Historia de un cerebro

Pocos, muy pocos son los genios cuya fama y reconocimiento logra traspasar cualquier frontera y permanecen en la memoria colectiva de manera tan contundente. Si ahora mismo preguntásemos, independientemente del grupo de edad, cultural o formación académica, por el nombre de un científico al azar, un altísimo porcentaje daría la misma respuesta: Einstein.

Alemán posteriormente nacionalizado estadounidense, Albert Einstein fue un genio sin igual. Todos hemos oído hablar de él y, en mayor o menor grado, de su Teoría General de la Relatividad (aunque nadie tengamos ni pajolera idea de qué trata…). Hay mucho mito y mucha leyenda alrededor de la figura del que, yo personalmente, considero la mente más brillante de todos los tiempos. Se cuenta que tenía un cociente intelectual extremadamente alto (170, 180…) aunque la realidad es que no se sabe, ya que en vida Albert no fue sometido a ningún tipo de test, y a día de hoy, por mucho avance tecnológico que tengamos a nuestro alcance, no hay ninguna app que mida el cociente intelectual a gente fallecida.

Volviendo al tema de leyendas y demás, se cuenta que de pequeño era un niño tímido, retraido y poco hablador, tanto que pensaron que tenía alguna dificultad para el aprendizaje, y que no mostraba interés ninguno por la ciencia ni las matemáticas (¡arrea!). También se cuenta de él que en cierta ocasión, con motivo de unas conferencias, un físico se acercó a él y le dijo: “Profesor Einstein, después de años estudiándola, he llegado a comprender su brillante Teoría de la Relatividad”, a lo que Einstein respondió: “Mi más sincera enhorabuena, ya somos dos”. Otra historia que circula a raíz de la misma teoría, es que el propio Einstein comentaba: “Si mi teoría es errónea, los estadounidenses renegarán de mí diciendo que soy alemán, y los alemanes harán lo mismo aduciendo que soy judío”.

Otro dato curioso es que, como todos sabemos, fue galardonado con el Premio Nobel de Física en 1921 (bueno, a lo mejor el año no lo sabías, pero ya lo sabes), pero no fue por la Teoría de la Relatividad, al contrario de lo que todo el mundo cree. Aquí tienes otra pregunta más del Trivial que te ayudo a responder. De nada.

Pero lo más asombroso de todo, es que de todas las leyendas que circulan alrededor de la vida del genio, la más rocambolesca y negra de todas, y que parece inventada, es la que es cierta sin ningún lugar a dudas: el robo de su cerebro. Y es que quizá lo que no sabías sobre Einstein es que su familia donó su cerebro a la investigación tras su muerte, en expreso cumplimiento del deseo del científico. El encargado de hacer el análisis forense y posterior estudio de su encéfalo fue el Dr. Thomas Harvey, un patólogo de Princeton. Se tomaron una serie de fotografías antes de preservarlo en un bloque de resina para luego obtener láminas con cortes micrométricos de diferentes planos para su tinción y posterior estudio microscópico.

Los estudios iniciales arrojaban datos fuera de la media del cerebro humano: un peso inferior a la media (1,2 kilos frente a casi 1,5 de la media humana). Además, una serie de pliegues y o circunvoluciones más numerosos que la media en áreas del cerebro asociadas a las funciones del lenguaje y la expresividad, así como de la atención o la capacidad de planificación. Por último, llamaba la atención un mayor número de las denominadas células gliales, responsables del las operaciones de “mantenimiento” de las neuronas, facilitando un mayor número de sinapsis nerviosas (en resumen, permitiendo una mayor actividad y comunicación entre neuronas, y una mayor fluidez de información).

Pero tanto se obsesionó el doctor Harvey con el cerebro de Einstein, que lo acabó robando y se dio a la fuga… Acojonante, ¿eh? Desde 1955 el cerebro estuvo desaparecido hasta que por fin, en 1978, un periodista empezó a seguir la pista y acabó dando con el paradero de Harvey, que tenía el cerebro de Einstein en un tarro en la cocina de su casa. (Menudo flipado…).

Lejos de acabar ahí la cosa, parece que aquí el amigo Harvey, el flipado, le vendió los ojos de Albert Einstein al oftalmólogo de cabecera del físico alemán, que aún hoy los guarda en una caja de seguridad de un banco de americano y acude de cuando en cuando para observarlos en busca de “paz y tranquilidad”. Cuuu-cuuuuuuu.

Conclusión semanal: en este mundo, hay gente para todo, y normales quedan unos pocos, en los que desgraciadamente yo no me hallo. Y tú tampoco, y lo sabes. ¡Hasta la próxima semana!

bluebird Comunicación
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