demás. Y ojo que eso no me parece mal. Pero es que la gente tiende a mezclar churras con merinas, porque de remedio natural y orgánico, la homeopatía tiene lo que yo de bosquimano: nada. Y los que te quieren vender la moto, saben de la confusión y se aprovechan, metiendo todo en el mismo saco.

Vayamos por partes, que diría Jack el Destripador (¡ba-dam-psssst!):

¿Qué es la homeopatía? Bueno, pues es un movimiento (me niego en rotundo a llamarlo ciencia, o rama del saber, o nada que suene a serio) que defiende que aquello que causa un mal, o una dolencia, tiene también la capacidad de curarlo. Ya de entrada, suena regulero… ¿o qué? Pero no queda ahí la cosa, sino que es más complejo de lo que parece: según sus defensores, para curar cualquier enfermedad basta con tratarla con una sustancia que provoque en individuos sanos los mismos síntomas que la enfermedad produce en individuos afectados. Ejemplo: tratar una erupción cutánea o un sarpullido con hiedra venenosa.

¿A quién no le ha dicho alguna vez, el típico listo de turno, que lo mejor para la resaca es tomarse una cerveza? Resulta que no era un pobre imbécil el que te aconsejaba: ¡Era un homeópata! Pues sí, amigos, de esto es lo que va la homeopatía, ni más ni menos. Pero, además de ser inútil, ¿puede un tratamiento homeópata ser contraproducente? ¿Puede ser malo?.

Pues aquí es donde surge la controversia, y es que ya entramos en el campo de la mente humana y la sugestión.  Algunos adeptos, menos radicales, intentan suavizar el discurso diciendo que la homeopatía no es una alternativa a la medicina, sino que los tratamientos deben usarse como complemento a la medicina tradicional (curioso lo de medicina tradicional, como si hubiese otra…). Un estudio realizado por el NIH estadounidense (el Instituto Nacional de la Salud), indica que en principio, los tratamientos homeopáticos, si bien inútiles, no causan perjuicio para la salud (más allá del perjuicio que causan para el bolsillo del consumidor).

Sus argumentos son simples: los remedios que se comercializan como tratamientos homeopáticos están tan diluidos, que básicamente es imposible que quede rastro de la sustancia original. Sería como echar un chupito de orujo en una piscina olímpica e intentar coger un pedo a base de beber de la piscina. De hecho, para complementar estos estudios, otros realizados por el profesor Edzard Enrst de la Universidad de Exeter,  indican que los resultados de pacientes que reciben tratamientos homeopáticos son prácticamente indistinguibles de aquellos que pertenecen a grupos de control que reciben simplemente placebos, cuando están probando un nuevo medicamento en humanos.

Conclusión: La sugestión es el único motor que sigue moviendo la rueda de la homeopatía. Al final, la mente es un arma poderosa y puede tener efectos en nuestro organismo más efectivos  que cualquier porquería diluida un millón de veces y etiquetada como tratamiento homeopático. Así que, amigos y amigas, si queréis tirar el dinero mandadme un correo y os paso mi número de cuenta, que en Suecia las cervezas están muy caras.

bluebird Comunicación
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