Gritar

GritarHay tipos de personas que gritan a veces. No me refiero a los histéricos, ni al grito como forma de comunicación. Hablo de los tenistas, por ejemplo, o los escaladores. Miren vídeos, si no. Se trata de gritos concretos, con un fin, y en un momento de máximos esfuerzo físico y concentración mental.

¿Cómo empiezan a gritar esas personas? —me pregunté yo una vez. Y descubrí que tienen entrenadores de gritos. Señores que les dicen a los chavalillos tenistas y escaladores: «¡grita, cabrón, joder!» y «¡saca el bicho!» de vez en cuando y muchas veces, hasta que el niño aprende en qué momento ha de gritar. Además, ven a los tenistas y escaladores mayores gritar en esos instantes concretos, y pillan la tesitura.

Creo que ese grito oportuno es saludable, y además bueno para la escalada, el tenis y los días normales y rutinarios. Con moderación, porque miren —oigan— a Adam Ondra. Se potencia la naturaleza humana más antigua.

Y a modo de ejemplo y de epílogo, voy a recordar a Jack Kerouac.

“[…] vi a Japhy corriendo montaña abajo; daba saltos tremendos de cinco metros, corría, brincaba, aterrizaba con gran habilidad sobre los tacones de sus botas, lanzaba entonces otro largo alarido mientras bajaba por las laderas del mundo”.

Japhy Ryder gritaba y no estaba fuera de control, como se suele decir sin ser cierto. Estaba trabajando su cerebro de pez, su naturaleza más antigua, y de la manera más civilizada posible. En la misma naturaleza. Así que griten. Griten en la cama y en el bosque, y vayan —por tanto— a menudo a la cama y al bosque.

Fotografía: petitefox ©

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