Fumar

Realmente, J. (Núñez) se parece más a un monje zen que yo. Con lo que me gustan. Los dos estamos en un proceso de limpieza y simplificación de nuestros días, pero él pretende tirarlo todo (menos las fotos de capitales europeas que colgó hace poco en su habitación).

Sin embargo, yo adoro algunas cosas de la vida mundana que no me planteo abandonar.

Recuerdo un viaje a Granada en el que unos amigos me iban a recoger en coche a las 4 am. Salí a la calle a esperarles, y me sentí incómodo. Volví a casa, cogí un libro y tabaco, y volví. Relajé todos mis músculos y leí sentado en el suelo mientras seguía esperando.

Años después dejé de fumar cigarrillos. Hoy, a veces echo de menos esos pitillos sin filtro que liaba al principio y que fumaba despacio.

Menos mal que la pipa está ahí, aunque casi tampoco la fume. Pero puedo comprar el tabaco, guardar un poco en la pitillera que me regaló Palomares, desmontar la pipa y limpiarla, y volverla a montar. Hasta alguna vez fumarla.

Iñaki Uriarte dijo una frase sabia pero de otra época: «Entre actuar y no actuar hay otra opción: fumar».

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