La historia del tatuaje tiene nombre de mujer

La historia del tatuaje tiene nombre de mujer

Está claro: Hay estudios universitarios para todos los gustos. Por ejemplo, uno de la Universidad de Texas que concluye que las mujeres con cuatro o más tatuajes tienen mayor autoestima. Y no sólo eso. Jerome Koch, el profesor de Psicología responsable de la investigación, asegura que estas chicas son las mismas que fueron más propensas a tener pensamiento suicidas. 

«De alguna manera, a estas chicas con tantos tatuajes se las puede ver como supervivientes del suicidio, que volvieron a tener fortaleza mental  y se hicieron cargo de sus propios comportamientos», ha comentado Koch en alguna ocasión.

En este sentido, y de ser cierto el planteamiento, no nos extraña nada que las primeras historias que relacionan mujeres y tatuajes estén llenas de dolor, a veces, de mentiras, en ocasiones, de vergüenza, por momentos.

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Olive Oatman, con ella empezó todo

O de todo ello a la vez. Este es el caso de la famosísima Olive Oatman, una de las primeras mujeres que inyectaron tinta en su piel, con una trayectoria fascinante.

Es curioso cómo muchas veces nos tatuamos para no olvidar ciertos momentos de nuestras vidas. En el caso de Olive no tuvo opción y, seguramente, no le hacía falta mirarse al espejo y ver las marcas de su barbilla para recordar su historia:

Nació en el seno de una familia mormona, que en 1851 emprendió un largo viaje, de Illinois a California. Durante el mismo fueron atacados junto al río Gila por los indios Yavapais que los masacraron. Olive —que entonces tenía 14 años— y su hermana pequeña, Mary Ann, fueron esclavizadas y, posteriormente, vendidas a los indios Mohave, cuyo líder y su esposa las adoptaron.

Las jóvenes pasaron así de la esclavitud al privilegio y fueron tatuadas con símbolos relevantes de la cultura indígena. Los trazos sobre la barbilla simbolizan el tránsito entre este mundo y el «mundo de los muertos».

Cuando, tras la muerte de la pequeña Mary Anna, Olive fue devuelta a «la civilización» sus marcas llamaron la atención y la convirtieron en una celebridad. Otra con una historia terrible a sus espaldas.

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La primera tatuadora, Maud Stevens

Tendría que pasar sólo un poco más de tiempo, hasta finales del siglo XIX, para que naciera la que es considerada la primera mujer tatuadora.

Maud Stevens Wagner nació en 1877 y trabajó como trapecista y contorsionista en varios circos ambulantes. En uno de ellos conoció al tatuador Gus Wagner, con el que accedió a salir a cambio de que le enseñase el noble arte de inyectar tinta.

Así, Maud se especializó en el tatuaje tradicional, sin usar máquina. De hecho, se cree que esta pareja fueron los últimos en tatuar a mano. Y así, fueron felices, comieron perdices y tuvieron una hija, Lovetta, que con tan solo nueve años empezó a tatuar y que acabaría convirtiéndose en una reconocida artista del grabado sobre piel.

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Irene Woodward, La Belle Irene

A la alemana Nora Hildebrandt la cosa también le venía de familia. Su padre, Martin, uno de los primeros tatuadores de Estados Unidos, la utilizaba como lienzo. Sin embargo, Nora, avergonzada de los más de 300 dibujos que adornaban su piel, prefería comentar que la historia de Olive Oatman se había repetido y ella también había sido secuestrada por los Yavapis.

Más orgullosa de sus tatuajes se sentía Irene Woodward, o La Belle Irene, y mostrándolos posó en The New York Times, aunque muy pronto fue eclipsada por Lady Viola, nacida en 1898, considerada durante mucho tiempo como la mujer tatuada más hermosa del mundo. También trabajaba en el circo y, fuera de temporada, hacía sus pinitos como tatuadora. 

Todavía habría que esperar para que las mujeres tatuadas salieran de los circos. Y Betty Broadbent hizo mucho para conseguirlo. En 1930, con su cuerpo tatuado —empezó a inyectarse tinta con 14 años— se presentó a un concurso de belleza durante la Exposición Universal. No ganó, pero consiguió algo mucho más importante: Que el tatuaje comenzara a verse como un arte y no como una moda marginal. Las mujeres podían dejar se esconderse y reivindicar otro concepto de belleza: El que a nosotras nos diera la ganaY ahí seguimos. De hecho, en el año 2012 fue la primera vez que más mujeres que hombres decidieron hacerse un tatuaje.

Decía el escritor Jack London: «Muéstrame un hombre con un tatuaje y te mostraré un hombre con un pasado interesante». Casi tanto como el de las mujeres que hoy han protagonizado este artículo.

Fotografía principal: Chiara Baldassarri ©

bluebird Comunicación
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