Guilty pleasures

Todos los tenemos: esos pequeños placeres culpables, algunos inconfesables, otros vergonzosos pero cuya posibilidad de hacerlos públicos resulta excitante.

Las posibilidades son infinitas: placeres gastronómicos, lectores, cinéfilos, musicales, de animales, de personas, de texturas, de pinturas… La gracia radica en saber que se disfruta a contracorriente de la gente. Lo que a muchos disgusta a uno o una gusta. Un pequeño acto de rebeldía dentro de un mundo cuadriculado, donde lo extravagante adquiere la categoría, a veces, de lujo prohibido.

Resulta curioso comprobar que cuanto más rechazo puede producir tales confesiones, más adicción siente la persona por ese placer culpable. Todos conocemos a alguien que tarde o temprano ha acabado por confesar: seguro que en su rostro no habéis observado culpabilidad alguna.

En la actualidad existe cierto movimiento «modernillo» que ha impulsado el abrazar los placeres culpables hasta elevarlos a la categoría de orgullo. Ejemplo: muchos confiesan sin pudor que ven y disfrutan con ‘Sálvame’, justificando que es un ejercicio de descarga mental y emocional. Mierda depurativa.

Vale.

Ajá.

Es una pena que se haya perdido un poco de la espontaneidad de los placeres culpables. Ahora son mainstream, quien no los tiene no está al día de lo que mola. Se han vuelto forzados, impostados. Es obligado tener algún gusto bizarro para entrar en la rueda de la masa social, precisamente lo contrario a la naturaleza de los placeres culpables.

Han violado vilmente los guilty pleasures. Malditos.

Necesitamos regresar a la infancia. ¿Cuántas veces nos han dicho nuestros padres que no hagamos una cosa y hemos hecho caso omiso? Al contrario, ha sido un acicate para rebelarnos.

Volvamos a rebelarnos, contra los modernillos y sus ansias de contaminarlo todo.

¿Cuál es mi placer culpable? Querer vivir de la escritura.

bluebird Comunicación
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