Freud, Star Wars y mudanzas

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Agarraos, que vienen curvas. Cerradas y mortales.

Las mudanzas parecen haber sido inventadas por el mismísimo Freud para continuar su perversa exploración de los traumas.

Es lo que tienen las mudanzas, esas torturas procedentes del mismísimo Averno cuyas consecuencias para la psique humana es tan devastadora como el mayor de los melodramas televisivos. Creo que deberían estudiarse en las facultades de psicología: las mudanzas parecen haber sido inventadas por el mismísimo Freud para continuar su perversa exploración de los traumas, porque, no lo neguemos, cualquier persona que recuerde todas y cada una de las mudanzas que ha sufrido a lo largo de su vida no podrá hacerlo sin sentir esa desazón que le acompañaba a lo largo de aquellos nefastos acontecimientos. Porque encima son condenadamente largos, con varias fases a cada cual peor. Son días —incluso semanas— de empaquetar esas cajas que acabas odiando, descubriendo que tienes una cantidad de gilipolleces por casa dignas del mejor Diógenes —y aún así las conservas, vete a saber por qué— y que llevan años acompañándote; son esos muebles con los que no sabes qué hacer, porque sabes que muchos están para el arrastre pero no quieres que tu nuevo piso se limite a un par de sillas, un colchón en el suelo y esa lámpara que debería estar en una mesita de noche pero se encuentra en lo alto de una pila improvisada de libros. Sí, esos libros que forman parte de esas cosas que no sabes por qué conservas.

La hecatombe empieza en el mismo momento en el que tomas conciencia de una trágica verdad: es el momento de cambiar de domicilio. Ya sea por trabajo, por ruptura amorosa, por dinero, por espacio… Termina una etapa y empieza otra totalmente nueva. Y, sinceramente, las ganas son nulas y el agobio aumenta exponencialmente.

En mi caso ha sido la combinación de espacio y economía. Eso significa la siguiente mezcla letal: vivir en la ciudad de Barcelona y tener demasiados libros, películas y figuritas de Star Wars. Todos tenemos nuestros secretos inconfesables.

Pero sigues mirando, empujado por la necesidad masoquista de corroborar una y otra vez lo pobre que eres y lo caro que es vivir en una ciudad grande.

Asimilada la noticia —con unos precios de alquiler subiendo más que el despegue del Halcón Milenario—, es el momento de buscar un nuevo agujero en el que dejarse caer hasta nuevo aviso. Y llega el horror: la mezcla de lugares terroríficos y unas exigencias económicas dignas de las élites sociales provocan esa cerrazón de estómago y las ganas de lanzarse por la ventana, si no tuviera barrotes y estuviera cerrada. Pero sigues mirando, empujado por la necesidad masoquista de corroborar una y otra vez lo pobre que eres y lo caro que es vivir en una ciudad grande. Te planteas irte algo más lejos, pero lo que ahorras en alquiler lo pierdes en transporte. «El problema no es el precio de las viviendas en las ciudades, sino la concentración tremenda de ofertas laborales en ellas», es la conclusión a la que llegas tras imaginar que te vas a vivir a un pequeño y pacífico pueblo lejos de toda la mierda que te rodea, pero no eres capaz de imaginar de qué podrías trabajar en un mundo rural que agoniza ante la falta de equilibrio. La decisión sólo puede ser entre la ciudad y sus alrededores, miembros de hecho ya de la gran metrópolis.

Navegas entre ofertas como quien toma helado y llora mientras ve una película en el sofá de su casa. «Este piso es demasido pequeño, quiero un piso y no una habitación por el mismo precio, éste otro es caro para lo que ofrece, aquí no admiten mascotas»… Te sientes como un escritor al que todas las editoriales no dejan de rechazar sus manuscritos —vía crucis que también he sufrido y sigo sufriendo—. Así es perder horas y horas viendo fotografías, leyendo condiciones o mirando en los mapas dónde narices está esa calle cuyo nombre nunca has leído u oído.

Pero, no sabes cómo, aparece ese piso que, o bien te enamora o por lo menos no parece peor que el que vas a dejar atrás. Llamas y concretas visita. Y miras a tu alrededor, calculando las cajas —y coches de amigos a los que deberás varias cervezas— que te harán falta para completar tan terrible transición. Te propones firmemente hacer una buena limpieza previa para aligerar al menos en un tercio toda la basura que vas a llevarte contigo.

Mañana —faltan unas horas mientras escribo este artículo— voy a ver ese piso que puede convertirse en mi nuevo hogar. Estoy a medio camino, a punto de empezar a pensar en cartón, dolores de espalda de cargar muebles y llamadas a compañías para dar de baja servicios de luz, agua y gas. Todavía no he hablado con el propietario de mi actual piso, y espero no tener problema ninguno.

Pero eso ya lo contaré en otra ocasión, cuando me haya recuperado de esta nueva y desesperante mudanza.

bluebird Comunicación
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